Dije: «Algún día me olvidarás»… Ella rompió a llorar: «Eso es lo único que no puedo hacer».
Chihuahua, México, 1886.
Había momentos que dividían una vida en un antes y un después.
No siempre llegaban acompañados de disparos, incendios o tormentas. Algunas veces ocurrían en silencio, bajo la última luz de una tarde de septiembre, cuando 2 personas se miraban sabiendo que estaban a punto de perder algo que jamás se habían atrevido a nombrar.
Mateo Carranza llevaba 18 meses trabajando en la hacienda Los Laureles.
Había llegado con 23 años, una recomendación escrita por un ganadero de Durango, un caballo viejo y el propósito sencillo de ahorrar lo suficiente para comprar algún día un pedazo de tierra.
Conocía cada cerca, cada arroyo y cada res de la propiedad. Podía reconocer a los caballos por el sonido de sus pasos y sabía cuándo una tormenta se acercaba antes de que aparecieran las primeras nubes sobre la Sierra Madre.
Don Ramón Villaseñor, propietario de Los Laureles, confiaba en él más que en cualquier otro trabajador.
Mateo jamás había traicionado esa confianza.
Pero había cometido un error que ningún hombre podía corregir únicamente con trabajo.
Se había enamorado de Elena Villaseñor, la única hija de don Ramón.
Todo comenzó una mañana de abril, cuando ella regresó a la hacienda después de pasar varios meses con una tía en la ciudad de Chihuahua. Don Ramón la llevó al establo para revisar una yegua enferma.
Mateo estaba limpiando el pesebre cuando ella entró.
Elena tenía 21 años, ojos color miel y una forma directa de mirar que hacía imposible mentirle.
—Buenos días, señor Carranza.
—Buenos días, señorita Villaseñor.
Solo intercambiaron aquellas palabras.
Mateo pensó en ellas durante todo el día.
Elena no era una joven delicada que montaba únicamente para lucir un vestido. Había crecido en el rancho. Sabía curar una herida, llevar las cuentas y detectar un animal enfermo antes que muchos caporales.
Durante los meses siguientes comenzaron a encontrarse con frecuencia.
En mayo, Elena llevaba agua a los trabajadores. Siempre permanecía unos minutos más donde estaba Mateo.
En junio, él reparó sin que se lo pidieran la cerca del jardín de doña Mercedes, madre de Elena. Ella apareció con unos guantes, tomó el otro extremo del alambre y lo ayudó.
En julio, Elena le prestó una novela. Mateo la devolvió 4 días después con una hoja dentro, donde había escrito su opinión sobre el final.
Hablaron durante casi una hora bajo la sombra del granero.
En agosto, ambos comprendieron que aquello ya no era una amistad.
Mateo trabajaba junto a la cerca oriental cuando Elena regresó de cabalgar. Detuvo su yegua frente a él.
—Señorita Villaseñor, sé cuál es mi lugar. No haré nada que la enfrente con su familia.
Elena guardó silencio.
—Lo sé —respondió finalmente—. Esa es una de las razones por las que…
No terminó la frase.
Se marchó antes de que él pudiera responder.
Mateo se quedó mirando el polvo que levantaban los cascos.
Sabía que la familia de Elena esperaba que se casara con Vicente Alcázar, heredero de una de las mayores haciendas del norte. Los Alcázar poseían miles de hectáreas, minas de plata y contactos entre políticos y militares.
El compromiso no había sido anunciado formalmente, pero todos lo consideraban decidido desde la infancia de Elena.
Vicente llegó a Los Laureles a principios de septiembre.
Tenía 29 años, vestía trajes importados y hablaba con la seguridad de un hombre que jamás había escuchado la palabra “no”.
Mateo lo vio descender de un carruaje. Don Ramón lo recibió con entusiasmo. Doña Mercedes abrazó a su madre. Elena apareció con un vestido color crema.
No miró hacia donde estaba Mateo.
Aquella noche, uno de los trabajadores comentó que la boda se celebraría en primavera.
Mateo permaneció despierto hasta el amanecer.
Podía quedarse y fingir que no sentía nada. Podía observar cómo Elena se casaba con otro hombre y continuar trabajando para su padre.
Pero comprendió que su presencia únicamente haría más difícil una vida que, según todos, ya estaba decidida.
2 días después encontró a Elena en el jardín, cortando las últimas rosas del verano.
—Voy a marcharme.
Ella no levantó la cabeza.
—¿Cuándo?
—El viernes, antes del amanecer.
—Comprendo.
—Quiero lo mejor para usted.
—¿Aunque sea casarme con Vicente?
Mateo apretó el sombrero entre las manos.
—Aunque no sea lo que yo habría elegido.
Elena levantó la mirada.
—¿Y qué habría elegido usted?
Era la pregunta que ambos habían evitado durante meses.
Mateo deseó cruzar la puerta del jardín, tomarla entre sus brazos y decirle la verdad. Pero recordó que don Ramón le había dado trabajo cuando él no poseía nada.
—No tengo derecho a responder.
Los ojos de Elena se llenaron de tristeza.
—Siempre hace lo correcto, Mateo.
—No siempre.
—Sí. Incluso cuando duele.
Él respiró profundamente.
—Con el tiempo me olvidará.
Elena sonrió, pero no fue una sonrisa feliz.
—Esa es la única cosa que no puedo hacer.
Mateo abandonó Los Laureles el viernes con 47 pesos, 2 mudas de ropa, sus herramientas y un caballo.
Cabalgó hacia el sur.
Después de 4 días encontró trabajo en la hacienda El Refugio, propiedad de don Jacinto Robles, un hombre de 68 años que vivía solo entre las montañas.
La propiedad tenía 300 hectáreas, 84 reses y un manantial permanente. Sin embargo, las cercas estaban deterioradas y el ganado había sido descuidado por los trabajadores anteriores.
Don Jacinto era seco, exigente y justo.
Mateo trabajó como siempre había trabajado: sin quejas y sin esperar elogios.
En noviembre, el anciano lo llamó a la cocina.
Sobre la mesa había un documento.
—El médico dice que no llegaré al verano —explicó—. Tengo enfermos los pulmones. No tengo hijos ni parientes que merezcan quedarse con esta tierra.
Mateo miró la escritura.
—No puedo aceptarla.
—Todavía no te la ofrezco.
Don Jacinto señaló el rancho.
—He observado cómo trabajas. Quiero saber si eres capaz de cuidar este lugar cuando yo ya no esté.
—Entonces permita que me lo gane.
El anciano entrecerró los ojos.
—¿Cómo?
—Enséñeme todo lo que sabe. Cuando llegue el momento, usted decidirá si soy digno.
Don Jacinto guardó el documento.
—Veremos de qué estás hecho.
El invierno llegó con una violencia que nadie esperaba.
Una masa de aire helado descendió sobre Chihuahua. Los arroyos se congelaron, la nieve cubrió los caminos y cientos de animales murieron en las haciendas de la sierra.
Mateo había notado las señales semanas antes. Trasladó el ganado a una cañada protegida, construyó barreras contra el viento y almacenó alimento hasta que sus manos sangraron.
Aun así, durante la peor noche, una sección de la cerca cedió.
Las reses huyeron hacia un barranco cubierto de hielo.
Mateo salió detrás de ellas.
Pasó 26 horas bajo la tormenta. El frío le quemaba la piel y el viento borraba las huellas. Su caballo cayó 2 veces. En la segunda caída, Mateo se lastimó el hombro y perdió la sensibilidad de 3 dedos de la mano derecha.
Continuó.
Regresó a El Refugio al amanecer del segundo día, guiando a las últimas reses.
Había recuperado 81 de las 84.
Don Jacinto lo esperaba en el corredor, envuelto en una manta.
No dijo gracias.
Entró en la casa y regresó con la escritura.
Tachó su nombre y escribió el de Mateo.
—Ahora sé de qué estás hecho.
Mateo recibió el documento con la mano que todavía podía cerrar.
En Los Laureles, el invierno también cambió el destino de Elena.
La hacienda perdió decenas de reses. En enero, don Ramón salió a revisar una compuerta dañada y su caballo resbaló sobre el hielo. El hombre cayó en un barranco poco profundo y sufrió una fractura en la pierna y un golpe en la cabeza.
Elena tomó el control.
Organizó a los trabajadores, revisó las reservas, negoció alimento y evitó que los animales restantes murieran. Durante 4 meses sostuvo la hacienda mientras su padre se recuperaba.
Vicente envió una carta sugiriendo aplazar la boda hasta el verano.
No se ofreció a ayudar.
En cambio, el administrador de Los Laureles informó a Elena que la familia Alcázar había comprado varias deudas de la hacienda. Si no pagaban antes de junio, Vicente podría reclamar los pastizales del norte y el acceso al río.
Elena revisó los libros.
Descubrió algo extraño.
Las deudas eran demasiado altas. Había préstamos firmados supuestamente por su padre durante las semanas posteriores al accidente, cuando don Ramón apenas podía sostener una pluma.
—Estas firmas son falsas —dijo Elena.
El administrador palideció.
—Tal vez su padre firmó antes.
—Mi padre jamás escribe la letra “R” de esta manera.
El hombre desapareció esa misma noche.
Elena comenzó a sospechar que el matrimonio con Vicente no era una unión entre familias.
Era una forma de apoderarse de Los Laureles.
Don Jacinto murió en abril.
Mateo permaneció a su lado hasta el final.
El anciano le dejó oficialmente El Refugio, junto con el ganado, las herramientas y los derechos sobre el manantial. Pero también le entregó una caja que había pertenecido a un antiguo socio.
—Esto llegó hace años desde Los Laureles —dijo con dificultad—. Nunca supe a quién devolverlo.
Dentro había cartas y contratos firmados por el padre de Vicente.
Los documentos demostraban que los Alcázar llevaban años desviando agua del río y cobrando ilegalmente a varios ranchos. También mencionaban un plan para endeudar a don Ramón y obligarlo a entregar Los Laureles mediante el matrimonio de Elena.
Mateo comprendió que ella estaba en peligro.
Regresó al norte después de 20 meses.
Al llegar al pueblo, fue a la tienda de doña Matilde, una viuda que conocía todos los rumores de la región.
—La boda fue aplazada 2 veces —le informó—. Elena no quiere casarse, pero los Alcázar tienen las deudas. Vicente llegó ayer con un juez y varios hombres armados. Dicen que firmarán el matrimonio y la cesión de tierras el domingo.
—¿Elena aceptó?
—No. Pero su padre volvió a enfermar. Vicente amenaza con quitarles el rancho si ella se niega.
Mateo montó de nuevo.
Encontró a Elena junto a la cerca oriental.
Ella lo vio acercarse y quedó inmóvil.
Mateo había cambiado. Llevaba mejores botas, un abrigo grueso y se sentaba en la silla con la seguridad de un propietario. Sin embargo, su mano derecha sujetaba las riendas de una forma extraña.
—Volvió —dijo Elena.
—Sí.
Él le entregó la escritura de El Refugio.
—Tengo 300 hectáreas, 81 reses y un manantial. Perdí casi todo el movimiento de 3 dedos durante el invierno.
Elena observó su mano.
—No me importan sus tierras.
—Lo sé. Pero necesitaba volver como un hombre capaz de ofrecerle una vida propia.
—Ya era ese hombre cuando se marchó. Solo usted no lo sabía.
Mateo sacó la caja de documentos.
—Los Alcázar falsificaron las deudas. También planean quedarse con el río.
Elena abrió una de las cartas.
Su rostro perdió el color.
Una nota firmada por Vicente ordenaba provocar el accidente de don Ramón. El administrador había debilitado deliberadamente la cincha de su caballo.
—Intentó matar a mi padre.
—Y ahora intentará destruir las pruebas.
Como si aquellas palabras hubieran sido una advertencia, una columna de humo se levantó desde Los Laureles.
El granero estaba ardiendo.
Mateo y Elena cabalgaron hacia la hacienda.
Los trabajadores corrían con cubetas, pero el fuego ya alcanzaba el techo. Dentro se escuchaban relinchos.
Mateo entró para liberar a los caballos.
Elena lo siguió.
—¡Salga de aquí!
—Conozco mejor las cerraduras.
Liberaron a 5 animales. Cuando intentaban sacar al último, una viga cayó y bloqueó la salida.
El humo llenó el establo.
Mateo empujó a Elena hacia una ventana, pero ella se negó a abandonarlo. Utilizando una manta húmeda y una herramienta, lograron romper las tablas laterales y salir segundos antes de que el techo se desplomara.
Vicente apareció con varios hombres.
—¡Deténganlo! —ordenó, señalando a Mateo—. Ese vagabundo provocó el incendio.
—Él acaba de salvar los caballos —respondió Elena.
—Ha regresado para robarte.
Mateo levantó la caja.
—Regresé con las pruebas de que usted falsificó las deudas y ordenó el accidente de don Ramón.
Vicente intentó arrebatarle los papeles.
Elena se interpuso.
—Se acabó.
—Te casarás conmigo el domingo —dijo Vicente—. De lo contrario, tu familia perderá todo.
—Prefiero perder la hacienda.
Vicente sacó una pistola.
Antes de que pudiera apuntar, su propio cochero lo golpeó por detrás con una pala.
—Perdón, patrón —dijo—. Pero no pienso ir a la horca por usted.
El hombre confesó haber incendiado el granero por órdenes de Vicente. También declaró que el antiguo administrador había manipulado la cincha del caballo de don Ramón.
Vicente y sus cómplices fueron arrestados.
El juez anuló las deudas falsas. Los documentos de don Jacinto demostraron además que los Alcázar debían devolver años de cobros ilegales a varias familias.
Al día siguiente, Mateo se presentó ante don Ramón.
El hombre todavía caminaba con bastón.
—Usted abandonó mi hacienda sin explicar la verdadera razón —dijo.
—Sí, señor.
—¿Amaba a mi hija entonces?
—Sí.
—¿La ama ahora?
—Más que antes.
Don Ramón miró la mano dañada de Mateo.
—Elena mantuvo vivo este rancho cuando yo no pude hacerlo. Durante años pensé que debía elegir por ella porque era mi obligación protegerla. Ahora sé que solo estaba impidiendo que eligiera su propia vida.
Extendió la mano.
—Vaya al jardín. Pregúntele qué desea.
Mateo encontró a Elena junto a las rosas.
—Su padre me envió.
—Eso parece peligroso.
—Me dijo que le preguntara qué quiere.
Elena lo miró durante un largo momento.
—Quiero que deje de decidir por mí lo que considera mejor.
Mateo asintió.
—Tiene razón.
—Quiero seguir administrando Los Laureles.
—Entonces dividiremos nuestro tiempo entre ambas haciendas.
—Quiero que mi nombre aparezca en cada contrato.
—Aparecerá antes que el mío.
Elena tomó su mano derecha. Acarició con cuidado los dedos que no podían cerrarse.
—Y quiero al mismo hombre que arregló la cerca de mi madre sin esperar que nadie se lo agradeciera.
—Sigo siendo ese hombre.
—Entonces eso es suficiente.
Se casaron en diciembre de 1887, en la pequeña iglesia del pueblo.
Elena no utilizó el vestido preparado para su boda con Vicente. Llevó uno sencillo color crema, confeccionado por doña Matilde.
Don Ramón la acompañó hasta el altar. Doña Mercedes lloró durante toda la ceremonia.
Mateo esperaba con la mano derecha inmóvil junto al cuerpo y la izquierda extendida hacia ella.
Elena tomó ambas.
Se establecieron en El Refugio, aunque continuaron administrando Los Laureles junto con don Ramón. Unieron los derechos de agua y construyeron canales que beneficiaron también a los ranchos vecinos.
Años después, una tarde de septiembre, Elena observaba a sus hijos correr cerca del jardín. Mateo reparaba una cerca con movimientos más lentos, pero todavía precisos.
—Una vez me dijo que lo olvidaría —recordó ella.
Mateo sonrió.
—Fue una de las pocas veces que me equivoqué.
—No fue la única.
—¿Cuál fue la otra?
Elena tomó su mano dañada.
—Creer que necesitaba tierras para ser digno de volver.
Mateo contempló las 2 haciendas extendiéndose bajo la luz dorada.
Había cabalgado a través de una tormenta, perdido parte de una mano, heredado una tierra y enfrentado a hombres poderosos.
Pero ninguna de aquellas cosas era la verdadera razón por la que Elena lo había esperado.
Ella lo había amado cuando solo poseía 47 pesos, un caballo viejo y una palabra honesta.
Todo lo demás había llegado después.
Mateo rodeó sus hombros con el brazo derecho. Elena cubrió con su mano los dedos que el invierno no había logrado devolverle.
No dijeron nada más.
La tarde permaneció sobre ellos, tranquila y dorada.
Y aquella vez, a diferencia de la despedida en el jardín, ninguno tuvo que marcharse.
