
Él miró hacia la sala de espera, donde varios desconocidos fingían no estar escuchando.
—Aquí no.
—No tienes derecho a decidir cuándo puedo conocer la verdad.
—No, pero sí puedo decidir no hablar de amenazas contra tu vida delante de seis civiles y una recepcionista que ya vendió un secreto.
La recepcionista palideció.
Nathan se acercó con un teléfono en la mano.
—La imagen fue enviada a una cuenta de filtraciones sobre celebridades —dijo—. Conseguimos impedir que la publicaran, pero el mensaje fue copiado a un número no registrado antes de que pudiéramos interceptarlo.
Toda la actitud de Adrian cambió.
El padre asombrado desapareció. En su lugar surgió el hombre al que Chicago temía.
—Rastréalo.
—Ya estamos trabajando en ello.
Adrian se volvió hacia Emma.
—Permíteme llevarte a un lugar seguro.
—No.
—Emma.
—Prometiste que no darías órdenes.
Su mandíbula se tensó.
Entonces, haciendo un esfuerzo evidente, volvió a intentarlo.
—¿Me permitirías, por favor, llevarte a un lugar seguro hasta que sepamos quién recibió esa fotografía?
Ella quería negarse.
Pero su hija se movió debajo de sus costillas y Emma comprendió de repente que la terquedad dejaba de ser valentía cuando otra vida dependía de sus decisiones.
—Solo hasta que identifiquen la amenaza.
Adrian soltó el aire que contenía.
—Y me quedo con mi teléfono —añadió ella—. Puedo contactar con quien yo quiera. Tendré mi propia habitación. Nada de puertas cerradas con llave ni guardias dentro.
—De acuerdo.
—Y no volveré a vivir contigo.
La mirada de él descendió hasta su vientre.
—Hablaremos de eso más tarde.
—No, no lo haremos.
Una camioneta negra los esperaba junto a la acera. Adrian solo la ayudó a subir después de que Emma aceptara su mano.
La lluvia dibujaba líneas sobre las ventanas mientras avanzaban hacia el norte, en dirección a Gold Coast. Adrian estaba sentado tan cerca que su rodilla rozaba la de ella, pero mantenía las manos juntas, como si temiera que Emma pudiera revocar en cualquier momento el permiso de permanecer a su lado.
—Dime por qué —pidió Emma.
Adrian mantuvo la mirada al frente.
—Tres semanas antes de que solicitara el divorcio, uno de mis hombres de mayor confianza desapareció.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Había estado vendiéndole información a Caleb Rourke.
Emma reconoció el nombre. Rourke había asistido en varias ocasiones a cenas en su casa. Siempre sonreía con facilidad y hablaba con un suave acento del Medio Oeste. Adrian lo había llamado un asesor de confianza.
—¿Qué información?
—Mis horarios, las rutas de transporte, los procedimientos de seguridad… —Adrian hizo una pausa—. Fotografías tuyas.
Un escalofrío recorrió la piel de Emma.
—Rourke le dijo a uno de mis hombres que había descubierto lo único en Chicago que yo entregaría todo por proteger.
—A mí.
—A ti.
—Por eso te divorciaste de mí.
—Hice que todo el mundo creyera que no significabas nada para mí.
—También lograste que yo lo creyera.
Él cerró los ojos.
—Sí.
Aquella única palabra no contenía ninguna defensa.
—Podrías habérmelo contado.
—Pensé que se te notaría el miedo. Pensé que tal vez te negarías a marcharte. Pensé que Rourke descubriría la mentira.
—Así que me lastimaste antes de que él pudiera hacerlo.
—Destruí lo nuestro antes de que pudiera utilizarte para destruirme.
Emma contempló la lluvia a través de la ventana.
—Eso no es amor.
—No —respondió él con voz áspera—. Fue cobardía disfrazada de amor.
La camioneta entró en el estacionamiento subterráneo del edificio de Adrian.
Su ático parecía casi igual que antes: piedra negra, madera clara, ventanas enormes y muebles costosos colocados con la precisión de un museo.
Sin embargo, el silencio se sentía diferente.
La fotografía de su boda seguía sobre el piano.
Emma caminó hacia ella.
—¿La conservaste?
—Lo conservé todo.
Emma se volvió.
Adrian permanecía a varios metros de distancia, observándola con la expresión agotada de un hombre que no había dormido bien durante meses.
La taza favorita de Emma estaba junto a la cafetera. Sus libros todavía llenaban uno de los estantes. Una bufanda verde que creía haber perdido colgaba del respaldo de una silla.
—Dijiste que estabas protegiéndome —susurró—. Pero también me vigilabas, ¿verdad?
—Sabía dónde vivías. Sabía dónde trabajabas.
—¿Sabías que estaba embarazada?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Cambiaste de médico dos veces y pagabas en efectivo. Los informes de Nathan decían que parecías cansada, pero creí que era porque estabas trabajando demasiado.
—¿Informes?
—Necesitaba saber que seguías viva.
—Necesitabas controlar algo después de haber renunciado al derecho de formar parte de mi vida.
—Sí.
Su sinceridad la dejó sin palabras.
Adrian se acercó, aunque mantuvo cierta distancia entre ambos.
—No sé amar con moderación —dijo—. Sé levantar muros, eliminar amenazas y asegurarme de que nada toque aquello que me importa. Estoy empezando a comprender que esos muros también pueden convertirse en una prisión.
Emma apoyó las dos manos sobre su vientre.
—Si quieres ocupar algún lugar en la vida de nuestra hija, tendrás que aprender la diferencia entre proteger a una persona y creer que te pertenece.
—Lo haré.
—Lo dices como si fuera fácil.
—Será lo más difícil que haya hecho en toda mi vida.
Nathan entró antes de que Emma pudiera responder.
Su rostro era sombrío.
—El número que recibió la fotografía fue activado hace tres meses —informó—. Se ha conectado a antenas cercanas al apartamento de Emma, a su librería y a esta clínica.
La sangre de Emma se heló.
—¿Alguien ya me seguía antes de hoy?
Nathan asintió.
—¿Desde hace cuánto tiempo?
—Al menos once semanas.
Adrian quedó completamente inmóvil.
Nathan colocó una tableta sobre la mesa. Una fotografía granulada mostraba a Emma saliendo del trabajo después del anochecer, con una mano apoyada sobre la pequeña curva de su vientre.
Alguien había dibujado un círculo rojo alrededor de ella.
Debajo aparecían tres palabras:
HEREDERA MORETTI CONFIRMADA.
Parte 2
Adrian no durmió aquella noche.
Emma lo sabía porque lo oyó desplazarse por el ático hasta el amanecer: puertas que se abrían, voces murmurando, teléfonos sonando y hombres que llegaban en ascensores silenciosos.
Colocó a dos guardias fuera del ático y a ninguno dentro, exactamente como ella había exigido.
A las tres de la madrugada, Emma lo encontró en su oficina rodeado de pantallas.
Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba las mangas remangadas por encima de unos antebrazos cubiertos de cicatrices. Una taza de café permanecía intacta junto a su mano.
—¿Lo encontraron? —preguntó.
Adrian levantó la vista inmediatamente.
—Deberías estar descansando.
—Y tú deberías responder a mi pregunta.
—Todavía no.
Emma entró en la oficina. Una de las pantallas mostraba un mapa de la ciudad marcado con puntos de colores. Otra exhibía fotografías del edificio donde estaba su apartamento.
Emma reconoció la ventana de su habitación.
Sintió que el estómago se le revolvía.
—Alguien me observaba mientras dormía.
Adrian se levantó.
—No mires eso.
—Deja de decidir qué soy capaz de soportar.
La mano de él quedó suspendida cerca de su hombro y después descendió.
—Tienes razón.
La admisión todavía sonaba extraña en sus labios.
Emma examinó las fotografías. Algunas habían sido tomadas delante de la librería. Otras la mostraban entrando en la consulta de la doctora Sloan, comprando alimentos o sentada sola junto al lago.
—Tú me vigilabas y otra persona también lo hacía.
—Mis hombres mantenían la distancia.
—Eso no lo convierte en algo normal.
—No —admitió Adrian, apretando los labios—. Pero los míos habrían intervenido si alguien se hubiera acercado a ti.
—¿Notaron a esa otra persona?
—No. Eso significa que quien hizo esto es un profesional.
Parecía furioso, pero debajo de aquella furia había miedo.
Emma rara vez había visto a Adrian asustado durante su matrimonio. Transformaba el miedo en acción con tanta rapidez que los demás lo confundían con seguridad.
—Ven y siéntate —le dijo.
—Estoy bien.
—Eso fue una orden.
Por primera vez en toda la noche, la comisura de los labios de Adrian se movió.
La siguió hasta el sofá.
Emma se sentó con cuidado y esperó hasta que él ocupó el extremo opuesto.
—Si vamos a criar juntos a esta bebé, necesitamos establecer algunas reglas.
La mirada de Adrian descendió hacia su vientre.
—Dímelas.
—No tomarás decisiones sobre mi cuerpo.
—De acuerdo.
—No apartarás a nadie de mi vida solo porque no te agrade.
—Si esa persona es peligrosa…
—Me muestras las pruebas y decidimos juntos.
Su expresión parecía indicar que aquello le causaba dolor físico, pero asintió.
—De acuerdo.
—Me dirás la verdad, incluso cuando sea desagradable.
Se produjo un silencio más largo.
—Te contaré todo lo que pueda afectarte a ti o a nuestra hija.
—No es la misma promesa.
—Es la promesa más sincera que puedo hacerte esta noche.
Emma decidió aceptarla, al menos por el momento.
—Y si quieres que volvamos a ser una familia, tienes que empezar a abandonar la parte criminal de tu mundo.
Adrian apartó la mirada.
—Eso no puede hacerse en un solo día.
—No he dicho que tenga que ser así.
—Alejarme creará enemigos.
—Entonces desmantélalo con cuidado. Convierte las empresas en negocios legítimos. Dale a nuestra hija algo que pueda heredar sin sentirse avergonzada.
Él la observó durante un largo momento.
—Puedo hacerlo.
—¿Lo harás?
—Sí.
Aquella palabra se sintió diferente de sus otras promesas. Menos posesiva. Más costosa.
Durante los cuatro días siguientes, Adrian lo intentó.
Asistió a otra consulta médica y pidió permiso antes de entrar. Instaló un sistema de seguridad en el apartamento de Emma, pero no canceló su contrato de alquiler. Sustituyó a los guardias que estaban fuera del ático por una sola mujer vestida de civil después de que Emma se quejara de que el pasillo parecía un puesto de control militar.
Compró seis libros sobre el embarazo, los leyó todos y marcó tantas páginas que Emma lo acusó de estar preparándose para un examen.
También intentó cocinar.
El resultado fue una sartén de huevos con la textura del caucho y unas tostadas tan negras que podrían haberse utilizado como pruebas de un incendio.
Emma contempló el plato.
—Tienes un chef contratado.
—Le di el día libre.
—¿Por qué?
—Dijiste que querías una vida normal.
—La gente normal sabe cuándo debe dejar de quemar el pan.
Adrian pareció ofendido.
—La tostadora está defectuosa.
—La tostadora cuesta ochocientos dólares.
—Entonces está defectuosa de una manera muy costosa.
Emma se echó a reír antes de poder contenerse.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Qué sucede?
—No había escuchado ese sonido en seis meses.
La sonrisa de Emma desapareció.
Adrian extendió una mano sobre la mesa, pero se detuvo.
Emma colocó la suya dentro de la de él.
El peligroso hombre sobre quien susurraba toda la ciudad de Chicago sostuvo sus dedos como si fueran algo que pudiera romperse.
Aquella tarde, Nathan llegó con nueva información.
El vigilante había alquilado una habitación situada sobre una casa de empeños cerrada, en un barrio industrial al sur del centro. Cuando los hombres de Adrian entraron, la habitación ya había sido abandonada.
Encontraron cámaras, calendarios médicos y expedientes de siete mujeres.
Las siete estaban embarazadas.
Las siete tenían vínculos con hombres relacionados con el crimen organizado.
Uno de los expedientes pertenecía a Emma.
Otro pertenecía a la esposa de un operador de apuestas de Detroit. Un tercero era de la hija de un dirigente sindical de Indiana.
—Están reuniendo medios de presión —explicó Nathan—. Hijos, esposas e información médica.
—¿Quiénes son? —preguntó Emma.
—Encontramos huellas parciales y una computadora portátil encriptada. Estamos trabajando con ambas cosas.
La mano de Adrian se apoyó sobre el respaldo de la silla de Emma.
—Lleven a las demás mujeres a un lugar seguro —ordenó a Nathan—. Contacten con sus familias.
Emma levantó la vista hacia él.
—Pregúntales primero a las mujeres qué desean antes de trasladarlas.
La mandíbula de Adrian se tensó.
Entonces se corrigió.
—Ofrézcanles protección. Permitan que ellas elijan cómo quieren recibirla.
Las cejas de Nathan se elevaron ligeramente.
—Entendido.
Después de que se marchara, Adrian se agachó junto a Emma.
—Estoy intentándolo.
—Me he dado cuenta.
—¿Recibiré alguna recompensa?
—No aterrorizaste a Nathan durante casi treinta segundos.
—Un récord personal.
Ella sonrió.
La expresión de Adrian se suavizó y, durante un instante, volvió a parecerse al hombre del que Emma se había enamorado: aquel desconocido silencioso que visitó el centro de alfabetización del barrio donde ella trabajaba como voluntaria y que después regresó cada jueves durante dos meses, fingiendo estar profundamente interesado en los libros donados.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
—Estaba recordando el día en que me invitaste a cenar.
—Me rechazaste tres veces.
—Me asustabas.
—Te envié flores.
—Me enviaste doscientas rosas.
—Quería demostrar que mis intenciones eran sinceras.
—Bloqueaste todo el mostrador de recepción.
Adrian se inclinó hacia ella.
—Pero al final aceptaste.
—Me preocupaba que tu siguiente paso fuera comprar el edificio.
—Lo consideré.
Emma volvió a reírse.
Entonces su hija dio una fuerte patada debajo de la mano que Adrian tenía apoyada en su vientre.
La expresión de él cambió por completo.
Cada vez que la bebé se movía, Adrian reaccionaba con el mismo asombro. Emma se preguntó si su infancia habría contenido tan poca ternura que no fuera capaz de comprender lo que significaba recibirla libremente.
Él inclinó la cabeza y habló hacia su vientre.
—Tu madre está insultándome otra vez.
—Tiene un criterio excelente —respondió Emma.
—Te enseñaré a no creer todo lo que ella diga.
—No pondrás a mi hija en mi contra.
—Nuestra hija.
La corrección fue suave, casi suplicante.
Emma pasó los dedos por su cabello oscuro.
—Nuestra hija —aceptó.
Aquella tarde, Adrian le mostró una habitación situada en el extremo opuesto del ático.
Antes había sido un dormitorio para invitados. Ahora, varias mesas estaban cubiertas de muestras de pintura, telas y muebles.
—Detuve a los diseñadores antes de que comenzaran —explicó—. Pensé que tal vez querrías elegirlo todo.
Emma examinó una muestra de pintura verde salvia.
—Me gusta este color.
—Lo recuerdo.
Ella lo miró.
—Hace años dijiste que la habitación de un bebé debía sentirse como un bosque tranquilo por la mañana.
—¿Recordabas aquella conversación?
—Recuerdo todo lo que me dices.
Juntos eligieron una cuna blanca, estantes para los libros y unas cortinas que suavizarían la luz de las primeras horas de la mañana.
Adrian no mencionó el matrimonio hasta que terminaron.
Entonces sacó del bolsillo una pequeña caja de terciopelo.
Dentro estaba el anillo de bodas original de Emma.
Ella lo había dejado sobre la encimera de la cocina la mañana en que se marchó de casa.
—Quiero que vuelvas a usarlo —dijo él.
Emma sintió una presión en el pecho.
—Todavía no estoy preparada.
El dolor cruzó el rostro de Adrian, pero cerró la caja.
—Está bien.
—¿No vas a discutir conmigo?
—Quiero que tú me elijas. Ya aprendí lo que sucede cuando tomo decisiones por los dos.
Colocó la caja sobre la mesa.
—Guárdalo. Úsalo mañana, el próximo año o nunca. Seguiré siendo el padre de nuestra hija.
Emma le acarició la mejilla.
—Todavía te amo.
Adrian cerró los ojos.
—Pero el amor no es suficiente —continuó ella—. No sin confianza.
—Entonces me ganaré tu confianza.
Nathan los llamó desde la puerta antes de que Adrian pudiera decir algo más.
—Conseguimos abrir la computadora.
Adrian se puso de pie.
—Caleb Rourke —dijo Nathan—. Los archivos fueron creados por uno de sus contratistas conocidos.
Emma sintió que la bebé se movía.
El rostro de Adrian se volvió inescrutable.
—Me dijiste que Rourke había desaparecido —dijo ella.
—Así fue.
—Por lo visto, no se marchó lo bastante lejos —replicó Nathan—. Ha estado construyendo una red desde Milwaukee hasta Chicago. Los archivos indican que planeaba secuestrar a uno de los bebés y obligar al padre a transferirle sus propiedades.
—¿A cuál de los bebés? —susurró Emma.
Nathan miró a Adrian.
—Al suyo.
El teléfono de Adrian sonó.
Respondió, escuchó durante tres segundos y palideció.
—¿Qué sucedió? —preguntó Emma.
—El guardia de abajo encontró a un repartidor que llevaba una fotografía tuya. Tenía instrucciones de confirmar si estabas aquí.
Adrian tomó su mano.
—Nos trasladaremos a la casa de Lake Forest.
Emma comenzó a protestar, pero se detuvo.
Aquello ya no era una posibilidad teórica. Alguien había convertido a su hija no nacida en una moneda de cambio.
—Voy voluntariamente —dijo—. Recuérdalo.
—Lo recordaré.
La propiedad de Lake Forest se encontraba detrás de muros de piedra y árboles altos, a cuarenta minutos al norte de Chicago. Era grande, pero acogedora, con amplias ventanas, suelos de madera y un jardín que la lluvia teñía de plata.
—Esto no es una casa de seguridad —dijo Emma.
—Estaba destinada a ser nuestro hogar.
Ella se volvió hacia Adrian.
—La compré mientras estábamos casados —explicó—. Planeaba sorprenderte cuando terminara la remodelación. Entonces Rourke hizo su amenaza.
Emma recorrió la silenciosa sala.
—¿La conservaste?
—No podía vender el futuro que deseaba.
El dolor de su voz estuvo a punto de romperla.
Aquella noche, una tormenta llegó desde el lago. Los truenos hicieron temblar las ventanas mientras el equipo de seguridad de Adrian vigilaba todas las carreteras cercanas a la propiedad.
A medianoche, Emma despertó al sentir una presión en el abdomen.
Una hora después sintió otra.
A las tres de la madrugada, las contracciones aparecían cada doce minutos.
Adrian apareció completamente vestido pocos segundos después de que lo llamaran.
—Podrían ser contracciones falsas —dijo Emma.
—Vamos al hospital.
—Eso ha sonado como una orden.
—¿Me permitirías, por favor, entrar en pánico de manera responsable y llevarte al hospital?
A pesar del dolor, Emma sonrió.
—Sí.
La doctora Sloan los recibió en un ala privada de maternidad. Emma solo tenía treinta y cinco semanas de embarazo, pero la doctora les aseguró que el corazón de la bebé seguía latiendo con fuerza.
—Vamos a vigilarte —dijo la doctora Sloan—. Es posible que las contracciones se detengan con líquidos y descanso.
Adrian permaneció junto a Emma, sujetándole la mano mientras la lluvia golpeaba las ventanas.
Dos horas después, las luces parpadearon.
Una enfermera entró vestida con un uniforme quirúrgico azul y una mascarilla.
—Tenemos que llevar a la señora Moretti a la sala de diagnóstico por imagen —dijo.
Emma frunció el ceño.
—Soy la señorita Bennett.
Los ojos de la enfermera se desviaron.
Adrian había salido al pasillo con Nathan apenas unos momentos antes.
—¿Qué prueba de imagen? —preguntó Emma.
—La doctora la ordenó.
—La doctora Sloan me dijo que debía descansar.
La enfermera se acercó a la vía intravenosa de Emma.
Algo metálico brilló en su mano.
No era ningún dispositivo médico.
Era una jeringa.
Emma intentó alcanzar el botón de llamada.
La mujer arrancó el cable de la pared.
La puerta se abrió detrás de ella.
Caleb Rourke entró en la habitación vestido con el uniforme de un camillero.
Parecía más viejo de lo que Emma recordaba. Tenía canas en las sienes y una cicatriz pálida a lo largo de la mandíbula.
—Hola, Emma —dijo—. Llevo mucho tiempo esperando conocer a la heredera de Adrian.
Parte 3
El primer instinto de Emma fue protegerse el vientre.
El segundo fue gritar.
La enfermera falsa se llevó un dedo a los labios.
—Yo no lo haría —advirtió Rourke—. Dos de mis hombres se encuentran entre esta habitación y tu marido. Un ruido repentino podría ponerlos nerviosos.
El corazón de Emma golpeaba con fuerza contra sus costillas.
Otra contracción le oprimió el abdomen.
Respiró durante el dolor, negándose a permitir que Rourke viera cuánto la estaba lastimando.
—¿Qué quieres?
—Lo mismo que todo el mundo quiere de Adrian Moretti: poder.
—No lo conseguirás utilizándome a mí.
Rourke sonrió.
—No necesito que cooperes. Solo necesito que él crea que puedo llegar hasta ti.
La falsa enfermera desconectó el monitor fetal.
El rápido sonido del corazón de la bebé desapareció de la habitación.
El miedo estuvo a punto de dominar a Emma.
Rourke lo notó.
—Ahí está —dijo—. Eso es lo que hace que los niños sean tan útiles. El miedo es inmediato. Puro.
—También vigilabas a otras mujeres embarazadas.
—Pólizas de seguro. Algunos hombres guardan dinero. Otros tienen políticos. Los hombres como Adrian protegen personas.
—No lo comprendes.
—Yo lo entrené.
Rourke se acercó.
—Su padre le dio la violencia. Yo le di la estrategia. Le enseñé a encontrar las debilidades, a esperar y a conseguir que un enemigo se destruyera a sí mismo.
—Y aun así te derrotó.
La sonrisa de Rourke desapareció.
Emma comprendió que había encontrado la herida oculta bajo su seguridad.
Rourke creía que Adrian le había robado el imperio que él merecía.
—Piensas que la bebé hace vulnerable a Adrian —continuó—. Pero en realidad lo hace más peligroso.
—Él ya era peligroso.
—No. Antes de ella no tenía ninguna razón para convertirse en una persona mejor.
Un ruido surgió en el pasillo.
Un fuerte golpe.
Después, silencio.
Rourke miró su reloj.
—Le están ofreciendo a tu marido un acuerdo muy sencillo. El control de tres terminales de transporte y un porcentaje de cada contrato de Moretti en el Medio Oeste.
—Nunca aceptará.
—Lo hará cuando te escuche gritar.
La falsa enfermera levantó la jeringa.
Los ojos de Emma recorrieron la habitación.
El cable de llamada había sido arrancado de la pared. Su teléfono estaba sobre una encimera, demasiado lejos de su alcance. La puerta del baño permanecía abierta junto a la cama.
Dentro del baño, un cordón rojo de emergencia colgaba cerca del suelo.
Emma se obligó a parecer asustada e indefensa.
No fue difícil.
—¿Qué contiene la jeringa?
—Algo que facilitará el traslado.
—Estoy de parto.
—Entonces tendremos dos rehenes en lugar de uno.
Rourke se volvió hacia la ventana cuando otro estruendo resonó fuera de la habitación.
Emma actuó.
Agarró la jarra metálica de agua de la mesa junto a la cama y golpeó la muñeca de la falsa enfermera.
La jeringa salió volando a través de la habitación.
Emma rodó fuera de la cama, cayó dolorosamente de rodillas y comenzó a arrastrarse hacia el baño.
La enfermera la sujetó por la bata.
Emma lanzó una patada hacia atrás.
Su talón golpeó el hombro de la mujer.
Rourke se abalanzó sobre ella, pero otra contracción paralizó a Emma. Estuvo a punto de caer antes de sujetarse al marco de la puerta.
Un metro más.
Medio metro.
Sus dedos se cerraron alrededor del cordón de emergencia.
Rourke la agarró por el tobillo.
Emma tiró del cordón.
Una alarma estalló por toda el ala de maternidad.
Varias luces rojas comenzaron a parpadear. Las puertas magnéticas se desbloquearon automáticamente. Una voz grabada ordenó evacuar el edificio.
Los rociadores del baño se activaron y cubrieron la habitación de agua helada.
Rourke lanzó una maldición.
La puerta de la habitación se abrió con violencia.
Adrian entró como una tormenta que hubiera adoptado forma humana.
Había sangre en un lado de su camisa blanca, pero no parecía estar herido. Nathan entró detrás de él acompañado por dos agentes de seguridad.
La mirada de Adrian encontró a Emma en el suelo del baño.
Después vio la mano de Rourke alrededor de su tobillo.
Lo que sucedió a continuación fue muy rápido.
Adrian cruzó la habitación, apartó violentamente a Rourke de Emma y lo lanzó contra la pared. Nathan inmovilizó a la falsa enfermera mientras los agentes de seguridad del hospital llenaban el pasillo.
Rourke intentó meter una mano dentro de su uniforme.
Adrian le apartó el brazo de un golpe y lo obligó a caer al suelo.
Rourke se rio a pesar de la sangre que cubría sus labios.
—Ahí está —dijo—. El animal que finge que puede convertirse en padre.
La mano de Adrian se cerró alrededor de la garganta de Rourke.
Emma conocía aquella expresión.
Solo la había visto dos veces durante su matrimonio.
Significaba que alguien estaba a punto de morir.
—Adrian.
Él no respondió.
El rostro de Rourke comenzó a enrojecer.
—Adrian, mírame.
Sus ojos permanecieron fijos en el hombre que tenía debajo.
Emma consiguió ponerse de pie sujetándose al lavabo.
—Nuestra hija no va a nacer mientras tú estás matando a alguien en la habitación de al lado.
Adrian se quedó inmóvil.
—Mírame —repitió.
Él giró la cabeza.
La furia de su rostro se quebró cuando vio a Emma agarrada al lavabo, empapada y temblando.
—Te necesito —dijo ella—. No necesito al hombre que controla Chicago. Tampoco al hombre que hace desaparecer personas. Necesito al padre de mi hija.
Adrian soltó a Rourke.
Nathan arrastró inmediatamente al hombre hacia atrás.
—Que siga vivo —ordenó Adrian—. Entrégaselo a la policía junto con los archivos y todas las pruebas.
Rourke lo miró con incredulidad.
—¿Vas a entregarme a la policía?
—Voy a darte algo peor que el final rápido que esperabas —respondió Adrian—. Un juicio, testigos y toda una vida dentro de una habitación donde nadie te tendrá miedo.
Las autoridades federales y estatales ya habían sido contactadas debido a las pruebas recuperadas de la red de vigilancia de Rourke. Su intento de secuestrar a Emma dentro de un hospital añadió cargos por secuestro, agresión y conspiración.
No habría ninguna desaparición silenciosa.
Ningún cadáver en el río.
Rourke tendría que enfrentarse a las mujeres a quienes había aterrorizado y escuchar cada uno de sus nombres ante el tribunal.
Adrian se alejó de él.
En cuanto se llevaron a Rourke, Adrian cayó de rodillas junto a Emma.
—¿Estás herida?
—No lo creo.
Sus manos quedaron suspendidas sobre ella, como si tuviera miedo de tocarla.
—¿Y la bebé?
—No lo sé. Desconectaron el monitor.
El terror eliminó todo el color de su rostro.
La doctora Sloan entró corriendo en la habitación acompañada por dos enfermeras verdaderas.
Pocos minutos después, Emma volvía a estar en la cama con un nuevo monitor colocado alrededor de su vientre.
La habitación se llenó con el latido rápido y constante del corazón de su hija.
Adrian inclinó la cabeza sobre la mano de Emma.
—Está a salvo —dijo la doctora Sloan—. Pero el trabajo de parto de Emma ha avanzado. Ya no vamos a intentar detenerlo.
Adrian levantó la mirada.
—¿La bebé va a nacer?
—Sí.
—¿Esta noche?
La doctora Sloan lo miró con diversión.
—Eso es normalmente lo que significa estar en trabajo de parto activo.
Durante las nueve horas siguientes, Adrian no se separó de Emma.
Le sostuvo la mano durante cada contracción, le llevó trozos de hielo, acomodó sus almohadas y aceptó sin protestar todos los insultos que Emma le dirigió.
En un momento determinado, ella le aplastó los dedos y gritó que ninguna mujer debería perdonar jamás al hombre responsable de su embarazo.
—Tienes razón —respondió él.
—Esto es culpa tuya.
—Completamente.
—Te odio.
—Te amo.
—¡Deja de estar tan tranquilo!
—Estoy experimentando el peor ataque de pánico de toda mi vida.
—No pareces estar asustado.
—Me entrenaron para no demostrarlo.
Emma lo fulminó con la mirada hasta que llegó otra contracción.
Entonces volvió a buscarlo.
Adrian se inclinó sobre ella y apoyó la frente contra la suya.
—Eres más fuerte que cualquier persona que haya conocido —susurró—. Y he conocido a hombres que caminaron directamente hacia una lluvia de balas.
—Si vuelves a comparar el parto con un tiroteo, me divorciaré de ti por segunda vez.
—No estamos casados.
—Entonces me casaré contigo solo para poder divorciarme.
A pesar de todo, Adrian se echó a reír.
Poco antes del amanecer, su hija llegó al mundo gritando.
Pesaba seis libras y cuatro onzas y poseía una voz lo bastante poderosa como para silenciar a todos los adultos de la habitación.
La enfermera la colocó sobre el pecho de Emma.
Emma observó el pequeño rostro que había imaginado durante meses.
El cabello oscuro estaba húmedo y pegado a la cabeza de la bebé. Tenía los puños cerrados. Abrió la boca para lanzar otro grito furioso antes de acomodarse contra la piel de Emma.
—Hola, mi amor —susurró ella.
Adrian permanecía junto a la cama, completamente inmóvil.
—Acércate —le pidió.
Él obedeció.
El temido Adrian Moretti contempló a su hija como si todo el universo hubiera sido colocado entre los brazos de Emma.
—¿Puedo tocarla?
Emma tomó su mano y apoyó uno de sus dedos sobre la pequeña palma de la bebé.
Los diminutos dedos se cerraron alrededor de él.
Adrian se quebró.
Las lágrimas llenaron sus ojos, descendieron por sus mejillas y desaparecieron entre la barba incipiente de su mandíbula.
—Soy tu padre —susurró—. Lamento haberme perdido el principio.
Emma sintió un nudo en la garganta.
—Pero no volveré a perderme nada más. Te lo prometo.
La enfermera envolvió a la bebé en una manta suave y le preguntó a Adrian si quería cargarla.
La expresión de él mostró un miedo auténtico.
—Es muy pequeña.
—Eso es normal —respondió la enfermera.
—¿Y si no la sostengo correctamente?
—Ella se lo hará saber.
Emma sonrió.
—Es muy buena expresando sus opiniones.
Adrian recibió a su hija con unas manos que nunca habían temblado al sostener un arma, pero que ahora se estremecían violentamente bajo el peso de seis libras.
La bebé abrió los ojos.
Adrian dejó de respirar.
—Me está mirando.
—Todavía no puede ver a mucha distancia.
—Ella sabe quién soy.
—Por supuesto que lo sabe.
Se sentó junto a Emma y acunó a la bebé contra su pecho.
—¿Cómo deberíamos llamarla? —preguntó.
Nunca habían hablado juntos de los nombres.
Emma guardaba una lista en su apartamento, pero ninguno de aquellos nombres parecía apropiado ahora.
Miró la primera luz que aparecía al otro lado de las ventanas del hospital.
—Grace.
Adrian repitió el nombre en voz baja.
—Grace.
—Porque eso es lo que nos ha dado.
Sus ojos regresaron a Emma.
—Una oportunidad que no nos habíamos ganado.
—Una oportunidad que todavía tenemos que merecer.
Adrian se inclinó y besó la frente de Emma.
—Grace Elena Moretti-Bennett —dijo.
Emma levantó una ceja.
—Has incluido mi apellido.
—Es tan tuya como mía.
—Eso suena sospechosamente saludable.
—Estoy aprendiendo.
Tres días después, Adrian llevó a Emma y a Grace a la casa de Lake Forest.
En el piso superior las esperaba una habitación infantil terminada, pintada de verde salvia y llena de libros, animales del bosque y una mecedora blanca junto a la ventana.
Esta vez, nada había sido elegido sin la aprobación de Emma.
Sobre una mesa situada junto a la cuna había una carpeta.
Emma la abrió.
Dentro encontró la escritura de la casa a su nombre, un fideicomiso para Grace y un plan detallado que establecía la independencia financiera de Emma y su autoridad igualitaria sobre todas las decisiones relacionadas con su hija.
También había una carta escrita a mano.
Antes creía que amarte significaba eliminar todos los peligros antes de que pudieras verlos.
Ahora comprendo que también eliminé tu capacidad de elegir.
Esta casa es tuya. Tu futuro es tuyo. Te protegeré cuando tú me lo pidas, permaneceré a tu lado cuando me lo permitas y seguiré siendo el padre de Grace, tanto si vuelves a elegirme como si no.
Te amo lo suficiente como para dejar la puerta abierta.
Adrian permanecía en la entrada mientras ella leía.
—¿Le pediste a un abogado que preparara todo esto? —preguntó Emma.
—A tres abogados.
—Por supuesto.
—Quería que fuera imposible que yo o cualquier otra persona pudiéramos controlar aquello que te pertenece.
Emma cerró la carpeta.
—¿Qué sucederá con tu organización?
—Las rutas de transporte ilegal están siendo clausuradas. Los negocios de apuestas están siendo vendidos o cerrados. Moretti Holdings se convertirá exactamente en lo que sus registros públicos afirman que es.
—Eso te costará mucho.
—Dinero, influencia y varios hombres que preferían el antiguo sistema.
—¿Lo haces porque yo te lo exigí?
—Lo hago porque mi hija se aferró a mi dedo y comprendí que nunca quiero que se pregunte si su comodidad fue comprada con el sufrimiento de otra persona.
Emma cruzó la habitación.
Adrian no extendió los brazos hacia ella.
Esperó.
Emma rodeó su cintura con los brazos.
La respiración de él se detuvo un instante antes de abrazarla.
—Todavía no estoy preparada para casarme contigo otra vez —dijo ella.
—Lo sé.
—Puede que no lo esté durante mucho tiempo.
—Esperaré.
—Eres terrible esperando.
—Sufriré.
Emma se rio contra su pecho.
—Pero quiero intentarlo —susurró—. No porque tenga miedo. Tampoco porque Grace necesite que sus padres estén casados. Quiero intentarlo porque todavía veo al hombre del que me enamoré debajo de todo aquello en lo que te convertiste.
Adrian la abrazó con más fuerza.
—Pasaré el resto de mi vida intentando ser digno del hombre que tú ves.
Transcurrieron seis meses.
Rourke seguía bajo custodia federal a la espera del juicio. La información recuperada de su red permitió realizar catorce arrestos y proteger a siete mujeres cuya información médica privada había sido robada.
Adrian declaró a través de sus abogados y entregó documentos que permitieron desmantelar la operación de secuestro. A cambio de su cooperación, los investigadores se concentraron en la red de Rourke en lugar de hacerlo en las empresas legítimas de Adrian.
Su propio pasado no desapareció. Emma comprendía que la redención no era un documento que pudiera firmar un abogado. Era una decisión que Adrian tendría que tomar cada mañana.
Y la tomó.
Regresaba a casa para cenar. Cambiaba pañales a las dos de la madrugada. Aprendió qué canciones tranquilizaban a Grace y qué temperatura del calentador de biberones impedía que comenzara a gritar.
Continuó siendo excesivamente protector.
Cuando Grace tuvo un poco de fiebre, Adrian hizo llamar a dos pediatras e intentó contactar con un tercero.
Emma le quitó el teléfono.
—Tiene un resfriado, no una extraña enfermedad tropical.
—Está incómoda.
—Los bebés a veces están incómodos.
—Podría comprar equipos mejores.
—No puedes comprarle un nuevo sistema inmunitario.
Adrian lo consideró seriamente.
—¿Estás segura?
Una cálida tarde de septiembre, Emma encontró a Adrian dormido en la mecedora de la habitación infantil, con Grace apoyada sobre su pecho.
Un libro para niños permanecía abierto en una de sus manos.
La luz del sol los cubría a los dos.
Adrian despertó cuando Emma se acercó.
—¿Qué hora es?
—La hora de admitir que fingías leer después de que ella se quedara dormida.
—Necesitaba escuchar el final.
—Tiene seis meses.
—Aprecia que las historias tengan un desenlace.
Emma levantó con cuidado a Grace y la colocó en la cuna.
Cuando se volvió, Adrian sostenía la caja de terciopelo que contenía su anillo de bodas.
No se arrodilló.
No dio ninguna orden.
Simplemente colocó la caja sobre la palma abierta de su mano.
—Todavía deseo estar contigo para siempre —dijo—. Pero aceptaré únicamente aquello que tú decidas darme libremente.
Emma contempló al hombre que tenía delante.
No era inofensivo. Nunca lo sería.
Pero había aprendido que la fuerza no siempre significaba tomar el control. En algunas ocasiones significaba renunciar a él.
Emma sacó el anillo de la caja.
Los ojos de Adrian se abrieron con sorpresa.
—Pídemelo correctamente —dijo ella.
Él se arrodilló sobre una rodilla.
—Emma Bennett, ¿volverías a elegirme? No porque pueda protegerte, ni porque tengamos una hija, ni por la vida que ya compartimos, sino porque crees que podemos construir juntos una vida mejor.
Emma lo hizo esperar durante tres segundos completos.
Fueron los tres segundos más largos de la vida de Adrian Moretti.
—Sí.
Su segunda boda se celebró en el jardín situado detrás de la casa de Lake Forest.
No asistieron empresarios poderosos, invitados políticos ni hombres armados visibles entre las flores.
Solo estaban la doctora Sloan, Nathan, unos cuantos amigos de confianza y Grace, que durmió durante casi toda la ceremonia en brazos de la hermana de Emma.
Los votos de Adrian fueron sencillos.
—Una vez te amé como una puerta cerrada con llave —le dijo a Emma—. A partir de hoy te amaré como una puerta abierta. Siempre serás libre de atravesarla y pasaré mi vida dándote razones para quedarte.
Emma colocó el anillo en su dedo.
—No necesito un hombre perfecto —respondió—. Necesito un hombre sincero. Necesito un compañero que comprenda que el amor no es propiedad y que proteger a alguien no te concede permiso para controlarlo. Sigue convirtiéndote en ese hombre y yo seguiré eligiéndote.
Cuando el oficiante los declaró marido y mujer, Adrian la besó con suavidad.
Sin desesperación.
Sin reclamarla como suya.
Solo una promesa entregada libremente y correspondida del mismo modo.
Grace despertó y comenzó a llorar.
Adrian extendió inmediatamente los brazos hacia ella.
Los invitados se echaron a reír mientras el hombre que una vez había sido el más temido de Chicago permanecía bajo un arco de rosas blancas, sosteniendo a su hija contra un hombro y a su esposa junto al otro.
Más tarde, cuando el sol desapareció detrás de los árboles y se encendieron las luces del jardín, Emma observó a Adrian bailar lentamente con Grace.
Él susurró algo sobre el cabello oscuro de la bebé.
—¿Qué le has dicho? —preguntó Emma.
Adrian la atrajo entre sus brazos.
—Que la primera vez que la vi estaba escondida debajo de tu corazón.
Grace agarró su corbata.
—Y que la segunda vez que la sentí moverse, salvó lo que quedaba del mío.
Emma apoyó la cabeza sobre su hombro.
La vida que los esperaba nunca sería ordinaria. El pasado de Adrian todavía proyectaba largas sombras y algunos errores no podían borrarse mediante el amor.
Pero las sombras solo existían donde también había luz.
Grace suspiró entre ellos, segura en los brazos de su padre.
Adrian miró a Emma.
—¿Para siempre?
Hubo un tiempo en que aquella palabra había sonado como una puerta cerrada con llave.
Ahora sonaba como un hogar con todas las puertas abiertas.
Emma sonrió.
—Para siempre.
FIN
