
PARTE 2
El patio quedó en silencio. Hasta Emiliano dejó de moverse, como si el miedo de los adultos hubiera llegado también a su cuerpo. Francisco Valdés mantenía el brazo extendido hacia Alma, disfrutando el momento. Detrás de él, 3 hombres armados observaban a Tomás con la seguridad de quien sabía que el dinero compraba obediencia.
—Abra la bolsa —ordenó Beatriz—. Si es inocente, no tendrá nada que esconder.
Alma abrazó el bulto de manta contra su pecho.
—Ahí no hay dinero.
—Entonces entréguela —dijo Julián.
Tomás miró a la joven. Durante las semanas anteriores, ella había convertido la casa triste en un hogar habitable. Se levantaba antes que él, preparaba atole, remendaba sus camisas y cuidaba a Emiliano con una paciencia que nadie podía fingir durante tantas noches sin dormir. Sin embargo, también era cierto que nunca hablaba de su pasado.
—Alma —dijo con calma—, nadie tocará esa bolsa si usted no quiere. Pero necesito saber qué está pasando.
Ella bajó los ojos.
—Trabajé 4 años en la Hacienda San Jerónimo. Usaba el apellido de mi madre, Cárdenas. Reyes era el apellido de mi padre. Los 2 son míos.
Francisco soltó una risa seca.
—Bonita forma de explicar una identidad falsa.
—No robé su dinero.
—¿Y Severiano? Mi capataz apareció muerto 2 días después de que huiste.
—Murió meses después. Usted lo sabe.
Francisco dio 1 paso hacia ella.
—Ten cuidado con lo que dices.
El comisario Evaristo llegó desde el pueblo acompañado por 2 auxiliares. Llevaba una orden de detención y un papel con la firma de Francisco. El documento afirmaba que Alma había tenido acceso a la caja de pagos y que 80,000 pesos desaparecieron la misma noche de su fuga.
—Tendremos que llevarla mientras se investiga —dijo Evaristo.
Tomás bloqueó el camino.
—No se la llevará solo porque un hacendado lo exige.
—La orden viene del juez de distrito.
—¿Y la prueba?
Francisco señaló la bolsa.
—Ahí está.
Alma cerró los ojos y, finalmente, dejó el bulto sobre una mesa del corredor. Lo abrió con manos temblorosas. Dentro había 1 vestido infantil, 1 medalla de cobre, varias cartas atadas con hilo y 1 zapatito tejido, tan pequeño que cabía en la palma de Tomás. No había dinero.
Beatriz se quedó mirando el zapatito.
—¿De quién era?
Alma tardó en responder.
—De mi hija.
Tomás sintió que algo se hundía dentro de él.
—Usted dijo que había perdido a un niño.
—Nunca dije cuándo ni cómo.
Francisco aprovechó el desconcierto.
—Su hija murió porque ella la abandonó. Después robó para escapar.
Alma levantó la cara, y por primera vez Tomás vio rabia en sus ojos.
—Mi hija murió porque usted se negó a prestarme un caballo cuando tenía fiebre. Severiano cerró la caballeriza por orden suya. Caminé 12 kilómetros cargándola hasta el médico. Llegué tarde.
—Mientes.
—Se llamaba Inés. Tenía 5 meses. Su padre murió en un derrumbe antes de conocerla. Yo cocinaba para 30 hombres y dormía junto al almacén. Cuando Inés enfermó, usted dijo que una criatura de una sirvienta no valía interrumpir la cosecha.
La voz de Alma se rompió, pero no bajó la mirada.
—Por eso sé cómo suena un bebé cuando lleva demasiado tiempo pidiendo ayuda.
Tomás observó a Emiliano, dormido contra su pecho. Comprendió que Alma no había llegado al rancho buscando un hijo ajeno. Había llegado huyendo de la culpa de no haber podido salvar al suyo.
Francisco recogió las cartas y trató de arrojarlas al fogón, pero Tomás le sujetó la muñeca.
—No toque sus cosas.
Los hombres de Francisco llevaron las manos a las armas. Julián se adelantó.
—Tomás, no arriesgues la vida por una ladrona.
—Estoy arriesgándola por una mujer a la que todavía no han demostrado nada.
Evaristo separó a los 2 hombres y ordenó llevar a Alma al pueblo. Ella entregó a Emiliano a Tomás. El bebé despertó, reconoció que la alejaban y comenzó a gritar.
—No deje que se duerma sin comer —dijo Alma—. Si le vuelve la tos, hierva agua con hojas de gordolobo y llame al doctor.
—Voy a sacarla de ahí.
—Cuide al niño primero.
Mientras la carreta se alejaba, Emiliano extendió los brazos hacia el rebozo rojo hasta que desapareció en el camino.
Esa noche, la casa volvió a sentirse como después de la muerte de Elena. Tomás calentó leche, cambió al bebé 3 veces y caminó con él bajo el corredor. Nada lo calmaba. Cerca de la medianoche, encontró una de las cartas que Francisco no había visto. Estaba escrita por Severiano, el capataz, y solo contenía 4 líneas incompletas: “Alma, perdóneme. Don Francisco me obligó a acusarla. El dinero nunca salió de…” La hoja terminaba rasgada.
Tomás guardó la carta bajo la camisa y salió antes del amanecer. Dejó a Emiliano con doña Petra, una vecina anciana que había ayudado a Elena durante el embarazo. Luego cabalgó hasta San Jerónimo.
La hacienda parecía tranquila, pero los peones evitaban mirarlo. En el antiguo cuarto de Alma encontró marcas de humedad, una cuna rota y nombres de pagos escritos con carbón detrás de una tabla. Uno de los trabajadores, Isidro, lo llevó a escondidas hasta el corral.
—Severiano no murió cuando ella huyó —susurró—. Estuvo enfermo casi 1 año.
—¿Por qué Francisco dijo lo contrario?
—Porque Severiano llevaba las cuentas. Descubrió que el patrón descontaba dinero de los salarios y luego culpaba a trabajadores que ya se habían ido.
—¿Quién robó los 80,000 pesos?
Isidro miró hacia la casa grande.
—No existían. Era dinero que don Francisco debía entregar a los peones. Inventó el robo para no pagarlo.
Tomás le mostró la carta.
—¿Sabe dónde está el resto?
—Severiano se lo dio a doña Candelaria, la antigua ama de llaves. Ella dejó la hacienda después de la muerte de él.
—¿Dónde vive?
—Nadie sabe. Pero antes de irse dijo que volvería cuando alguien tuviera valor para enfrentarse al patrón.
Tomás regresó al pueblo con Isidro dispuesto a declarar. Sin embargo, Evaristo se negó a liberarla.
—La palabra de un peón contra la de Valdés no bastará.
—Entonces llévelo ante el juez.
—El juez llegará en 4 días.
Desde la celda, Alma escuchó la discusión.
—Tomás, váyase con Emiliano —pidió—. Francisco no se detendrá.
—Tampoco yo.
—No entiende. Severiano intentó ayudarme y terminó muerto.
—Usted no es responsable de lo que le hicieron.
Alma se acercó a los barrotes.
—Eso mismo debería decirse usted sobre Elena.
Tomás quedó inmóvil.
—Su esposa murió, pero no porque usted la amara poco. Emiliano llora, pero no porque usted sea un mal padre. Los muertos no necesitan que los vivos se castiguen para siempre.
Esa frase lo acompañó hasta el rancho. Al llegar, encontró la puerta abierta y la cuna vacía. Doña Petra estaba llorando en la cocina.
—Beatriz vino con un documento —dijo—. Afirmó que el comisario le dio custodia temporal. Se llevó al niño.
Tomás cabalgó hasta la casa de su suegra. La encontró rodeada de vecinas, con Emiliano llorando en un cuarto cerrado. Beatriz no le permitió entrar.
—Mientras protejas a esa mujer, no eres capaz de decidir por mi nieto.
—Devuélvame a mi hijo.
—Elena me pidió que lo cuidara si algo le pasaba.
—Elena también me pidió que no permitiera que usted decidiera nuestra vida.
Julián apareció con 1 contrato.
—Vende tu parte del rancho y deja que mamá críe a Emiliano. Te daremos una casa pequeña y podrás visitarlo.
Tomás leyó el documento. El comprador era una empresa desconocida, pero el representante legal tenía la misma dirección de Francisco Valdés.
—Esto nunca fue por el niño —dijo—. Quieren Los Sauces.
Julián le arrebató las hojas.
—El rancho perteneció a nuestra familia antes de que Elena se casara contigo.
—Elena recibió solo 20 hectáreas. Las otras 140 las compramos juntos.
—Sin ella, tú no habrías sido nadie.
El grito de Emiliano se volvió extraño, corto y débil. Tomás empujó la puerta. El bebé ardía de fiebre y respiraba con dificultad. Beatriz palideció.
—Hace 1 hora estaba bien.
Tomás lo envolvió y corrió al consultorio del doctor Salcedo. El médico examinó al niño y ordenó bajar la fiebre, pero Emiliano rechazaba la leche y no dejaba de toser.
—Necesita a la persona que conoce sus horarios y sus reacciones —dijo Salcedo—. ¿Quién lo ha cuidado estas semanas?
Beatriz guardó silencio.
Tomás fue a la comandancia y exigió que llevaran a Alma al consultorio. Evaristo se negó hasta que el doctor firmó una nota responsabilizándose. Cuando Alma entró con las muñecas atadas, el pueblo entero la vio correr hacia el bebé acusado de ser una amenaza.
—Quítenle eso —ordenó Tomás.
Alma ignoró las cuerdas. Tocó la frente de Emiliano, escuchó su respiración y preguntó qué había comido. Beatriz admitió que le había dado leche de vaca sin hervir porque consideraba exageradas las indicaciones de una desconocida.
—No puede digerirla así —dijo Alma—. Preparen agua tibia, paños y leche de cabra rebajada. También necesito que abran la ventana.
Durante 6 horas, Alma permaneció junto a Emiliano. Le dio pequeñas cucharadas, le limpió el pecho y lo sostuvo erguido para que respirara. Tomás no se apartó. Beatriz rezó en un rincón, viendo cómo la mujer que había insultado salvaba al único recuerdo vivo de su hija.
Al amanecer, la fiebre comenzó a bajar.
Emiliano abrió los ojos y buscó el rebozo rojo. Alma acercó el rostro. El bebé le apretó 1 dedo y volvió a dormir.
Beatriz se cubrió la boca para contener el llanto.
—Yo pensé que usted quería reemplazar a Elena.
—Nadie puede reemplazar a su hija.
—Entonces, ¿por qué hace todo esto?
Alma miró al niño.
—Porque una vez pedí ayuda y nadie abrió la puerta.
Evaristo recibió una orden de regresar a Alma a la celda. Tomás se interpuso, pero ella aceptó para evitar un enfrentamiento. Antes de salir, Beatriz tomó su rebozo.
—Yo declararé que salvó a Emiliano.
Julián reaccionó con furia.
—Mamá, no sabes lo que haces.
—Sé que mi nieto estaría muerto si dependiera de mi orgullo.
Julián salió del consultorio y, esa misma tarde, el granero de Los Sauces ardió. Tomás alcanzó a liberar los caballos, pero perdió semillas, herramientas y alimento para todo el invierno. Entre las cenizas encontró un frasco de petróleo marcado con las iniciales de la hacienda de Francisco.
Cuando llevó la prueba al pueblo, Francisco ya lo esperaba frente a la comandancia.
—Retira tu acusación y vende el rancho —dijo—. Alma quedará libre y podrá marcharse lejos.
—¿Por qué quiere tanto mis tierras?
—Porque debajo de Los Sauces pasa el único manantial que puede mantener mi ganado durante la sequía.
Tomás comprendió que Francisco había comprado a Julián y usado el odio de Beatriz para presionarlo. Antes de que pudiera responder, una diligencia vieja se detuvo frente a la plaza. De ella bajó una mujer de cabello blanco, apoyada en un bastón y cargando un libro enorme contra el pecho.
—Me llamo Candelaria Ruiz —anunció—. Fui ama de llaves de San Jerónimo durante 27 años.
Francisco retrocedió.
Candelaria levantó el libro para que todos lo vieran.
—Aquí está el dinero que nunca fue robado, la confesión completa de Severiano y los pagos hechos a Julián para destruir a Alma. Pero hay algo peor: Elena Rentería descubrió este fraude antes de morir.
Tomás sintió que el suelo desaparecía bajo sus botas.
—¿Qué tiene que ver mi esposa con todo esto?
Candelaria lo miró con tristeza.
—Su muerte no fue el único secreto que esa familia le ocultó…
PARTE 3 …
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