
Lucian la miró con algo peligrosamente parecido a la admiración.
Más tarde, en el balcón de la mansión, Aria lo enfrentó.
—Disfrutaste aquello.
—Inmensamente.
—Me defendí a mí misma, no a ti.
—Por supuesto.
—Y no confundas una cena con lealtad.
Lucian dio un paso hacia ella.
El viento de la ciudad levantó un mechón de su cabello oscuro. Él extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarla.
—Crees que me odiarás durante todo el año —dijo.
—Eso es lo que planeo.
Su voz descendió.
—Me desearás hasta que duela.
El corazón de Aria dio un latido traicionero.
Se obligó a sonreír.
—Es una fantasía impresionante para un hombre que tuvo que amenazar a mi padre para conseguir una cita.
Algo brilló en los ojos de Lucian.
—Desear no es lo mismo que rendirse.
—No te daré ninguna de las dos cosas.
Él se inclinó lo suficiente para que ella sintiera el calor de su respiración junto al oído.
—Ya veremos.
Antes de que Aria pudiera responder, una violenta explosión sacudió las ventanas.
Las llamas se elevaron más allá de los tejados, cerca del río.
El teléfono de Lucian sonó inmediatamente.
Escuchó durante cinco segundos y el marido civilizado desapareció.
—El almacén de Bridgeport —dijo—. Alguien nos ha atacado.
—¿Qué tan grave es?
—Dos hombres heridos. Inventario por valor de veinte millones de dólares destruido.
Sus ojos se volvieron de hielo.
La advertencia de Dominic durante la cena no había sido una simple representación social.
Había sido una declaración de guerra.
Lucian llamó a Carlos y después volvió la mirada hacia Aria.
—A partir de este momento no saldrás de esta casa sin protección.
—No soy una de tus posesiones.
—No.
Su mirada sostuvo la de ella.
—Eres la forma más evidente de destruirme.
Antes de que Aria pudiera responder, él ya se había marchado.
Ella permaneció en el balcón observando cómo el humo oscurecía el cielo de Chicago.
Por primera vez comprendió que el contrato no se había limitado a colocarla dentro de la casa de Lucian Moretti.
La había colocado directamente en el camino de todos los enemigos que él había acumulado a lo largo de su vida.
Parte 2
Lucian regresó a las dos de la madrugada con sangre en el cuello de la camisa.
Aria abrió la puerta de su dormitorio y lo encontró apoyado contra la pared.
—¿Es tuya?
—No.
—Eso no resulta tranquilizador.
—No pretendía serlo.
Intentó enderezarse, pero su rostro se contrajo por el dolor.
Aria observó el temblor de su mano izquierda.
—Estás enfermo.
—Estoy cansado.
—Estás a punto de caerte.
—He sobrevivido a cosas peores.
—Felicidades. Siéntate antes de arruinarme la alfombra.
Él estuvo a punto de sonreír.
Dentro de la suite, Aria le dio agua y encontró analgésicos en el bolsillo de su chaqueta. El frasco llevaba el nombre de un oncólogo.
—Sigues recibiendo tratamiento.
—Terapia de mantenimiento.
—Me dijiste que el cáncer estaba en remisión.
—Lo está.
—Entonces, ¿por qué estás temblando?
—Porque pasé catorce horas recordándoles a unos hombres desleales que no soy débil.
Aria se sentó frente a él.
—¿Quién atacó el almacén?
—Los hombres de Dominic llevaron a cabo la operación, pero alguien dentro de mi organización les dio acceso.
—Un traidor.
—Sí.
Lucian parecía mayor bajo la tenue luz. No exactamente débil, pero sí mortal.
—¿Qué ocurrirá si te matan antes de que exista el bebé? —preguntó ella.
—Se repartirán todo.
—¿Y qué me ocurrirá a mí?
La mandíbula de Lucian se tensó.
—Te convertirás en una herramienta de presión.
La respuesta fue lo bastante sincera para asustarla.
—Por eso estás tan desesperado.
—Estoy desesperado porque morir es inconveniente. Morir sin proteger lo que viene después de mí es imperdonable.
—Hablas de un hijo como si fuera un escudo corporativo.
—Hablo del niño como de un futuro.
—Un futuro que estás obligando a otra persona a llevar dentro.
Lucian aceptó la acusación sin defenderse.
—Sé lo que te hice.
—¿De verdad?
—Sí. Te di a elegir entre dos formas de pérdida y me felicité por haberme comportado de manera civilizada.
Aquella confesión la dejó sin palabras.
Lucian miró hacia la ventana.
—Mi padre me enseñó que el miedo era más fiable que el amor. El miedo mantenía obedientes a los empleados, cautelosos a los rivales y cerca a los familiares. Le creí durante cuarenta años.
—¿Y ahora?
—Ahora empiezo a sospechar que murió rodeado de personas obedientes, pero sin una sola persona que realmente quisiera estar allí.
Lucian se puso de pie, tambaleándose apenas.
Antes de marcharse, se detuvo junto a la puerta.
—Hablaba en serio cuando te dije aquello en el balcón.
—¿Que terminaré deseándote?
—Sí.
—Tu confianza en ti mismo es agotadora.
—No es confianza.
—Entonces, ¿qué es?
—Reconocimiento.
Las semanas siguientes se volvieron extrañamente domésticas.
Lucian aumentó la seguridad, pero no le impidió trabajar. Carlos la llevaba a la galería y permanecía cerca de la entrada, fingiendo que no intimidaba a los visitantes.
En casa, Lucian le pidió que asesorara sobre las obras de arte destinadas a un nuevo complejo residencial. Sus sugerencias transformaron el diseño frío en algo cálido y humano.
—Eres buena en esto —le dijo.
—Siempre lo he sido.
—Ahora lo sé.
—Eso casi ha sonado como una disculpa.
—No te vuelvas codiciosa.
La noche siguiente la llevó a una exposición de fotografía, no por negocios ni para mantener las apariencias, sino porque ella quería asistir.
Durante una hora fueron simplemente dos personas hablando de arte.
Entonces apareció Dominic.
Le mostró a Lucian unas imágenes de seguridad del ataque al almacén e insinuó que varias personas de su confianza ya habían cambiado de bando.
—Te estás volviendo lento —dijo Dominic—. El matrimonio debe de distraerte.
Lucian colocó una mano protectora en la espalda de Aria.
—Amenazar públicamente a mi esposa es un hábito imprudente.
—No la estoy amenazando. Me pregunto si sabe que se ha casado con un imperio moribundo.
Durante el trayecto de regreso, Lucian realizó tres llamadas y ordenó una investigación interna completa.
Aria esperó hasta que llegaron a su despacho.
—Dime lo peor que hayas hecho en tu vida.
Él levantó bruscamente la mirada.
—¿Por qué?
—Porque todo el mundo me advierte sobre el monstruo con el que me casé. Quiero saber si estoy imaginando algo peor que la verdad.
—No deberías hacer preguntas cuando no estás preparada para las respuestas.
—Dímelo.
Lucian se sirvió whisky, pero no lo bebió.
Dieciséis años atrás, su hermano mayor, Marco, había perdido a un hijo por culpa de un informante federal. El dolor volvió imprudente a Marco. Amenazó a jueces, expuso cuentas y planeó una guerra que habría destruido toda la organización.
Lucian lo detuvo.
—¿Cómo? —preguntó Aria.
—Hice que su muerte pareciera un suicidio.
La habitación pareció inclinarse.
—Mataste a tu propio hermano.
—Evité que matara a cientos de personas.
—Siempre tienes una razón.
—Las razones no convierten los actos en inocentes.
—¿Te arrepientes?
—Todos los días.
—¿Lo volverías a hacer?
—Si las mismas vidas estuvieran en peligro, sí.
Aria observó al hombre con el que se había casado.
No era secretamente bondadoso.
No era un incomprendido.
Había oscuridad en él, una oscuridad deliberada y profundamente arraigada.
Pero debajo de ella también percibió agotamiento.
Había pasado décadas convirtiéndose en el arma que todos necesitaban, y ahora ya no sabía cómo dejar de serlo.
—Eres un monstruo —dijo.
—Te lo advertí.
—Los monstruos no suelen parecer avergonzados.
—No estoy avergonzado.
—Estás mintiendo.
Los labios de Lucian se tensaron.
Aria se levantó para marcharse.
Su voz la detuvo.
—He hecho cosas imperdonables. Pero cuando te digo que te protegeré, debes comprender lo que significa. Cada parte terrible de mí se interpondrá entre tú y cualquiera que pretenda hacerte daño.
—Eso no es amor.
—No.
Sus ojos sostuvieron los de ella.
—Es lo único en lo que siempre he confiado más que en el amor.
Tres noches después, otra propiedad de los Moretti fue atacada.
Lucian regresó agotado y Aria volvió a permitirle entrar en su habitación. Él habló de sus rivales, del cáncer y de la presión por presentar una prueba visible de que su organización tenía futuro.
Nunca le pidió que cumpliera el contrato.
Su negativa a presionarla hizo que la decisión resultara todavía más difícil.
—Vuelve esta noche —dijo ella.
Lucian se quedó inmóvil.
—Aria.
—Yo estoy eligiendo el momento.
—Esta noche no me debes nada.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque estoy cansada de que cada decisión de mi vida sea tomada por el miedo. Esta será mía.
Cuando apareció en su habitación dos horas más tarde, Lucian parecía más inseguro que nunca.
—¿Estás segura? —preguntó.
—No.
—Entonces me marcharé.
Ella le tomó la mano.
—He dicho que no estoy segura. No he dicho que no.
Lucian la tocó con extraordinario cuidado, pidiendo permiso en cada paso y sin utilizar nunca el poder que poseía fuera de aquella habitación.
Después permanecieron despiertos en la oscuridad.
—Ha sido menos terrible de lo que esperaba —dijo Lucian.
—Qué evaluación tan romántica.
—Intento ser sincero.
—Intenta guardar silencio.
Él rio suavemente.
Antes de marcharse, la besó en la frente.
La ternura asustó a Aria más de lo que lo había hecho el deseo.
Seis semanas después, aparecieron dos líneas rosadas en una prueba de embarazo.
Aria la ocultó durante dos días.
El embarazo había sido el propósito de todo y, sin embargo, ver la prueba la hizo llorar por la vida que antes había imaginado. Había pensado que elegiría a un marido, que planearían juntos un hijo y que anunciaría la noticia con alegría, no con alivio contractual.
Cuando finalmente se lo contó a Lucian, él no lo celebró.
Cruzó la biblioteca, se arrodilló junto a su silla y le tomó las manos.
—¿Cómo te sientes?
—Entumecida.
—¿Tienes miedo?
—Estoy aterrorizada.
—Yo también.
—Has conseguido lo que querías.
—He conseguido lo que exigí.
Su voz se volvió áspera.
—No es lo mismo que merecerlo.
Durante la primera ecografía, Lucian observó el diminuto corazón latiendo en la pantalla con lágrimas en los ojos.
Aria fingió no darse cuenta.
La noticia fortaleció su organización. Los asociados que habían cuestionado su futuro renovaron su lealtad. Sus rivales se volvieron más cautelosos.
Dominic, sin embargo, vio una oportunidad.
