
PARTE 2
Julián permaneció sobre Mercedes hasta que los peones aseguraron el jardín. Nadie encontró al tirador, pero cerca de la cerca apareció una huella de bota con una estrella marcada en el tacón. Era el mismo tipo de calzado que usaban los hombres del alcalde.
Mercedes contempló la nota bajo la luz de una lámpara nueva.
—Bartolo sabe que usted descubrió la verdad.
—Bartolo lleva años pagando para que nadie descubra demasiadas cosas.
—Entonces debió dejarme en la plaza. Ahora también intentarán matarlo.
Julián dobló el papel.
—Hace 8 años Bartolo desvió el cauce de un arroyo y dejó sin agua a 14 familias. Hace 4 ordenó quemar el almacén de un comerciante que se negó a venderle. Todos callaron porque peleaban solos. Esta vez no estará sola.
Mercedes quiso creerle, pero la costumbre de desconfiar se había instalado en su cuerpo con la misma profundidad que las cicatrices.
A la mañana siguiente llegó Beatriz Mendoza, hermana mayor de Julián. Era una viuda elegante que administraba parte de Los Sabinos y había criado a su hermano desde la muerte de sus padres.
Al ver a Mercedes sentada en el comedor, Beatriz se detuvo.
—Dime que los rumores son falsos.
—¿Qué rumores? —preguntó Julián.
—Que sacaste de una jaula a una mujer acusada de matar a su esposo y piensas casarte con ella.
Mercedes dejó la cuchara sobre la mesa.
Julián no bajó la voz.
—No son rumores.
—La familia Mendoza ha tardado generaciones en levantar esta hacienda.
—Mercedes no viene a quitarnos nada.
—Tiene un marido muerto, una acusación de asesinato y un alcalde dispuesto a iniciar una guerra.
—Su marido está vivo.
Beatriz palideció.
Julián le relató lo que sabía. Aun así, ella miró a Mercedes con dureza.
—Aunque sea inocente, ese matrimonio parece una desesperación.
Mercedes se puso de pie lentamente.
—No tiene que preocuparse. No aceptaré.
Julián giró hacia ella.
—Mercedes…
—Su hermana tiene razón en algo. Casarse con una mujer que toda la región considera monstruosa convertiría su casa en un blanco.
Beatriz se avergonzó, pero no pidió disculpas.
Mercedes regresó a su habitación. Julián la siguió.
—No permitiré que otra persona decida cuánto vale usted.
—No se trata de mi valor. Se trata de que usted tiene una familia.
—Mi familia también debe aprender que la dignidad no depende de un apellido.
Mercedes lo enfrentó.
—¿Y el amor? ¿También piensa que puede aprenderse por obligación?
Julián guardó silencio.
Ella sintió que la esperanza se enfriaba.
—Eso imaginaba.
—No respondí porque no quiero mentirle —dijo él—. No sé cómo llamar a lo que siento. La observé durante años. La vi compartir comida con niños pobres mientras Evaristo gastaba en la cantina. La vi cuidar a su suegra enferma aunque esa mujer la insultaba. La vi recibir una bofetada de su esposo frente al mercado y después levantar la cabeza para impedir que él golpeara a un muchacho. Lo que siento comenzó como respeto. Después se volvió una necesidad de verla libre. Tal vez todavía no sea el amor que merece, pero no es lástima.
Mercedes se llevó una mano al pecho.
Julián continuó:
—No tiene que responder hoy. Puede quedarse aquí sin casarse conmigo. Su libertad no depende de su decisión.
Aquellas palabras hicieron más por ella que cualquier promesa apasionada. Evaristo siempre había convertido la comida, el techo y la tranquilidad en deudas. Julián, en cambio, le ofrecía seguridad sin reclamar su cuerpo ni su obediencia.
Durante los siguientes 4 días, Mercedes comenzó a recuperar fuerzas. Una costurera de Chihuahua llegó con telas frescas y tomó sus medidas sin hacer comentarios crueles. Le confeccionó un vestido verde oscuro, con mangas bordadas y una falda diseñada para permitirle caminar con comodidad.
Cuando Mercedes se vio en el espejo, tardó en reconocerse. No parecía más delgada ni más pequeña. Parecía respetada.
Beatriz apareció detrás de ella.
—El color le favorece.
Mercedes no respondió.
—Fui injusta —añadió Beatriz—. No por preocuparme por Julián, sino por mirarla como la mira el pueblo.
—El pueblo me encerró. Usted solo dudó.
—Las dudas también pueden convertirse en barrotes.
Mercedes se volvió.
—¿Por qué cambió de opinión?
Beatriz sacó una carta.
—Un mensajero la dejó esta mañana. Bartolo me ofreció conservar mis derechos sobre Los Sabinos si convencía a Julián de entregarla. También prometió anular las deudas de mi hijo.
—¿Aceptó?
—Mi hijo murió hace 2 años. Bartolo ni siquiera se tomó la molestia de averiguar a quién intentaba comprar.
Beatriz rompió la carta.
—Ahora sé que mi hermano tenía razón.
Esa tarde, Mercedes aceptó el matrimonio, pero impuso una condición.
—No quiero una ceremonia escondida, como si Julián tuviera vergüenza.
—La boda será donde usted elija —respondió él.
—En la plaza de Santa Jacinta.
Beatriz abrió los ojos.
—Bartolo intentará impedirlo.
—Entonces que lo haga frente a todos.
La noticia recorrió el pueblo. Ramona Arriaga llegó a Los Sabinos acompañada por 2 hombres armados.
—Mi hermano lleva menos de 1 mes enterrado y ya te vendiste a otro —escupió desde el patio.
Mercedes salió con el vestido verde.
—Tu hermano no está enterrado.
Ramona perdió el color.
Ese gesto confirmó más de lo que cualquier confesión habría confirmado.
—¿Dónde está Evaristo? —preguntó Mercedes.
—Está muerto.
—Julián lo vio vivo.
—Julián quiere tu tierra.
—¿Y tú qué quieres?
Ramona miró hacia la casa.
—Lo que le corresponde a la familia Arriaga.
—Mi parcela pertenecía a los Salvatierra antes de mi matrimonio.
—Todo lo de una esposa pertenece a su marido.
—Evaristo intentó matarme sin tocarme. No volverá a poseer ni una piedra de mi casa.
Ramona señaló a Mercedes.
—Cuando vuelva, te hará pagar.
Julián descendió del corredor con un rifle.
—Acaba de admitir que espera su regreso.
Ramona comprendió su error y se marchó.
La boda se celebró 2 días después. Más de 200 personas acudieron, algunas por curiosidad y otras esperando un enfrentamiento. Bartolo permaneció en el balcón del ayuntamiento, rodeado de alguaciles.
Mercedes avanzó por la plaza del brazo de Beatriz. Cada paso la acercaba a la jaula que seguía abandonada junto al carromato. Las manchas de fruta aún cubrían algunos barrotes.
Antes de llegar al altar improvisado, Mercedes se detuvo frente a la jaula.
—Quiero que la abran.
Un peón retiró la cadena.
Mercedes entró.
El murmullo del pueblo creció.
Ella se volvió hacia la multitud.
—Aquí me llamaron asesina sin juicio. Aquí permitieron que me negaran agua. Aquí rieron mientras una mujer inocente pedía ayuda. Hoy saldré por mi propia voluntad y nadie volverá a encerrarme.
Mercedes atravesó la puerta abierta. Julián la esperaba al otro lado.
El sacerdote unió sus manos.
Bartolo intentó interrumpir.
—Esa boda es ilegal. La mujer ya tiene marido.
Julián levantó un documento.
—Según el acta firmada por usted, Evaristo murió. Si está vivo, tendrá que explicar por qué falsificó una defunción. Si está muerto, Mercedes es libre para casarse.
La multitud comenzó a murmurar contra el alcalde.
Bartolo regresó al ayuntamiento sin responder.
Después de la ceremonia, Julián besó a Mercedes delante de todos. No fue un gesto rápido ni compasivo. La sostuvo por la cintura y la besó con una ternura que desarmó años de vergüenza.
Esa noche, en Los Sabinos, Julián no intentó reclamar los derechos de esposo que las costumbres le concedían.
—Puede dormir sola el tiempo que necesite.
Mercedes lo miró desde la puerta de su habitación.
—¿Y si no quiero dormir sola?
Julián se acercó despacio, permitiéndole detenerlo. Ella apoyó la frente en su pecho.
—Solo abráceme.
Él la sostuvo hasta que amaneció.
Durante las siguientes semanas, Mercedes conoció una vida que jamás había imaginado. Aprendió las cuentas de Los Sabinos, reorganizó la despensa y descubrió que varios administradores robaban alimento destinado a los trabajadores. Julián despidió a los responsables sin dudar.
Los peones comenzaron a respetarla. No por ser la esposa del patrón, sino porque recordaba los nombres de sus hijos, atendía a los enfermos y revisaba que las viudas recibieran el pago completo de sus maridos.
Sin embargo, la amenaza de Bartolo continuó.
2 corrales fueron incendiados. 6 reses aparecieron envenenadas. Un hombre intentó sobornar a la cocinera para colocar láudano en la bebida de Mercedes.
Beatriz atrapó al mensajero.
—Bartolo ya no busca asustarlos —dijo—. Quiere provocar un accidente.
Julián envió cartas al gobernador y al juez de distrito, pero ninguna recibió respuesta. Bartolo tenía amigos en Chihuahua y dinero suficiente para comprar silencio.
Mercedes recordó entonces el sótano de su antigua casa.
—Evaristo nunca me permitía acercarme. Decía que el piso podía hundirse.
—¿Dónde está la entrada? —preguntó Julián.
—Bajo el cobertizo de herramientas.
Decidieron ir de noche. Antes de partir, Julián habló con Mateo Rivas, capataz de confianza.
—Si no regresamos antes del amanecer, lleva esta carta al inspector federal Hernán Ochoa.
—¿Qué contiene?
—Todo lo que sabemos.
Mercedes y Julián llegaron a la parcela de los Arriaga bajo una tormenta. La casa estaba abandonada, pero alguien había registrado los cuartos. Las tablas del suelo aparecían levantadas y los muebles destrozados.
—Bartolo también busca los certificados —susurró Mercedes.
En el cobertizo encontraron la puerta del sótano oculta bajo costales. Bajaron con una lámpara. El lugar olía a humedad, cuero y tierra removida.
Mercedes señaló una pared.
—Evaristo se enfurecía cuando yo apoyaba cosas ahí.
Julián golpeó los ladrillos con una barreta. Después de varios intentos, uno cedió. Detrás había una caja de hierro.
La abrieron.
Dentro encontraron certificados al portador, sellos del ferrocarril, libros de contabilidad y cartas firmadas por Bartolo. Los documentos demostraban que el alcalde había vendido terrenos ajenos, desviado agua pública y recibido parte del dinero robado por Evaristo.
También había una libreta con nombres de jueces, policías y empresarios.
—Con esto se acaba su poder —dijo Julián.
—No tan rápido.
La voz de Bartolo descendió desde las escaleras.
El alcalde apareció acompañado por el alguacil Severiano y 3 hombres armados.
—Gracias por encontrar mi caja.
Julián se colocó delante de Mercedes.
—El inspector federal ya conoce la historia.
—El inspector recibe mis regalos.
—No Hernán Ochoa.
Por 1 instante, Bartolo perdió la sonrisa.
Después levantó su pistola.
—Maten a Mendoza. A ella la llevaremos de regreso a la jaula.
Mercedes observó a Severiano. El alguacil evitaba mirarla.
—Tú me negaste agua durante 27 días —le recordó—. ¿También vas a dispararme?
—Cumplía órdenes.
—Los cobardes siempre llaman órdenes a sus decisiones.
Severiano apretó el arma.
Antes de que alguien disparara, la puerta superior se abrió de golpe.
Un hombre cubierto de polvo bajó con una escopeta. Tenía el rostro demacrado, una oreja cortada y 2 dedos vendados. Sus ojos conservaban la misma crueldad que Mercedes había soportado durante años.
Evaristo Arriaga estaba vivo.
—Nadie toca esa caja —gruñó—. Me pertenece.
Bartolo retrocedió.
—Creí que habías cruzado la frontera.
—Los hombres del ferrocarril me encontraron. Me quitaron lo que llevaba y me dejaron por muerto.
Evaristo miró a Mercedes.
—Veo que la vaca consiguió nuevo dueño.
Las palabras la devolvieron durante un instante a su antigua cocina, a las noches en que él la obligaba a comer de pie porque decía que ninguna silla soportaría su cuerpo.
Julián avanzó.
—Vuelve a insultarla y no saldrás de aquí caminando.
Evaristo apuntó la escopeta.
—Tira el revólver.
Julián obedeció.
—Ahora ponte de rodillas.
—No —dijo Mercedes.
Evaristo sonrió.
—Tú sigues sin entender cuándo debes callarte.
—Lo entendí durante 5 años. Por eso no volveré a hacerlo.
Evaristo apoyó el dedo en el gatillo y dirigió el arma hacia Julián.
—Entonces míralo morir.
Mercedes vio el cañón alinearse con el pecho de su esposo.
Y mientras Evaristo comenzaba a apretar el gatillo, ella corrió directamente hacia él…
PARTE 3 …
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