
PARTE 2
Mateo sostuvo el papel sin tocar la firma. Recordó a Julián corrigiendo cuentas en la tienda de su padre, sonriendo mientras escondía las monedas faltantes y culpaba al hermano menor. Recordó también la última pelea, cuando Julián le había dicho que un hombre sin propiedad no tenía derecho a hablar de honor.
—No sabía nada de esto —dijo Mateo.
Nayeli no bajó la mirada.
—Eso también diría un cómplice.
—Mañana pueden seguir sin mí. Les daré el revólver, el cuchillo y la dirección de un hombre que ayuda a los viajeros. Pero si me permiten acompañarlas, buscaré la verdad aunque mi hermano termine en la cárcel.
Alma miró a Nayeli. Leona siguió vigilando la oscuridad. Ximena señaló el papel y luego el camino, como si dijera que las pruebas no servían si morían antes de mostrarlas.
Nayeli guardó el documento.
—Caminará delante de nosotras.
Al amanecer siguieron hacia el suroeste. Mateo conocía una estación de carga administrada por Eusebio Ruiz, un arriero de Ures al que había rescatado durante una creciente. Llegaron 3 días después, cubiertos de polvo y con el hambre pegada a los huesos.
Eusebio escuchó la historia, miró a Mateo y soltó una carcajada amarga.
—Siempre fuiste bueno para regalar lo que no podías reemplazar.
—Necesito animales, comida y herramientas.
—Y yo necesito dejar de tener amigos que llegan acompañados de tragedias.
Aun así, les prestó 4 mulas, un animal de carga, frijol, harina, tasajo, café, sogas, picos y una lona.
—Me pagarás cuando puedas —dijo—. Pero si lastimas a cualquiera de ellas, yo mismo te entierro bajo un mezquite.
—Tendrás que formarte. Ellas llegarían primero.
Fue la primera vez que Alma sonrió.
Mateo los condujo hacia una mina abandonada en la sierra de Nácori. La había descubierto 3 años atrás mientras buscaba trabajo. El antiguo propietario había agotado una veta de plata, pero Mateo había visto una segunda franja de cobre y mineral argentífero escondida en el muro oriental. No tenía dinero para explotarla ni socios en quienes confiar. Ahora tenía 4 vidas dependiendo de una posibilidad enterrada.
Cuando encontraron la entrada, los maderos seguían en pie. Mateo entró con una lámpara y salió con 3 piedras.
Nayeli examinó una de ellas.
—Mi padre trabajó en Cananea. Esta veta sube por la ladera.
—Eso pensé.
—Necesitamos madera nueva, derecho al agua y documentos que su hermano no pueda romper.
—Conozco a un escribano en San Jerónimo.
—Conoce demasiada gente para decir que no tiene nada.
—Un hombre puede ser pobre en monedas y rico en favores.
San Jerónimo era un caserío de 90 habitantes, levantado alrededor de una capilla, una herrería y 2 calles de adobe. Todos observaron a Mateo entrar con 4 mujeres indígenas. Algunos lo hicieron con curiosidad; otros, con desprecio.
Don Prudencio Salvatierra, el escribano, revisó mapas, títulos viejos y registros mineros. Mateo pidió 40 hectáreas, la concesión de la veta y el uso del manantial.
—¿A nombre de quién? —preguntó Prudencio.
—La tierra a mi nombre para responder legalmente. Las ganancias, después de gastos, en 4 partes iguales para ellas.
Prudencio levantó la vista.
—Eso le deja sin porcentaje.
—Me deja un salario por trabajar y un techo si logramos construirlo.
—Su familia va a impugnarlo.
—Mi familia lleva 12 años impugnando que yo exista.
Nayeli hizo preguntas sobre deudas, herencias y límites. Prudencio terminó hablándole a ella como a una socia y no como a una mujer rescatada.
Durante el verano levantaron una casa en una terraza protegida del viento. Alma reconocía la humedad de la tierra y trazó un huerto junto al manantial. Leona cargaba piedra como 2 hombres y aprendió a leer la veta mejor que Mateo. Ximena dominó palabras en español y ópata además de su lengua y el apache; pronto servía de intérprete entre familias que antes resolvían sus desacuerdos a gritos. Nayeli administraba las cuentas, negociaba precios y nunca permitía que Mateo fingiera que el cansancio no existía.
La primera noche bajo techo comieron caldo de frijol alrededor del fogón. Afuera soplaba el viento frío. Adentro olía a adobe nuevo y pino.
Leona dijo algo que hizo reír a Nayeli. La risa llenó la habitación de una forma que dejó inmóvil a Mateo.
Comprendió entonces que no había bajado aquella loma solamente para impedir 4 muertes. Había bajado para que algún día pudieran reír sin pedir permiso.
La veta comenzó a producir durante el segundo año. No los volvió ricos, pero pagó herramientas, alimentos y el sueldo de 2 hermanos mineros, Ciro y Damián Gálvez. Alma vendía calabaza, chile y cebolla en el pueblo. Leona dirigía los cortes. Ximena trabajaba para Prudencio como intérprete. Nayeli llevaba el libro de cuentas con una precisión que avergonzaba a cualquier comerciante.
El éxito también atrajo odio.
2 hombres intentaron entrar de noche a la casa. Mateo los recibió con el revólver desenfundado y una lámpara en la otra mano.
—Aquí viven socias de esta mina, no mercancía abandonada.
—Dicen que compró 4 esposas —se burló uno.
—Compré tiempo para que siguieran vivas. Lo demás se lo ganaron ellas.
Los hombres se marcharon. La versión que contaron en San Jerónimo fue distinta, pero nadie volvió a cruzar aquella puerta sin permiso.
Poco después, un derrumbe atrapó a Mateo dentro de la mina. Una viga había sido cortada casi por completo antes de ceder. Nayeli fue la primera en entrar. Con Leona, Ciro y Damián retiró piedras durante 40 minutos, guiándose por la voz de Mateo detrás del polvo.
Cuando lo sacaron, Nayeli le sostuvo el rostro entre las manos.
—No vuelva a enterrarse.
—No estaba en mis planes.
—Alguien cortó la viga.
Encontraron marcas de serrucho y una hebra de manta roja enganchada en la madera. Era el mismo tejido que usaban los hombres de Nantan.
Mateo quiso viajar de inmediato al campamento, pero Nayeli se opuso.
—Eso buscan. Que vaya solo, lleno de rabia, y no regrese.
—Casi me mataron.
—Y si muere, Julián se queda con el terreno, los antiguos maridos nos reclaman y el pueblo dice que todo terminó como debía.
Mateo golpeó la mesa.
—¡Julián no pondrá una mano sobre ustedes!
Nayeli no retrocedió.
—Entonces deje de actuar como si su vida fuera la única cosa que todavía puede regalar.
La frase lo silenció.
El invierno siguiente fue más duro que el primero. Una nevada bloqueó el camino a Moctezuma, los Gálvez enfermaron y la mina dejó de producir durante 3 semanas. Mateo pasaba las noches revisando cuentas que no cerraban. Vendió su reloj, su chaqueta buena y la única montura que Eusebio le había permitido conservar, sin decirlo a nadie.
Nayeli descubrió la venta al revisar el libro.
—Otra vez está dando todo.
—Solo son cosas.
—También dijo eso del caballo y la carabina.
—La gente necesita cobrar.
—Usted también necesita vivir.
Mateo apartó la mirada.
—Toda mi vida fui el hermano que se fue. Julián se quedó con la tienda, cuidó a mi madre y se convirtió en el hombre respetable. Si fracaso aquí, él tendrá razón.
Nayeli cerró el libro.
—Su hermano se quedó con paredes que otros levantaron. Usted levantó estas paredes cuando no tenía nada.
—No basta.
—Para nosotras sí.
Ella puso una mano callosa sobre la de Mateo.
—En la lengua de mi madre existe una expresión que no cabe bien en español. Habla de la persona que permanece cuando todos los demás buscan una salida.
—¿Y qué significa?
—El hombre que sostiene.
Mateo soltó una risa triste.
—A veces apenas puedo sostenerme yo.
—Por eso no debe hacerlo solo.
Aquella noche no hubo promesas exageradas. Nayeli simplemente apoyó la frente contra la de él, y Mateo entendió que el vínculo nacido en el desierto había cambiado. No era gratitud ni deuda. Era una elección.
Alma, Leona y Ximena lo supieron antes de que cualquiera lo dijera. No mostraron sorpresa. Para ellas, la casa no se dividía por eso; se afirmaba.
Pocos días después, Ximena regresó del pueblo con otra noticia. Había interpretado una discusión entre un comerciante y un hombre de Nantan. El desconocido había pedido sierras, pólvora y manta roja, y había pagado con monedas marcadas por la tienda Arriaga.
—Julián no solo vendió las infusiones —tradujo Nayeli después de escucharla—. Está financiando a quienes quieren destruir la mina.
Mateo quiso negarlo, pero la hebra roja seguía guardada sobre la mesa. Por primera vez aceptó que su hermano no venía a defender un apellido. Venía por el cobre, la plata y el silencio de 4 mujeres que podían enviarlo a prisión.
2 semanas después, Julián Arriaga llegó a San Jerónimo en una carreta elegante. Venía acompañado por su esposa, Clara, por la madre de ambos hermanos, doña Mercedes, y por un abogado de Hermosillo.
Mercedes abrazó a Mateo, pero enseguida miró a las 4 mujeres con vergüenza.
—Hijo, dime que los rumores no son ciertos.
—Depende de qué rumor prefieras.
Julián sonrió como si estuviera entrando a una propiedad que ya consideraba suya.
—El rumor es que mi hermano vive con 4 salvajes y explota una mina usando dinero de nuestra familia.
—Nunca recibí 1 peso tuyo.
El abogado presentó un pagaré firmado por el padre muerto de Mateo. Según el documento, cualquier propiedad minera descubierta por uno de los hijos debía responder por una deuda familiar de 18,000 pesos.
Prudencio revisó la firma.
—Puede ser auténtica.
Mateo sintió que el suelo se movía.
Julián pidió el embargo inmediato de la mina y la expulsión de las mujeres por no tener vínculo legal con el propietario. Además, mostró una denuncia firmada por Nantan y los otros maridos: aseguraban que Mateo había secuestrado a sus esposas después de amenazar al consejo con un arma.
—Entregué mi carabina antes de cortar sus ligaduras —dijo Mateo.
—Eso lo dices tú —respondió Julián—. Ellos dicen otra cosa.
Nayeli sacó el papel escondido en su vestido. Julián lo miró apenas 1 segundo, pero fue suficiente para que su sonrisa desapareciera.
—Tu firma aparece en la compra de las sustancias que nos dieron —dijo ella.
Clara volvió el rostro hacia su marido.
—¿Qué sustancias?
—Remedios —contestó Julián—. Nada más.
Nayeli explicó que durante meses los 4 hombres habían obligado a sus esposas a beber infusiones vendidas por la tienda Arriaga. Después llegaron fiebre, hemorragias y debilidad. Cuando una partera llamada Tomasa sospechó que las estaban enfermando, los maridos acusaron a las mujeres de hechicería y exigieron la sentencia.
Mercedes palideció.
—Julián, dime que no vendiste veneno.
—Madre, esa mujer está mintiendo para quedarse con nuestra mina.
La discusión habría seguido, pero un galope interrumpió la reunión. 8 hombres armados entraron al pueblo. Nantan cabalgaba al frente con Hueso Gris y 2 rurales detrás.
—Venimos por las mujeres —anunció Nantan—. Y por el hombre que las robó.
Los rurales esposaron a Mateo mientras Julián mostraba sus documentos. Nayeli intentó intervenir, pero se dobló de pronto, llevándose una mano al vientre.
Alma gritó. Prudencio llamó al médico.
Horas después, en la casa del escribano, el doctor salió con una expresión que dejó a todos inmóviles.
—Nayeli no está enferma —dijo—. Está embarazada.
El silencio cayó como una piedra.
La mujer condenada por estéril llevaba casi 4 meses esperando un hijo de Mateo.
Nantan desenfundó su cuchillo, Julián ordenó que nadie saliera del pueblo y doña Mercedes comprendió que la sentencia, la deuda y el derrumbe podían formar parte del mismo crimen…
PARTE 3 …
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