Ella jamás imaginó que alguien la elegiría a ella… hasta que el hombre más deseado y peligroso de Ciudad de México se obsesionó con su mirada.

lla jamás imaginó que alguien la elegiría a ella… hasta que el hombre más deseado y peligroso de Ciudad de México se obsesionó con su mirada.

Había pasado toda mi vida siendo comparada con mi hermana.

Valeria era la mujer que todos notaban.

Yo era la mujer que nadie veía.Hasta que una noche, en una fiesta donde media Ciudad de México esperaba llamar la atención del hombre más deseado y más temido del país, ocurrió algo imposible.

Mientras Valeria hacía todo lo posible por conquistarlo, Alejandro Salazar no podía apartar los ojos de mí.

Al principio pensé que se trataba de un error.

Después comprendí que era algo mucho peor.

Por primera vez en mi vida, alguien realmente me estaba viendo.

Y yo estaba a punto de entregarle mi corazón al único hombre que jamás podría pertenecerme.

La culpa era del vestido.

Al menos eso intenté convencerme mientras Valeria conducía su BMW negro por Paseo de la Reforma, las luces de los edificios reflejándose sobre la tela roja que ella misma había elegido para mí una semana antes.

El rojo no era mi color.

El rojo era el suyo.

Valeria tenía un talento particular para vestirme de una manera que garantizara que nadie me mirara y después hacerme creer que me había hecho un favor.

—Deberías agradecerme —dijo sin apartar la vista del camino—. Ese vestido cuesta más de lo que ganas en tres meses en esa pequeña galería donde trabajas.

Apreté mi bolso contra las piernas y observé las banquetas húmedas detrás de la ventana del copiloto, iluminadas por los reflejos amarillos de los faroles.

La frase sonó demasiado ensayada.

Demasiado perfecta.

Como si hubiera practicado frente al espejo antes de salir de casa.

—Gracias, Valeria.

—De nada.

Sonrió apenas con la comisura de los labios.

—Esta noche voy a salir de esa fiesta con Alejandro Salazar.

La miré.

—¿El empresario de Monterrey?

Ella soltó una pequeña risa.

—Por favor, Sofía. No seas ingenua.

Las dos sabíamos perfectamente quién era Alejandro Salazar.

Los periódicos lo llamaban empresario.

La televisión lo llamaba inversionista.

La policía prefería no llamarlo de ninguna manera.

—No entiendes cómo funcionan hombres como él —continuó—. Por eso tú vas a quedarte cerca de la barra, tomar champaña y mirar el suelo. ¿De acuerdo?

No respondí.

“De acuerdo” era la palabra que Valeria utilizaba cuando daba órdenes.

Cualquier respuesta diferente era automáticamente convertida en desobediencia o ingratitud.

Volví la mirada hacia la ventana.

El Hotel Imperial Reforma apareció frente a nosotros, iluminado por decenas de reflectores que hacían brillar su fachada de piedra clara.

Los valet parking corrían entre autos de lujo.

Mujeres con vestidos de diseñador descendían de camionetas negras mientras el aroma de perfumes caros llenaba el aire frío de octubre.

Bergamota.

Vainilla.

Ámbar.

Y algo floral que no pude identificar.

Valeria entregó las llaves con la seguridad de alguien acostumbrado a ser atendido.

Yo bajé detrás de ella sujetando el vestido con una mano y cumplí mi parte del acuerdo incluso antes de entrar al salón principal.

Saludé a dos conocidos de mi padre.

Sonreí educadamente.

Después desaparecí cerca de la barra.

Era mi lugar habitual.

Desde ahí podía observarlo todo sin que nadie reparara en mí.

Exactamente como me gustaba.

El bartender me entregó una copa de champaña sin necesidad de pedirla.

Quizá pudo leer el cansancio en mi rostro.

Quizá una mujer sola en una esquina siempre significaba lo mismo.

Me apoyé sobre la barra.

La copa estaba fría entre mis dedos.

Las burbujas ascendían lentamente hasta desaparecer en la superficie dorada del líquido.

Valeria ya estaba en el centro del salón.

Reía demasiado fuerte.

Movía el cabello con precisión calculada.

Los hombres miraban.

Las mujeres evaluaban.

Yo bebí un pequeño sorbo.

Entonces la habitación cambió.

No fue silencio.

Fue algo distinto.

Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo apenas un instante.

Las conversaciones disminuyeron.

Las miradas comenzaron a dirigirse hacia la entrada principal.

Seguí el movimiento sin saber todavía qué buscaba.

Alejandro Salazar cruzó las puertas del salón con la tranquilidad de un hombre que jamás necesitaba hacer una entrada.

Simplemente aparecía.

Y el mundo se reorganizaba a su alrededor.

Vestía un traje negro perfectamente ajustado y una corbata color vino oscuro.

Su cabello oscuro parecía haber sido acomodado con la mano y no con un peine.

Era más alto de lo que imaginaba.

Y mucho más silencioso.

Los hombres que caminaban detrás de él parecían comprender que no debían hablar antes que él.

Se movían con la seguridad de quienes habían aprendido a ocupar espacio sin necesidad de reclamarlo.

Había visto fotografías de Alejandro en revistas y periódicos.

Todas mentían.

En persona, Alejandro Salazar era la parte de la habitación que continuaba moviéndose incluso cuando permanecía inmóvil.

Valeria reaccionó primero.

Cruzó el salón directamente hacia él.

Se detuvo frente a Alejandro y extendió la mano acompañada de una sonrisa perfectamente ensayada.

Yo observaba desde la barra.

Alejandro la saludó con educación.

Con distancia.

Entonces levantó la mirada.

Por encima del hombro de mi hermana.

Y me encontró.

No fue una mirada.

Fue algo mucho más peligroso.

Como un ave que encuentra la rama exacta donde quiere quedarse.

Mi primer impulso fue mirar detrás de mí para descubrir a quién estaba viendo realmente.

No había nadie.

El espejo detrás de la barra reflejaba a una mujer con un vestido rojo que apenas reconocía.

Una mujer sola.

Una mujer con una copa temblando ligeramente entre los dedos.

Volví a mirarlo.

Seguía observándome.

Valeria se dio cuenta.

Intentó continuar la conversación.

Rió más fuerte.

Le tocó el brazo.

Se inclinó un poco más cerca.

Alejandro respondió algo breve sin apartar la vista de mí.

Vi los labios de mi hermana moverse.

Vi cómo retiraba lentamente la mano de su brazo.

Vi también cómo su mirada me encontraba a través del salón y se endurecía de una manera que conocía desde que tenía doce años.

Dejé la copa sobre la barra.

Y me marché.

El pasillo lateral conducía a una terraza acristalada con vista hacia toda la ciudad.

La lluvia reciente había dejado brillando las avenidas de Reforma y Polanco como ríos de luz.

El aire era frío.

Apoyé ambas manos sobre la barandilla de piedra y respiré hasta que los hombros dejaron de sentirse tensos.

Valeria iba a matarme cuando regresáramos a casa.

Y yo no había hecho absolutamente nada.

Eso hacía que la situación fuera más absurda que injusta.

—Eres buena huyendo.

La voz llegó desde detrás de mí.

Grave.

Tranquila.

Con esa clase de autoridad que no necesita elevar el tono para ser escuchada.

No me giré de inmediato.

Primero observé las luces de Ciudad de México extendiéndose hasta el horizonte.

Después respiré una vez más.

—No estaba huyendo.

—¿No?

—Me estaba yendo.

—Es lo mismo cuando te vas porque alguien te miró.

Entonces me giré.

Alejandro estaba apoyado contra el marco de la puerta con las manos dentro de los bolsillos del pantalón.

De cerca era todavía más difícil de mirar.

No por su apariencia.

Sino por la intensidad de su atención.

Sus ojos permanecían fijos en mí como si yo fuera lo único importante dentro de aquella terraza.

—Deberías volver a la fiesta —dije—. Mi hermana te está esperando.

—¿Tu hermana?

Inclinó ligeramente la cabeza.

—Interesante.

—¿Qué tiene de interesante?

—Que nunca dije que ella fuera tu hermana.

El calor subió inmediatamente a mi rostro.

La terraza se sintió más fría.

O quizá fue el contraste con la temperatura de mis mejillas.

Respiré profundo y levanté el mentón.

—¿Siempre eres tan poco sutil o esta noche es una excepción?

Alejandro sonrió.

Fue apenas un movimiento casi invisible en la comisura de sus labios.

Pero estuvo ahí.

Y tuve la extraña sensación de que incluso él se sorprendió de haber sonreído.

—La gente espera falta de sutileza de hombres como yo —respondió—. La sutileza es un lujo.

—¿Y tú no tienes lujos?

—Los tengo.

Simplemente no los gasto en cualquiera.

Dio dos pasos hacia mí.

No retrocedí.

Tal vez porque la barandilla ya estaba detrás de mí.

O quizá porque, debajo del miedo, existía una parte de mí que no quería hacerlo.

El viento arrastró hasta mí el aroma de su perfume.

Madera oscura.

Cítricos.

Y el frío de alguien que había permanecido demasiado tiempo a la intemperie.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—¿No lo sabes?

—Sí lo sé.

Pero quiero escucharlo de tus labios.

Guardé silencio un instante más de lo necesario.

La música del salón llegaba amortiguada a través del cristal.

—Sofía.

—Sofía…

Repitió mi nombre lentamente.

Como si estuviera probando el sonido.

Como si decidiera si pertenecía a su mundo.

—Ese nombre no combina con ese vestido.

—El vestido no es mío.

—Lo sé.

Por eso dije que es el vestido equivocado.

Reí antes de darme cuenta de que lo estaba haciendo.

Cubrirme la boca con la mano no sirvió de nada.

Él había visto la sonrisa.

Y eso resultaba mucho más peligroso de lo que debería.

—Señor Salazar.

La voz apareció desde el interior del pasillo.

Pertenecía a un hombre de traje gris, aproximadamente de la misma edad que Alejandro.

Tenía la expresión neutral de alguien entrenado para no mostrar emociones.

Alejandro sacó las manos de los bolsillos por primera vez en toda la conversación.

Y por primera vez comprendí algo que me hizo estremecer.

No era yo quien debía tener cuidado de Alejandro Salazar.

Era Alejandro Salazar quien acababa de decidir que no pensaba apartarse de mí.

Y los hombres como él jamás aceptaban un no como respuesta.

Escribe “3103” en los comentarios y dale “Me gusta” para descubrir cómo continúa esta historia.

La puerta del balcón se cerró detrás del hombre del traje gris.

Alejandro no apartó la mirada de mí.

—¿Qué ocurre, Julián?

—Tu padre llegó antes de lo previsto.

Por primera vez desde que había salido del salón, vi una pequeña grieta en la expresión de Alejandro.

No miedo.

Algo más parecido al cansancio.

—Dile que voy enseguida.

El hombre asintió y desapareció nuevamente por el pasillo.

Yo aproveché la oportunidad.

—Ahora sí deberías volver.

Alejandro me observó durante unos segundos.

—¿Siempre huyes cuando las cosas se complican?

—No huyo.

—Entonces explícame por qué llevas diez minutos intentando convencerme de que me vaya.

No respondí.

Porque tenía razón.

Porque desde que había cruzado aquella puerta sentía que algo estaba cambiando demasiado rápido.

Y porque las personas como Alejandro Salazar no aparecían en la vida de mujeres como yo para traer finales felices.

Él dio un paso atrás.

—Te veré otra vez, Sofía.

—No lo creo.

Sonrió apenas.

—Yo sí.

Y se marchó.

No sabía entonces que aquella sería la primera mentira que me diría en toda nuestra historia.

Porque sí volvería a verlo.

Mucho antes de lo que imaginaba.

Encontré a Valeria junto a la escalera principal del Hotel Imperial Reforma.

Su sonrisa desapareció en cuanto me vio.

—¿Dónde estabas?

—En la terraza.

—¿Con él?

No respondí.

No hacía falta.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Qué te dijo?

—Nada importante.

—¿Te pidió tu número?

—No.

—¿Te invitó a salir?

—No.

Eso, técnicamente, era cierto.

Alejandro Salazar no había pedido nada.

Simplemente había afirmado que volvería a verme.

Como si fuera una decisión que ya estuviera tomada.

Valeria me observó durante varios segundos.

—No te emociones, Sofía.

La miré.

—No estoy emocionada.

—Hombres como él juegan con mujeres como tú cuando se aburren de mujeres como yo.

Aquello dolió más de lo que quería admitir.

Porque incluso después de tantos años, mi hermana seguía sabiendo exactamente dónde golpear.

Regresamos a casa casi sin hablar.

Y durante toda la noche me repetí una sola cosa.

Nunca volvería a ver a Alejandro Salazar.

Tres días después estaba acomodando nuevas piezas en la galería de arte donde trabajaba en Polanco cuando escuché a Mariana, la recepcionista, contener un grito.

—Sofía…

Levanté la vista.

Toda la galería estaba mirando hacia la entrada.

Y entonces lo vi.

Alejandro Salazar acababa de entrar.

Solo.

Sin escoltas visibles.

Sin la seguridad de costumbre.

Sin hacer absolutamente nada para llamar la atención.

No lo necesitaba.

Los hombres como él arrastraban el silencio detrás de ellos igual que otros arrastraban una sombra.

Caminó lentamente entre las esculturas y las pinturas hasta detenerse frente a mí.

—Hola, Sofía.

—¿Qué haces aquí?

—Te dije que volvería a verte.

—Esto es acoso.

—Todavía no. Apenas es persistencia.

Mariana casi dejó caer una carpeta al suelo.

Dos clientas fingían observar una pintura mientras intentaban escuchar la conversación.

Yo crucé los brazos.

—¿Cómo encontraste este lugar?

—Le pregunté a alguien.

—Eso es aterrador.

—Depende del tipo de hombre que haga la pregunta.

Suspiré.

—¿Qué quieres, Alejandro?

Su mirada recorrió las paredes de la galería.

—Comprar algo.

—¿Qué cosa?

Se volvió hacia mí.

—Todavía no lo decido.

Dos horas después había comprado tres pinturas abstractas valoradas en más de ochocientos mil pesos.

Y seguía allí.

—Ya compraste algo.

—Sí.

—Entonces puedes irte.

—También compré tiempo.

—Eso no funciona así.

—Para mí suele funcionar.

Intenté no sonreír.

Fracasé miserablemente.

Él lo notó.

Por supuesto que lo notó.

Alejandro parecía notar absolutamente todo sobre mí.

Cada respiración nerviosa.

Cada mirada evitada.

Cada sonrisa involuntaria.

Era agotador.

Y peligrosamente agradable.

—Está obsesionado contigo.

Levanté la vista del café.

Mi mejor amiga, Camila, me observaba desde el otro lado de la mesa en una cafetería de la colonia Roma.

—No está obsesionado.

—Sofía, el hombre más poderoso de Monterrey voló a Ciudad de México dos veces esta semana para comprar cuadros que claramente no entiende.

—Quizá le gusta el arte.

—Compró una pintura completamente blanca.

—Era minimalista.

—Era blanca.

No pude evitar reír.

Camila se inclinó hacia delante.

—¿Te gusta?

La pregunta quedó suspendida entre nosotras.

Sí.

Me gustaba.

Me gustaba demasiado.

Me gustaba la manera en que me miraba como si fuera suficiente.

Me gustaba que jamás me comparara con nadie.

Me gustaba que recordara cada cosa que decía.

Me gustaba que me escuchara.

Nadie me había escuchado nunca de aquella manera.

—Eso pensé.

Bajé la mirada hacia el café.

—No puede funcionar.

—¿Por qué?

—Porque es Alejandro Salazar.

Camila sonrió con tristeza.

—Y tú eres Sofía Herrera.

Tal vez era la primera vez que alguien pronunciaba mi nombre como si eso fuera suficiente explicación.

La siguiente vez que lo vi fue en la inauguración de una exposición privada en Santa Fe.

Y esta vez Valeria también estaba allí.

Mi hermana apareció junto a Alejandro antes incluso de que yo terminara de entrar al salón.

—Alejandro, qué sorpresa verte aquí.

—No realmente.

Ella sonrió.

—¿No?

—Le prometí a Sofía que vendría.

El silencio cayó entre nosotros.

Valeria me miró.

Después lo miró a él.

Y por primera vez en su vida comprendió algo que no podía controlar.

Alejandro Salazar no estaba interesado en ella.

Nunca lo había estado.

—¿Podemos hablar un momento? —preguntó ella.

—Claro.

Lo tomó del brazo y lo llevó hacia una terraza lateral.

Yo no quería escuchar.

De verdad no quería.

Pero escuché igualmente.

—¿Es una broma?

—No.

—¿La prefieres a ella?

—Sí.

—¿Por qué?

Alejandro permaneció en silencio varios segundos.

—Porque cuando tu hermana entra a una habitación intenta convencer a todos de mirarla.

Hizo una pausa.

—Cuando Sofía entra a una habitación, hace que el mundo parezca más tranquilo.

Valeria lo soltó inmediatamente.

—Ella no es nadie.

Alejandro levantó la mirada.

Y el cambio fue tan pequeño que probablemente nadie más lo habría notado.

Pero yo sí.

La temperatura de la conversación acababa de bajar diez grados.

—Ten cuidado con volver a hablar así de ella.

Mi hermana palideció.

Por primera vez en años.

Valeria Herrera no supo qué responder.

—No necesitabas hacer eso.

Alejandro me encontró sola junto al jardín del recinto.

—Sí necesitaba.

—Puedo defenderme sola.

—Lo sé.

—Entonces deja de comportarte como si necesitaras salvarme.

Él sonrió ligeramente.

—No intento salvarte, Sofía.

—¿Entonces qué intentas hacer?

Su respuesta llegó tan rápido que parecía llevar semanas preparada.

—Intento merecerte.

El corazón se me detuvo durante un instante.

—Eso es una locura.

—Probablemente.

—Ni siquiera me conoces.

—Conozco a una mujer que se disculpa cuando alguien más la empuja.

Conozco a una mujer que deja la última rebanada de pastel para otra persona aunque sea su favorita.

Conozco a una mujer que mira las pinturas durante más tiempo que los precios.

Dio un paso más cerca.

—Y conozco a una mujer que ha pasado tanto tiempo creyendo que era invisible que no se da cuenta de que ilumina cada habitación en la que entra.

No fui capaz de hablar.

Porque nadie me había visto nunca de aquella manera.

Ni siquiera yo misma.

Aquella noche me besó por primera vez.

No hubo música.

No hubo fuegos artificiales.

No hubo promesas imposibles.

Solo las luces lejanas de Santa Fe brillando sobre los edificios y el viento frío moviendo mi cabello.

Y cuando se apartó, apoyó la frente contra la mía.

—Esto es una mala idea.

Sonreí.

—La peor de mi vida.

—Entonces estamos de acuerdo.

Dos semanas después descubrí por qué Alejandro Salazar nunca debía enamorarse de nadie.

Regresaba a casa después del trabajo cuando encontré la puerta del departamento abierta.

El corazón se me detuvo.

Entré lentamente.

Todo estaba intacto.

Excepto por una cosa.

Sobre la mesa del comedor había una fotografía.

La tomé entre mis manos.

Era una imagen de Alejandro entrando a mi edificio aquella misma mañana.

En la parte trasera alguien había escrito cuatro palabras con tinta negra.

“Aléjate de ella o muere.”

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

Entonces escuché la voz detrás de mí.

—Sabía que ocurriría tarde o temprano.

Me giré.

Alejandro estaba en la puerta.

Su expresión era completamente distinta a cualquier otra que hubiera visto antes.

No había calma.

No había ironía.

No había sonrisas.

Solo una furia silenciosa capaz de congelar la habitación.

—¿Quién hizo esto? —susurré.

Él tomó la fotografía.

La observó durante apenas dos segundos.

Y entonces respondió algo que hizo que el miedo se instalara definitivamente en mi pecho.

—Mi familia.

Levanté la mirada lentamente.

—¿Qué?

Alejandro me observó directamente a los ojos.

—Mi padre acaba de declararte una amenaza para el apellido Salazar.

El silencio se hizo insoportable.

—¿Y qué significa eso?

Alejandro dio un paso hacia mí.

Después otro.

Hasta detenerse justo frente a mí.

—Significa que a partir de este momento hay personas que preferirían verte desaparecer antes que verme enamorarme de ti.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Alejandro…

Él tomó suavemente mi mano.

—Y también significa otra cosa.

—¿Qué cosa?

Sus ojos no se apartaron de los míos.

—Que a partir de este momento nadie en este país volverá a tocarte sin enfrentarse primero conmigo.

Y fue entonces cuando comprendí algo aterrador.

Yo no era la chica invisible que había entrado aquella noche al Hotel Imperial Reforma.

Ahora era la mujer que el hombre más peligroso de México había decidido proteger.

Y en el mundo de Alejandro Salazar…

eso era mucho más peligroso que cualquier amenaza.

Related Post

Durante seis años, su madre hizo que odiara a su esposa… y le arrebató la oportunidad de conocer a su propio hijo.

Parte 1 —Esa mujer no desapareció, mamá. Usted la borró. La frase cayó en medio...