
PARTE 2
Ofelia pidió hablar a solas con Gabriel en la sala, pero levantó tanto la voz que el corredor entero escuchó la discusión.
—Mariana murió hace 14 meses y tú sigues actuando como si el dolor te diera permiso de descuidar a tu hijo.
—Fue un accidente.
—Un accidente que casi lo mata. Nicolás llegó solo hasta la barranca mientras tú revisabas cuentas con el caporal.
Gabriel apretó los puños.
—No tienes derecho a arrancarlo de su casa.
—Tengo el derecho de proteger al único pedazo de mi hija que me queda.
Ninguno vio al niño detrás de la puerta. Nicolás solo entendió una frase: “Mañana me lo llevo”. Retrocedió sin hacer ruido, abrazó su caballito y desapareció por el pasillo. Una hora después, doña Jacinta llamó a cenar. Nadie respondió. Su cama estaba vacía, el caballito no estaba en la silla y la puerta del patio seguía cerrada. Gabriel recorrió establos, corrales y graneros. Ofelia mandó trabajadores a la barranca. Elena caminó despacio, con una mano bajo el vientre, observando los lugares que los demás evitaban mirar. Al final del corredor estaba el cuarto de costura de Mariana. La puerta, siempre entreabierta, se hallaba abierta unos centímetros más. Elena se acercó y vio al niño debajo de la mesa, cubierto de polvo, inmóvil como si desaparecer dependiera de no respirar.
—Nicolás —dijo Gabriel desde atrás—. Sal de ahí.
El niño se pegó a la pared.
—No voy a irme con ella.
Ofelia cayó de rodillas.
—No te llevaré si no quieres. Solo sal, mi amor.
Nicolás no se movió. Elena se sentó en el umbral. No entró, no tocó la silla de Mariana ni los hilos que seguían sobre la mesa.
—A mí también me sacaron de un cuarto antes de estar lista —dijo—. Había una marca de la mano de Julián junto a la puerta. El patrón tiró mi costal al camino y dijo que ya no servía. Sentí que una parte de mí se quedaba adentro.
Nicolás levantó la cara.
—¿También te hicieron salir?
—Sí. Pero yo no voy a sacarte a la fuerza. Puedo esperar aquí.
Después de un largo silencio, el niño gateó hasta el umbral y se sentó junto a Elena. Ella limpió el polvo del caballito con el pañuelo de bugambilias. Ofelia observó que Elena nunca cruzó la puerta. No intentó tomar el lugar de Mariana ni pidió que el niño la abrazara. Solo compartió con él ese espacio entre el recuerdo y el miedo. A la mañana siguiente, Nicolás abrió por completo el cuarto de su madre. Entró primero. Gabriel, Ofelia, Jacinta y Elena lo siguieron. La habitación conservaba la silla junto a la ventana, el banco pequeño del niño, tijeras oxidadas, madejas de colores y varias bolsas de semillas. Doña Jacinta explicó que Mariana había usado aquel cuarto para emplear a mujeres embarazadas, viudas o lesionadas que ya no podían cargar peso.
—Decía que el cuerpo podía cansarse sin que la persona perdiera su valor.
Gabriel tocó el respaldo de la silla.
—Nunca cerré esta puerta. Solo no tuve valor para entrar.
Ofelia miró los hilos y comenzó a llorar sin ruido.
—Yo tampoco. Pensé que si nadie movía nada, mi hija seguiría aquí.
Elena señaló la mesa.
—No necesitan borrar lo que ella dejó. Pueden limpiar, abrir las ventanas y continuar su trabajo. La silla debe quedarse. El banco también.
Nicolás colocó su caballito sobre la mesa y miró a su padre. Fue suficiente. Ese día retiraron el polvo, pero conservaron cada objeto importante. Los 5 días de Elena terminaron el martes. Gabriel le ofreció coordinar el nuevo taller, con sueldo y habitación. Ella no aceptó de inmediato.
—Quiero condiciones por escrito. Mi trabajo no será criar a Nicolás. Cuando nazca mi bebé, conservaré el cuarto y el puesto. No quiero que me echen el mismo día que deje de producir.
Gabriel llamó al caporal y a Jacinta como testigos. Escribió cada condición, corrigió 2 frases que Elena consideró ambiguas y firmó 2 copias. Solo entonces ella aceptó. Ofelia, desde la puerta, preguntó con frialdad:
—¿Y cuánto tardará en pedir quedarse con toda la hacienda?
Gabriel golpeó la mesa.
—Basta.
Elena guardó el contrato junto a la camisa de Julián.
—Su miedo no le da derecho a humillarme.
Ofelia salió sin disculparse. Sin embargo, al día siguiente apareció Patricia Treviño, hermana mayor de Gabriel, acompañada por el notario familiar y 2 peones del rancho El Laurel. Patricia nunca había aceptado que Mariana administrara parte de la hacienda, y desde su muerte insistía en vender Las Jacarandas para repartir la herencia.
—Vengo a evitar que una oportunista se aproveche del duelo de mi hermano —anunció en el patio.
Uno de los peones aseguró que Elena había robado dinero al patrón Evaristo antes de ser expulsada. El otro dijo que Julián no era el padre del bebé. Los trabajadores dejaron de hablar. Ofelia palideció. Gabriel pidió pruebas. Patricia mostró una hoja con una deuda firmada por Elena y una denuncia por robo de semillas.
—Esta mujer no apareció por casualidad en la barranca. Sabía quién era Nicolás. Planeó todo para entrar aquí.
Elena tomó la hoja y observó la firma.
—No es mía.
—Eso lo decidirá un juez —respondió Patricia—. Mientras tanto, debe abandonar la hacienda.
Nicolás corrió hasta Elena y se aferró a su falda. Ofelia lo apartó con cuidado.
—No delante del niño.
—Precisamente por el niño —insistió Patricia—. Mariana dejó una cláusula: si Gabriel era declarado incapaz de cuidar a Nicolás, la administración temporal pasaría a la familia materna. Y si Ofelia obtiene la custodia, tú podrás vender tu parte conmigo.
Ofelia la miró, horrorizada.
—Yo nunca acepté vender nada.
Patricia sonrió.
—Pero aceptaste venir a llevártelo. Eso basta para demostrar que ni tú confías en Gabriel.
La discusión se volvió un incendio. Gabriel acusó a su hermana de usar la muerte de Mariana para quedarse con la tierra. Patricia respondió que él había convertido la hacienda en un refugio para desconocidas. Elena pidió que todos se callaran.
—El patrón Evaristo descontaba de mi jornal hasta la comida. Después de que Julián murió, me obligó a firmar recibos en blanco para pagar una supuesta deuda. Me negué. Por eso me echó.
El notario revisó el documento.
—La firma parece trazada sobre otra.
Uno de los peones bajó la vista. Patricia lo amenazó con una mirada. Gabriel ordenó cerrar las puertas hasta aclarar la acusación. Elena se opuso.
—No voy a quedarme como prisionera.
—No eres prisionera. Quiero evitar que ellos destruyan pruebas.
Elena sostuvo el contrato.
—Entonces investigue sin decidir por mí.
Durante los días siguientes, el taller comenzó a funcionar. Llegaron Teresa, embarazada de 6 meses; Ramona, una viuda con las rodillas enfermas; y Lupita, una joven con una mano lesionada. Separaban semillas, reforzaban costales, secaban hierbas y reparaban ropa. Nicolás se sentaba en su banco con un cordón grueso y un pedazo de tela. Nadie llamaba madre a Elena. Nadie movía la silla de Mariana. Ofelia empezó a ayudar en silencio, aunque la desconfianza seguía clavada entre ambas. Gabriel viajó a El Laurel con el notario. Descubrió que Evaristo había registrado deudas falsas a nombre de 11 viudas y había vendido semillas de los trabajadores como si fueran propias. También encontró al capataz que vio a Patricia reunirse con Evaristo 3 semanas antes del accidente de Nicolás. La revelación parecía suficiente, hasta que el hombre añadió algo peor.
—La señora Patricia pidió que vigilaran el camino. Dijo que necesitaba una mujer desesperada cerca de Las Jacarandas para desacreditar a don Gabriel. Pero nadie esperaba que el niño cayera.
Gabriel regresó esa noche con el rostro desencajado. Antes de hablar, una tormenta golpeó la hacienda. El agua entró al granero y borró las cintas de 8 costales. Elena intentó levantarse, pero una contracción la obligó a sentarse. Teresa tomó el cuaderno. Ramona identificó las costuras. Los peones siguieron las instrucciones de Elena y salvaron casi toda la cosecha. Gabriel dejó el registro frente a ella.
—El taller funcionó aunque usted no pudiera ponerse de pie.
—Porque ellas hicieron el trabajo.
—Porque usted les enseñó y confió en ellas.
Elena comprendió que descansar no la volvía prescindible. Sin embargo, el alivio duró poco. Patricia apareció en el corredor con un alguacil municipal y una orden para retirar a Nicolás de la hacienda mientras se investigaba la negligencia de Gabriel. La denuncia llevaba la firma de Ofelia.
—Abuela —susurró el niño—, ¿tú pediste que me sacaran de mi casa?
Ofelia miró el papel como si acabaran de atravesarla.
—Esa no es mi firma.
Patricia se acercó al niño.
—Tu abuela solo quiere salvarte.
Nicolás retrocedió hacia Elena, pero Patricia señaló su vientre y lanzó la acusación que dejó a todos paralizados.
—Pregúntenle quién es realmente el padre de ese bebé. Porque Julián murió 5 meses antes de que ella llegara aquí, y Evaristo asegura que esa criatura pertenece a un hombre de esta familia…
Parte 3 …
…Si quieres saber qué pasó después, escribe “SÍ” y dale me gusta para ver más.
