
PARTE 2
Inés entró en la cabaña sin apartar los ojos del reloj. Durante meses le habían repetido que Julián Alcántara sufrió un ataque al corazón después de perder la fábrica, pero la caja llegó cerrada y su tío Ignacio prohibió que se viera el cuerpo. Ezequiel dejó el reloj sobre la mesa y levantó las manos para demostrar que no pensaba acercarse.
—Lo encontré hace 3 años, junto a las vías de carga.
—¿Estaba vivo?
—Apenas. Tenía las costillas rotas y sangre en la boca. Intenté llevarlo al pueblo, pero escuchamos caballos. Él me pidió que escondiera esto.
Ezequiel sacó del baúl una llave pequeña.
—Dijo que abría un compartimiento en uno de sus libros de cuentas. También dijo que Barragán había comprado al juez, al notario y a alguien de su propia familia.
—¿Por qué no me buscó?
—Solo conocía su nombre. Cuando llegué a Puebla, su casa ya estaba vacía. Su tío aseguró que usted se había marchado a Europa. No sabía que la novia enviada por Barragán era su hija.
Inés apretó el reloj contra el pecho.
—¿Vio quién lo atacó?
—Vi a Barragán bajar de uno de los caballos.
La revelación no los volvió amigos, pero cambió el silencio entre ambos. A la mañana siguiente, Inés encontró junto al catre unas botas de trabajo, guantes gruesos y una lata de ungüento de resina.
—Sus botas elegantes son basura —dijo Ezequiel mientras encendía la estufa.
—Costaron más que esa mesa.
—Entonces eran basura cara.
Él comenzó a enseñarle. Le mostró cómo sujetar el hacha para no destrozarse la espalda, cómo romper el hielo del abrevadero y cómo llevar una cuerda sin enrollarla alrededor de la mano. Inés aprendió a ordeñar, reparar cercas y reconocer cuándo una vaca estaba enferma. No se quejó cuando una yegua le pisó 3 dedos ni cuando el humo de la estufa le hizo llorar durante horas. También transformó la cabaña. Cortó su abrigo de terciopelo para tapar las rendijas, lavó la única ventana y mezcló manzanas secas con piloncillo para disimular el sabor de la carne rancia. Una noche de noviembre, mientras ella remendaba la chaqueta de Ezequiel, él habló de las 64 vacas preñadas que pasaban el invierno en la ladera.
—Barragán no necesita expulsarnos. Si perdemos suficiente ganado, dirá que abandoné la producción.
—Entonces no perderemos el ganado.
Ezequiel soltó una risa breve.
—La sierra no respeta su terquedad, Inés.
Era la primera vez que pronunciaba su nombre sin desprecio.
—Yo tampoco respeto a la sierra, Ezequiel.
La tormenta llegó al amanecer siguiente. El cielo se oscureció mientras ambos empujaban el hato hacia un bosque bajo. En menos de 20 minutos, la nieve borró el camino y el viento convirtió el aire en cuchillas. Varias vacas rompieron la formación. Ezequiel cabalgó tras ellas y ordenó a Inés que guiara al resto hacia los cedros. Ella lo hizo, aunque sus pestañas se congelaron y perdió la sensibilidad en los pies. Cuando el ganado quedó protegido, esperó. Pasaron 10 minutos, luego 20. Ezequiel no volvió. Inés sabía que quedarse era lo sensato, pero regresó a la tormenta sobre su yegua baya. Siguió huellas que desaparecían bajo la nieve hasta escuchar el bramido de una vaca. Encontró a Ezequiel hundido hasta la cintura junto a una novilla roja.
—¡Está pariendo! —gritó él—. ¡El becerro viene atorado!
Dos patas pequeñas sobresalían del animal. Ezequiel tenía los dedos entumecidos y no podía sujetarlas.
—¿Qué hago?
—¡La cuerda de parto! ¡Átala sobre las pezuñas!
Inés se quitó los guantes con los dientes. La sangre y el hielo volvieron resbaladizas sus manos. Intentó el nudo 2 veces antes de asegurarlo.
—Cuando ella empuje, tiramos.
Ezequiel se colocó detrás de Inés y rodeó su cintura para darle apoyo.
—¡Ahora!
La cuerda abrió las heridas de sus palmas. Inés gritó, pero no soltó. Tiraron nuevamente y el becerro salió en una masa inmóvil sobre la nieve. Ezequiel limpió sus vías respiratorias, lo sacudió y golpeó su costado.
—Respira, condenado.
El animal soltó un gemido débil. Inés cayó de espaldas, agotada.
Ezequiel envolvió al becerro con su abrigo y levantó a Inés con el otro brazo.
—¿Dónde está el hato?
—En los cedros.
Él miró sus manos sangrantes.
—Bien hecho. Volvamos a casa.
El becerro vivió 3 semanas dentro de la cabaña. Ezequiel lo llamó Ruina porque derribó un costal de harina durante la primera mañana. Inés no podía cargar sartenes ni cortar leña, así que dependió de su esposo. Cada noche, él lavaba sus heridas y aplicaba ungüento con una delicadeza que contrastaba con su enorme cuerpo.
—Quedarán cicatrices.
—No importa.
—A una señorita de Puebla le importaría.
—Esa señorita murió cuando Barragán enterró a su padre.
Ezequiel sostuvo su mano vendada.
—Pensé que usted era una carga.
—Lo dejó bastante claro.
—Ahora creo que es lo más fuerte que existe en estas montañas.
El invierno los obligó a acercar el catre a la estufa y dormir bajo las mismas pieles. Al principio compartieron únicamente el calor. Después, Inés comenzó a despertar abrazada a su espalda, y Ezequiel dejó de fingir que su brazo caía por accidente alrededor de su cintura. Nunca hablaron de ello durante el día. Trabajaban, cuidaban a Ruina y abrían juntos el viejo reloj de Julián, donde hallaron un papel doblado con una dirección: el almacén abandonado de la fábrica en Puebla. Cuando llegó marzo, habían perdido 4 vacas, pero nacieron 7 becerros sanos. El inspector agrario llegaría en mayo. Durante semanas repararon el techo, cavaron un canal de riego y reforzaron los cercos. La mañana anterior a la inspección, el arroyo dejó de correr. Ezequiel comprendió que alguien había represado la corriente en la parte alta.
—Voy a abrir el cauce.
—Voy contigo.
—No. Si aparecen hombres, usa la escopeta.
Una hora después, Inés olió queroseno. La cerca sur ardía y los mismos 3 jinetes del invierno empujaban al ganado hacia una abertura. Ensilló a la yegua baya, tomó la escopeta y descendió entre el humo. Disparó al suelo frente al caballo del hombre de la cicatriz. El animal se encabritó y lo arrojó. El segundo trató de atraparla con una reata, pero Inés disparó contra unos matorrales encendidos y una lluvia de chispas hizo retroceder a su montura. Entonces sonó otro balazo. Ezequiel apareció sobre su caballo bayo claro, cubierto de lodo y con el revólver levantado.
—¡Salgan de mi tierra!
Los hombres huyeron, pero las llamas avanzaban hacia los pinos. Inés y Ezequiel combatieron el fuego con mantas y tierra hasta caer exhaustos. Cuando la última brasa se apagó, él se arrodilló junto a ella y apoyó una mano sobre su pecho.
—Estás viva.
—Te dije que no me iría.
Ezequiel la abrazó en medio del terreno quemado.
—También te dije que te quedaras en la cabaña.
—Elegiste una esposa que escucha muy mal.
—Barragán eligió por mí.
—Fue el primer error suyo que terminó favoreciéndonos.
Al amanecer apareció el inspector. Sin embargo, no venía solo. Lo acompañaban Octavio Barragán, un notario y un hombre de traje oscuro que Inés reconoció de inmediato: su tío Ignacio. Barragán desplegó un documento donde Inés renunciaba al matrimonio y cedía cualquier derecho sobre el manantial. La firma era auténtica.
—La señorita Alcántara firmó antes de viajar —declaró el notario—. Su unión con Fierro fue una simulación.
Ezequiel miró a Inés, herido, pero no retiró la mano de su hombro.
Ella recordó las hojas en blanco que Ignacio le hizo firmar después del funeral, supuestamente para vender los últimos muebles.
—Me engañaste.
Ignacio bajó la mirada.
—Era la única forma de salvar lo poco que quedaba de nuestra familia.
—Vendiste a tu sobrina.
—Tu padre nos habría dejado a todos en la calle por su orgullo.
Barragán señaló el terreno incendiado.
—No existe matrimonio válido, el rancho no cumple el contrato y el título debe regresar al banco.
El inspector observó las cercas quemadas y el cauce recién liberado.
—Fierro tiene hasta el atardecer para demostrar que estos documentos son fraudulentos.
Barragán sonrió.
—Las pruebas de Julián Alcántara estaban guardadas en la cabaña, ¿verdad?
A lo lejos se levantó una columna de humo negro.
Ruina seguía encerrado dentro…
Parte 3 …
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