
PARTE 2
Emilia guardó la amenaza dentro de su vestido y no dijo nada durante la cena. Gabriel había preparado frijoles, carne seca y tortillas demasiado gruesas. Comía con la mirada baja, como si supiera que cada movimiento estaba siendo evaluado.
—¿Quién entró en este cuarto antes de mi llegada? —preguntó ella.
—Yo preparé la cama. Brígida cargó el colchón desde el pueblo y casi me arrojó por el barranco en protesta.
—¿Nadie más?
—Hortensia vino hace 3 semanas. Dijo que quería revisar unas mantas que pertenecieron a mi madre.
Emilia dejó la cuchara.
—Entonces empezaremos por ahí.
Sacó el sobre y lo puso sobre la mesa.
Gabriel leyó la amenaza. Su rostro no mostró miedo, sino cansancio.
—La letra no es de Matilde.
—¿Estás seguro?
—Conservo sus cartas.
Fue hasta un arcón y sacó un paquete atado con cordón. Emilia comparó las páginas. La imitación era buena, pero la verdadera Matilde inclinaba ciertas letras hacia la izquierda y colocaba puntos pequeños sobre las vocales. La falsa carta tenía una escritura rígida, dibujada con esfuerzo.
—Alguien quiere que me marche —concluyó Emilia.
—Mi familia no necesita razones complicadas para comportarse mal.
—¿Por qué Julián quiere vender el valle?
Gabriel tardó en contestar.
Su padre, Eusebio Montalvo, había dividido sus propiedades antes de morir. Julián recibió un almacén, 2 casas en Saltillo y la representación comercial de la lana. Gabriel recibió el uso del valle y la responsabilidad del rebaño. El título definitivo debía firmarse cuando se liquidara una deuda antigua con el banco.
Durante 8 años, Julián había vendido la lana en la ciudad y entregado a Gabriel cantidades cada vez menores. Alegaba que el mercado estaba cayendo, que el transporte era costoso y que la deuda apenas disminuía. Gabriel desconfiaba, pero no podía abandonar el rebaño durante semanas para revisar las cuentas.
—La Compañía Minera del Norte encontró plata cerca de la ladera oeste —explicó—. Julián quiere vender. Yo no.
—¿Cuánto vale la lana?
Gabriel le dijo el precio que supuestamente recibían.
Emilia calculó mentalmente la producción anual.
—Con ese rendimiento, la deuda ya debería estar pagada.
—Eso pensé.
—¿Tienes recibos?
—Los que Julián me entrega.
Antes de dormir, Emilia revisó cada documento. Los números parecían ordenados, pero algunas fechas estaban corregidas y varias firmas tenían trazos idénticos. Al amanecer pidió conocer el rebaño, los corrales, el almacén de esquila y el camino utilizado para bajar la lana.
Gabriel no preguntó por qué.
Durante las siguientes semanas, Emilia convirtió la casa en un lugar donde nada podía esconderse detrás del desorden. Organizó las provisiones, reparó ropa, comenzó un huerto en la franja sur y abrió un libro de cuentas. Cuando encontró la gotera, subió al techo con la lona.
—Puedo hacerlo solo —dijo Gabriel.
—Pudiste hacerlo solo durante 2 inviernos y no lo hiciste.
Él no discutió.
Trabajaron toda la tarde en silencio. No era un silencio incómodo, sino el de 2 personas que reconocían el ritmo de la otra. Gabriel cortaba madera con precisión; Emilia detectaba problemas antes de que se convirtieran en daños.
En el valle, él le explicó que la lana de aquellas ovejas era más densa por la altura. Emilia tomó muestras, calculó pesos y anotó nacimientos, enfermedades y pérdidas. Al terminar el primer mes, sabía que el rancho producía casi el doble de lo registrado por Julián.
También descubrió que Gabriel no era pobre.
Había sido empobrecido.
—Te roba desde hace años —dijo una noche.
Gabriel miró las columnas del libro.
—Es mi hermano.
—Eso describe su parentesco, no su inocencia.
—Cuando murió mi madre, yo me quedé con el rancho. Julián decía que nuestro padre siempre me había preferido.
—¿Lo prefería?
—Confiaba en mí para trabajar. Julián confundió eso con cariño.
Emilia pensó en su propio padre, en la deuda y en las decisiones tomadas por obligación. Entendía lo peligroso que podía resultar convertir una herida familiar en una cuenta que alguien debía pagar.
La cercanía entre ellos creció sin declaraciones. Gabriel dejaba manzanas secas junto a sus libros. Emilia remendó su abrigo sin pedir permiso. Algunas noches leían frente al fuego; otras se sentaban en el porche a observar cómo el valle se volvía violeta.
Él le contó que Matilde era alegre, trabajadora y capaz. Durante los primeros días pareció feliz. Luego comenzó a encerrarse, a llorar y a preguntar si Gabriel tenía otra mujer en Saltillo. Después dijo que había cometido un error y exigió volver al pueblo.
—¿Nunca te explicó quién le habló de esa mujer?
—Dijo que había visto pruebas.
—¿Qué pruebas?
—Cartas.
Emilia levantó la cabeza.
—¿También tenían tu letra?
Gabriel comprendió al mismo tiempo que ella.
3 días después, Hortensia y Julián aparecieron acompañados por un representante de la compañía minera. Llevaban una escritura preparada y 2 hombres armados.
—La oferta termina hoy —anunció Julián—. Firma y recibirás suficiente dinero para vivir sin cuidar animales el resto de tu vida.
Gabriel ni siquiera tomó la pluma.
—No voy a vender.
—La deuda vence en 20 días. Cuando el banco embargue, perderás el valle sin recibir nada.
Emilia dejó sobre la mesa su libro de cuentas.
—La deuda debería haberse liquidado hace 4 años.
Julián palideció.
—No sabes nada del negocio.
—Sé sumar. También sé que los recibos fueron alterados y que faltan pagos por más de 18,000 pesos.
Hortensia golpeó la mesa.
—Llegaste hace 1 mes y ya estás envenenándolo contra su sangre.
—La sangre no convierte el robo en ayuda familiar.
Julián se abalanzó sobre el libro, pero Gabriel se interpuso.
—Salgan de mi casa.
—Esta casa también es mía.
—Entonces ve al juzgado y demuéstralo.
El representante minero guardó los papeles y se marchó sin despedirse. Julián salió detrás de él, pero Hortensia se quedó junto a la puerta.
—Matilde era más inteligente —le susurró a Emilia—. Entendió que ningún paisaje vale la vida de una mujer.
—¿Qué le hiciste?
Hortensia sonrió.
—Solo le mostré lo que necesitaba ver.
Aquella noche alguien abrió el corral del rebaño.
Los perros comenzaron a ladrar cerca de la medianoche. Gabriel salió con el rifle, pero encontró las puertas levantadas y más de 300 ovejas avanzando hacia una barranca. Nublado relinchó desde el establo. Brígida, que había quedado atada cerca del portón, se plantó atravesada en el paso y se negó a moverse, obligando a parte del rebaño a desviarse.
Gabriel corrió hacia la ladera.
—¡Emilia, quédate en la casa!
Ella tomó una lámpara y lo siguió.
La niebla cubría el terreno. Varias ovejas ya estaban cerca del borde. Gabriel alcanzó a detenerlas, pero una piedra cedió bajo sus pies. Cayó por la pendiente y golpeó el hombro contra una roca.
Emilia descendió sin pensar en el peligro. Lo encontró consciente, incapaz de mover el brazo.
—Te dije que te quedaras.
—Y yo decidí no obedecer.
Con una cuerda asegurada a la silla de Nublado, logró sacarlo. Después pasó el resto de la noche guiando a las ovejas mientras Gabriel daba indicaciones desde el suelo. Al amanecer faltaban 17 animales y 3 habían muerto.
Cerca del portón encontraron una hebilla de plata con las iniciales de Julián.
Gabriel la sostuvo en la mano.
—Es demasiado evidente.
—Porque alguien quiere que pensemos que fue él o porque él cree que jamás lo denunciarás.
Durante los siguientes días, Emilia cuidó el hombro lesionado de Gabriel y asumió las decisiones del rancho. La confianza entre ellos se volvió algo imposible de disimular.
Una tarde él la encontró dormida sobre el libro de cuentas. La cubrió con su abrigo y permaneció mirándola más tiempo del necesario.
Cuando Emilia despertó, él seguía allí.
—No tienes que quedarte —dijo Gabriel—. La amenaza hablaba de la luna llena. Faltan 5 días.
—No me quedaré por obligación.
—Eso no responde.
—Todavía estoy evaluándolo.
La esquina de la boca de Gabriel se levantó.
—Temo el resultado de esa evaluación.
—Deberías.
Emilia envió a Tomás, un joven pastor, con una carta para un notario en Saltillo y otra dirigida a Matilde Serrano. Encontró su dirección en un recibo antiguo conservado por Gabriel. No le contó a nadie.
Tomás debía regresar en 6 días.
No regresó.
En cambio, apareció Julián con el comandante rural y una orden para detener a Gabriel por agresión y fraude.
—Mi hermano me atacó en el camino y robó los documentos del banco —declaró Julián, mostrando el rostro golpeado—. Su mujer lo está ayudando a falsificar las cuentas.
—No es mi mujer —dijo Gabriel.
La frase lastimó a Emilia más de lo que esperaba.
El comandante registró la casa. Dentro del arcón de Gabriel encontró los documentos bancarios desaparecidos y la hebilla ensangrentada de Julián.
Todo había sido colocado allí.
—Gabriel Montalvo, queda detenido hasta que el juez revise el caso.
Emilia intentó explicar la falsificación, pero el comandante tenía una orden sellada. Gabriel fue llevado montaña abajo con las manos atadas.
Hortensia llegó al anochecer.
—La compañía comprará la deuda en 48 horas —dijo—. Cuando el banco tome posesión, tendrás que abandonar la casa.
—Todavía no.
—Tomás no entregó tus cartas. Lo encontramos antes de que llegara al pueblo.
Emilia sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Qué le hicieron?
—Está vivo. Por ahora.
Hortensia arrojó al fuego el bolso del joven. Entre las llamas apareció un pedazo de papel con la dirección de Matilde.
—Nadie vendrá a salvarte.
A la mañana siguiente comenzó la primera tormenta de la temporada. Emilia ensilló a Nublado, cargó agua sobre Brígida y descendió sola por el sendero. Necesitaba encontrar a Tomás, liberar a Gabriel y detener el embargo antes de que la nieve cerrara el paso.
Cuando llegó a Arteaga, el remate ya había comenzado.
Julián estaba a punto de firmar la venta frente al juez cuando una mujer cubierta con un velo oscuro entró en el salón.
—Detenga ese documento —ordenó.
Todos voltearon.
La mujer retiró el velo.
—Me llamo Matilde Serrano. Yo fui la prometida que huyó del rancho. Pero no huí de Gabriel.
Señaló directamente a Hortensia.
—Huí de ella…
PARTE 3 …
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