PARTE 2: Su suegra la drogó y la encerró 7 días para robarle 50 hectáreas, mientras su esposo esperaba un hijo con su amante… pero nadie imaginó quién escuchaba detrás del muro.

PARTE 2
Mariana abrió la carpeta con las manos temblorosas, pero antes de leer la primera página escuchó un roce dentro del túnel. Apagó la lámpara y levantó una barra metálica. Una silueta apareció entre las piedras.

—No grites —susurró Tomás Aguilar—. Soy yo.

Tomás había sido jefe de seguridad de Ernesto durante 18 años. Mariana creía que se había marchado después del funeral, humillado por Beatriz, quien lo acusó de robar documentos. En realidad, llevaba días viviendo en los pasadizos.

—Mi abuelo sabía que iban a encerrarme.

—No sabía cuándo, pero conocía el hambre de esa familia. Me ordenó vigilarte sin que tú sintieras que te vigilaban.

Tomás le entregó una botella de agua y revisó sus pupilas.

—Lo que te dieron puede mantenerte desorientada varias horas. Beatriz compró los sedantes con una receta falsa.

En el monitor, Adrián abrió la caja fuerte de la biblioteca. Sacó un contrato, un tampón de tinta y una jeringa.

—Si sigue negándose, usamos su huella —dijo Beatriz—. Después la llevamos al barranco de la carretera vieja. Con esta lluvia, parecerá que huyó y perdió el control.

Adrián apretó la mandíbula.

—Dijiste que no tendríamos que matarla.

—También dijiste que podías convencerla. Fallaste como esposo y como director.

Mariana sintió que el dolor se transformaba en una calma fría.

—Quiero salir ahora y llamar a la policía.

—Todavía no —respondió Tomás—. Ernesto dejó pruebas, pero necesitamos conectar la coacción, el fraude y el intento de hacerte desaparecer. Si los detenemos solo por retenerte, sus abogados dirán que fue una crisis matrimonial y Beatriz te llamará inestable.

Antes de que Mariana contestara, un golpe sonó en la entrada norte del túnel. Tomás levantó la barra. La compuerta se abrió y Renata cayó dentro, empapada por la tormenta, con una carpeta azul contra el pecho.

Al ver a Mariana, se llevó una mano a la boca.

—Adrián dijo que te habías ido a Querétaro para pensar en el divorcio.

—Y tú decidiste esperarlo en mi casa —replicó Mariana.

Renata bajó la mirada.

—Me dijo que llevaban meses separados. Quise creerle porque estaba embarazada y tenía miedo de quedarme sola. No sabía que te había encerrado.

Mariana le arrebató la carpeta. Dentro había un poder notarial con su firma falsificada, una solicitud de crédito por 900 millones de pesos y una póliza de vida contratada 3 meses antes. El beneficiario era Grupo Dorado.

—Si muero, la empresa cobra y el poder falso les permite tomar el terreno —dijo Mariana.

Renata sacó una memoria USB.

—Copié correos, transferencias y mensajes. Hay pagos a un notario llamado Paredes y a funcionarios del Registro Público. Beatriz también preparó un dictamen médico donde dice que tú sufres episodios de confusión.

Tomás fotografió cada hoja. Después abrió la carpeta que Ernesto había dejado. El primer documento era un contrato firmado 7 años antes, cuando Grupo Dorado estuvo a punto de quebrar. Ernesto había prestado dinero para cubrir nóminas y deudas fiscales, pero el préstamo incluía una cláusula que Adrián nunca mencionó: si la empresa intentaba apropiarse mediante fraude de cualquier propiedad de la familia Reyes, los derechos de voto de las acciones dadas en garantía pasarían a la heredera de Ernesto.

Mariana leyó 2 veces el porcentaje.

—51%.

—Adrián no solo necesita tu tierra —explicó Tomás—. Necesita que firmes antes de que el consejo descubra que tú puedes quitarle el control de Grupo Dorado.

El segundo paquete contenía títulos de la hacienda de Huixquilucan. El bisabuelo de Mariana había sido dueño de aquellas tierras hasta que el abuelo de Adrián las obtuvo con documentos sucesorios falsificados. Ernesto reconstruyó la cadena legal, pero nunca demandó porque Mariana vivía allí y él temía destruir el matrimonio que ella defendía.

—Me protegió incluso cuando yo no quería escuchar —murmuró Mariana.

Un ruido de llaves los obligó a apagar las pantallas. Beatriz había bajado al sótano antes de lo previsto. Desde la cámara interior, Mariana la vio abrir una pequeña compuerta en la puerta de hierro y dejar un vaso con agua.

—Sé que me escuchas —dijo su suegra—. Tu abuelo también era terco. Terminó solo, rodeado de papeles inútiles.

Mariana apretó los puños. Beatriz introdujo por la ranura una fotografía de la boda. La imagen mostraba a Adrián besándola frente a una capilla de San Miguel de Allende.

—Mira bien lo que vas a perder. Firma y podrás marcharte con dinero suficiente para empezar otra vida. Ni siquiera tienes que denunciarlo. Diremos que el matrimonio terminó por tu incapacidad para darle hijos.

Renata cerró los ojos, herida por la crueldad de una mujer que ya hablaba de su embarazo como si fuera un trofeo familiar.

—Ella me dijo lo mismo —confesó en voz baja—. Que tú no querías ser madre y que Adrián merecía una familia verdadera.

Mariana no contestó. Recordó una comida de Navidad en la que Beatriz había levantado una copa para anunciar, delante de 30 invitados, que algunas mujeres sabían conservar una figura perfecta porque nunca habían sacrificado nada por un hijo. Adrián había sonreído y cambiado de tema. Aquella noche Mariana lloró en el baño mientras él fingía no verla.

Del otro lado del muro, Beatriz golpeó la puerta.

—Mañana volveré. Si no has firmado, Adrián entrará con la jeringa. Él necesita demostrar que por fin puede hacer algo sin que una mujer lo rescate.

Cuando sus pasos se perdieron, Tomás encendió de nuevo los monitores.

—Esa frase importa —dijo—. Beatriz sabe que Adrián compró y llevará la sustancia.

—Y también acaba de admitir que mi abuelo investigaba documentos —añadió Mariana—. No era una anciana humillando a su nuera. Estaba intentando quebrarme para que renunciara a 2 familias: la que perdí y la que fingió aceptarme.

Tomás señaló un teléfono satelital escondido bajo el escritorio.

—Podemos terminar esto esta noche.

Mariana miró otra vez la pantalla. Beatriz servía champaña mientras Adrián abrazaba a Renata en una fotografía puesta sobre la mesa, como si ya hubieran borrado a su esposa.

—No. Esta noche solo tenemos documentos. Quiero que digan en voz alta lo que planean hacer conmigo.

La abogada Lucía Ferrer llegó por el túnel 40 minutos después con una médica y 2 agentes de la unidad antisecuestros del Estado de México. La doctora documentó la deshidratación, las marcas de las cuerdas y restos del sedante en la sangre. La fiscal Isabel Cárdenas escuchó las grabaciones y quiso detener de inmediato a Adrián y Beatriz.

—Si esperan, ella corre peligro —advirtió.

—Ya estoy fuera de su alcance —dijo Mariana—. Pero todavía pueden culparse entre ellos, negar que sabían que yo podía morir y comprar tiempo. Déjenlos creer que sigo detrás de la puerta.

Isabel aceptó solo cuando comprobó que la cámara oculta transmitía en vivo y que los agentes podían entrar al sótano por el pasadizo en menos de 20 segundos.

Durante los siguientes días, Mariana permaneció en una casa protegida. Tomás dejaba agua junto a la puerta interior y movía objetos para que Beatriz pensara que la prisionera seguía consciente.

La primera noche, Adrián habló desde el pasillo.

—Firma, Mariana. Todavía puedo perdonarte.

Ella escuchó la transmisión junto a la fiscal, sin responder.

La segunda noche intentó negociar.

—Conserva 10 hectáreas. Diremos que las demás fueron tu aportación al matrimonio.

Después dejó frente a la puerta una grabación de la voz de Ernesto, tomada de un antiguo mensaje familiar. En ella, el abuelo felicitaba a Adrián por un aniversario de la empresa. Adrián repitió el audio 3 veces, convencido de que la nostalgia rompería a Mariana.

—Él confiaba en mí —dijo—. No conviertas su legado en la ruina de todos.

Mariana recordó la última conversación que tuvo con Ernesto en el hospital. El anciano había intentado decirle que Adrián asistía a reuniones con prestamistas que no aparecían en los informes públicos. Ella le pidió que dejara de desconfiar de su esposo. Ahora comprendía que su abuelo no temía perder una propiedad; temía perderla a ella.

La tercera noche fingió arrepentimiento.

—Renata no significa nada. Mi madre perdió el control. Ayúdame y podemos empezar de nuevo en Monterrey.

Mariana no lloró hasta que terminó la grabación. No lloraba por él, sino por la mujer que había sido capaz de defenderlo ante todos.

La cuarta noche, Beatriz empujó un contrato bajo la puerta.

—El domingo usaremos tu pulgar, aunque tengamos que cortarlo.

La fiscal dejó escapar el aire lentamente.

—Ya tenemos intento de falsificación y amenaza directa.

—Falta Adrián —dijo Mariana—. Siempre se esconderá detrás de su madre.

Renata aceptó conseguir la confesión. Se colocó un micrófono bajo la blusa y entró al dormitorio principal mientras Adrián se servía tequila a las 8 de la mañana.

—¿Y si Mariana ya murió? —preguntó.

Adrián no se sorprendió.

—Mi madre resolverá el cuerpo. La póliza cubrirá la deuda y Paredes registrará el poder.

—Tú cerraste la puerta.

—Yo giré la llave 1 vez. Mi madre la giró la segunda.

—¿Eso te hace menos culpable?

Adrián arrojó el vaso contra la pared.

—Me hace alguien que intentó salvar 3,000 empleos.

—No. Te hace un hombre que cambió a su esposa por un crédito.

Él la abofeteó. Renata cayó contra la cama, cubriéndose el vientre. Los agentes entraron de inmediato y lo inmovilizaron, pero Isabel mantuvo la operación bajo reserva. El golpe quedó registrado y Renata fue llevada a revisión médica.

Más tarde, sentada frente a Mariana, dejó el brazalete de diamantes que Adrián le había regalado dentro de una bolsa de evidencia.

—No te pediré perdón. Solo voy a decir la verdad para que mi hijo no herede nuestras mentiras.

El quinto día, los monitores mostraron a Beatriz contratando a 2 hombres para mover “un paquete” por la carretera a Toluca. El sexto, Paredes llevó el poder falsificado y exigió ver a Mariana viva antes de sellarlo.

—No necesito que hable —dijo el notario—. Solo una imagen donde parezca consciente.

—Mañana estará demasiado débil para resistirse —respondió Beatriz.

La mañana del séptimo día, la policía preparó el sótano. Colocaron sangre artificial en el vestido de Mariana, una manta sobre su cuerpo y un transmisor médico bajo la ropa. Ella insistió en ocupar su propio lugar.

—Podemos usar a una agente —dijo Isabel.

—Ellos construyeron toda esta mentira alrededor de mí. La confesión también debe ocurrir frente a mí.

A las 12:03, el candado giró.

Beatriz entró primero. Adrián caminó detrás con el contrato. Paredes esperaba en el pasillo.

Al ver la sangre, Beatriz se quedó inmóvil. Adrián dejó caer los papeles.

—¿Qué le hiciste? —preguntó él.

—Baja la voz.

—¡Está muerta!

—Entonces deja de actuar como viudo y piensa.

Renata apareció en la escalera, fingiendo sorpresa.

—¿Qué pasó?

Beatriz señaló el plástico negro y las cuerdas.

—La sacaremos por el invernadero. Adrián conducirá. Paredes registrará la cesión con fecha de ayer.

—¿Y si la policía pregunta? —insistió Renata.

Adrián miró el cuerpo bajo la manta.

—Diremos que huyó después de descubrir el embarazo. Su abuelo murió, no tiene padres y todos saben que estaba deprimida.

—Yo no sabía que planeaban matarla —dijo Renata.

—Tú sabías suficiente —espetó Beatriz—. Ahora carga con tu parte.

Mariana se incorporó lentamente y dejó caer la manta.

—La muerta acaba de escucharlo todo.

Adrián retrocedió hasta chocar con los barriles. Beatriz abrió la boca, pero la pared de ladrillo se desplazó detrás de Mariana.

La fiscal Isabel Cárdenas salió del pasadizo con la grabadora encendida.

—Nadie se mueve. Esta casa ya no les pertenece, y su libertad tampoco…

PARTE 3 …
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