PARTE 2: Su suegra le arrojó ácido al rostro y la arrastró hasta un acantilado para convertir a su hijo en viudo millonario, pero ignoraba que la mujer ciega había preparado una trampa capaz de destruirlos a ambos.

PARTE 2
El zumbido creció sobre el viento, pero Ofelia seguía demasiado ocupada disfrutando la herida que acababa de abrir.

Lucía mantuvo la cabeza inclinada. Necesitaba que su suegra hablara. Necesitaba cada nombre, cada fecha y cada orden. El dolor físico podía soportarlo; lo que amenazaba con romperla era imaginar a Sebastián junto a la cama del hospital, fingiendo llorar por un hijo cuya muerte había ayudado a provocar.

—Mariana no habría hecho eso —dijo, procurando que la voz le temblara lo suficiente para parecer vencida.

—Mariana hizo lo necesario para asegurar su lugar —respondió Ofelia—. Siempre supo que tú heredaste lo que no merecías.

Lucía recordó a su prima llegando con comida durante la recuperación, acomodándole las almohadas y diciéndole que la familia debía mantenerse unida. También recordó que Mariana insistía en acompañarla a las consultas y recoger sus recetas.

La traición había entrado a su casa con una sonrisa.

—¿Mi tía también participó?

—Tu tía Lourdes estaba cansada de vivir pidiendo favores. Le dimos dinero por unas firmas y por acceso a tu expediente. No tuvo que ensuciarse más.

Ofelia volvió a empujarla.

—Camina.

Lucía avanzó arrastrando la pierna. Cada paso acercaba a Ofelia al anclaje oculto. El transmisor enviaba todo a Abril, pero la señal del helicóptero aún era lejana. Debía ganar tiempo.

—¿Qué me dieron durante el embarazo?

Ofelia soltó un resoplido impaciente.

—No seas melodramática. Fue una dosis calculada para provocar complicaciones, nada más. Sebastián dijo que una madre reciente sería más difícil de controlar.

Lucía sintió náuseas.

—¿Y el médico?

—No sabía el plan completo. Firmó estudios falsos porque debía dinero. Luego se asustó y desapareció.

Aquella confesión cambiaba el caso. Ya no era solo un intento de despojo ni un sabotaje vehicular. Era una conspiración que había comenzado mucho antes.

En la sala de seguridad del puerto, Abril escuchaba con audífonos mientras 2 agentes de la Fiscalía estatal y un enlace de la Secretaría de Marina observaban el punto rojo en la pantalla. La grabación llegaba con interferencias, pero las frases de Ofelia eran claras.

Abril apretó el borde de la mesa al oír la verdad sobre el embarazo.

Había conocido a Lucía desde la universidad. Sabía cuánto había sufrido aquella pérdida y cuánto se había culpado por continuar trabajando durante los meses previos.

—Quiero unidades médicas listas —ordenó—. Y nadie dispara mientras estén junto al borde.

Nadie en la sala comentó la confesión. Sin embargo, los agentes dejaron de mirar el caso como un fraude empresarial y entendieron que escuchaban una ejecución en desarrollo.

En Punta Banda, Ofelia arrancó la carpeta de la espalda de Lucía.

—Ya firmaste la cesión. Ahora falta el video.

Sacó un teléfono y comenzó a grabar.

—Di que estás cansada de vivir.

Lucía giró el rostro quemado hacia la voz.

—No.

—Di que la empresa te destruyó.

—No.

Ofelia le dio una bofetada que la hizo caer sobre una mano.

—Tu terquedad mató a tu padre. También mató a tu bebé.

—Mi padre murió de un infarto.

—Tu padre murió porque descubrió a Sebastián robando.

Lucía se quedó inmóvil.

Ofelia pareció darse cuenta de que había hablado demasiado, pero el desprecio pudo más que la prudencia.

—Don Ernesto encontró transferencias a empresas fantasma. Quiso denunciarlo. Sebastián cambió sus pastillas para la presión y retrasó la ambulancia. Nadie podía probarlo.

El mundo de Lucía, ya oscuro, pareció vaciarse de aire.

Su padre había muerto en su oficina. Sebastián fue quien lo encontró. Durante el funeral sostuvo a Lucía frente a las cámaras y prometió proteger el legado familiar.

—¿Lo mataron? —preguntó.

—Él se mató solo por entrometerse.

Lucía oyó cómo Ofelia guardaba el teléfono. Luego sintió unas manos registrando su abrigo.

—Estás demasiado tranquila.

Ofelia arrancó los botones, palpó los bolsillos y revisó el cuello de la blusa.

No encontró nada.

La grabadora seguía cosida al interior de la férula.

—¿Esperas que alguien venga?

—Espero que sigas hablando.

Ofelia dejó de moverse.

El dron descendió detrás de ellas. Su pequeño motor ya era imposible de confundir con el viento.

—¿Qué hiciste?

—Te dejé contar la historia completa.

Ofelia la empujó contra el suelo y comenzó a revisar la férula. Sus dedos encontraron la costura gruesa.

—Maldita seas.

Rasgó la tela. La grabadora cayó sobre la piedra con una luz verde parpadeante. Ofelia la aplastó con el tacón hasta partir la carcasa.

—Ahora no tienes nada.

Lucía respiró con dificultad.

—La transmisión es en directo.

Durante varios segundos solo se escuchó el mar.

Entonces Ofelia levantó la cara hacia el dron. La cámara frontal emitía una luz roja. Arriba, en la carretera, apareció el eco distante de una sirena.

Ofelia agarró a Lucía por el cuello de la blusa.

—No vas a quitarme a mi hijo.

—Tu hijo eligió esto.

—Sebastián nació para dirigir esa empresa. Tú solo tuviste suerte de ser hija única.

—Mi padre lo vio robar y ustedes lo dejaron morir.

—Tu padre humilló a mi familia. Nos trató como empleados.

—Porque trabajaban para él.

La respuesta encendió algo feroz en Ofelia. La arrastró hacia el borde, sin notar que Lucía buscaba con los dedos el mosquetón escondido bajo la chamarra.

—Cuando Sebastián se casó contigo, todos se burlaron de nosotros —escupió Ofelia—. Decían que se había vendido por dinero. Yo soporté tus cenas, tus órdenes y esa forma de mirarnos como si supieras más.

—Sabía más.

—Y por eso vas a morir.

El sonido de un helicóptero llegó desde el océano. Todavía estaba oculto por la neblina, pero las aspas golpeaban el aire con fuerza creciente.

Ofelia se volvió hacia el ruido.

—¿Quién viene?

—Gente que sí sabe proteger una vida.

Ofelia pateó la rodilla lesionada de Lucía. El grito se le quedó atorado en el pecho. Cayó de costado, pero mantuvo la mano cerrada sobre el mosquetón.

—Firma otra vez —ordenó Ofelia—. Esta vez frente a la cámara.

—La cesión no vale.

—Vale con tu firma.

—Las acciones están en un fideicomiso de contingencia desde el choque. Si muero de forma violenta, pasan al personal y a una fundación marítima. Sebastián no recibe nada.

Ofelia quedó muda.

Esa era la pieza que Lucía había reservado.

Su padre había creado una cláusula de protección años atrás. Después del sabotaje, Abril la activó. La muerte de Lucía no convertiría a Sebastián en dueño; lo dejaría sin control y bajo investigación automática.

—Mientes.

—Pregúntale a tu hijo por qué no ha podido mover una sola acción.

Ofelia sacó su teléfono y marcó. Sebastián contestó al 2.º tono.

—Mamá, termina y sal de ahí.

El altavoz quedó activado por accidente.

—¡La empresa está en un fideicomiso! —gritó Ofelia—. ¡No heredamos nada si muere!

Hubo un silencio breve.

—Entonces oblígala a revocarlo.

—Está ciega, herida y la policía viene.

—Haz que parezca un accidente y destruye el teléfono. Mariana ya tiene los documentos médicos. Podemos pelear la cláusula después.

Lucía sintió un frío distinto.

Sebastián no preguntó si ella sufría. No dudó al ordenar su muerte. Ni siquiera bajó la voz.

—¿Escuchaste? —dijo Lucía—. Para él también eres una herramienta.

Ofelia terminó la llamada y arrojó el teléfono contra una roca. La pantalla se quebró.

—Mi hijo me ama.

—Te dejó aquí para que cargues con el asesinato.

Ofelia la golpeó con el dorso de la mano.

—Cállate.

—Él está en un hotel con Mariana mientras tú manchas tus manos.

—¡Cállate!

—Cuando esto termine, dirá que actuaste sola.

Ofelia respiraba como si corriera. Por un instante, Lucía creyó haber sembrado una duda. Pero el miedo de su suegra no produjo arrepentimiento, sino desesperación.

La patrulla frenó en la carretera superior. Se escucharon puertas, órdenes y pasos sobre la grava.

—¡Señora Arriaga! —gritó una voz—. Aléjese del borde y levante las manos.

Ofelia abrazó a Lucía por el cuello y la usó como escudo.

—¡Retrocedan o salto con ella!

El dron descendió hasta quedar frente a ambas. La luz roja seguía encendida.

Lucía ubicó con la bota la cinta metálica. El arnés estaba a menos de 1 paso.

—Ofelia —dijo con calma—, todavía puedes entregarte.

—Tú me quitaste todo.

—Nunca fue tuyo.

—¡Mi hijo merece ser dueño!

—Tu hijo merece escuchar una sentencia.

Ofelia soltó un alarido y arrastró a Lucía hasta el vacío.

—¡Salta, inútil! ¡Sebastián será viudo y esa empresa será nuestra aunque tenga que incendiarla!

La pateó en la rodilla y empujó con todo el cuerpo.

Lucía se dejó caer.

En el mismo movimiento enganchó el mosquetón al cable de seguridad y cerró un brazo alrededor de la cintura de Ofelia. El impulso que debía lanzarla sola arrastró también a su suegra.

El aire se abrió bajo ellas.

El arnés oculto se tensó con un golpe brutal. Lucía quedó suspendida frente a la pared del acantilado, con el mar golpeando decenas de metros más abajo.

Ofelia no llevaba protección.

Sus manos se aferraron a la chamarra de Lucía.

—¡Sálvame!

—Confiesa quién manipuló los frenos.

—¡Fui yo! ¡Pagué al mecánico!

—¿Sebastián lo sabía?

—¡Él lo planeó! ¡Él eligió la curva! ¡Súbeme!

El dron se inclinó para captar su rostro. Desde arriba, los agentes se acercaban al anclaje.

Ofelia intentó trepar sobre Lucía, clavándole las rodillas en las costillas.

—¡No me dejes caer! ¡Somos familia!

—También éramos familia cuando tocaron mis medicinas.

—¡Mariana fue quien consiguió las recetas! ¡Lourdes entregó los análisis! ¡Sebastián ordenó todo!

La confesión viajó hacia la Fiscalía.

Entonces Ofelia sacó una navaja pequeña del bolsillo.

—Si no puedo salir, tú tampoco.

Comenzó a cortar la correa principal del arnés.

—¡Suelte el arma! —ordenó un agente desde arriba.

Ofelia siguió serrando.

Lucía tanteó el broche exterior de su chamarra. El cable crujió. La hoja ya había abierto parte de la cinta.

Sin poder ver, Lucía liberó el broche y dejó que la chamarra se deslizara de sus hombros.

Ofelia cayó.

Un grito atravesó el acantilado.

La línea secundaria que Lucía había instalado atrapó el tobillo de Ofelia y la dejó colgando boca abajo contra la roca. La navaja se perdió en el vacío.

Ofelia lloraba, suplicaba y golpeaba la pared con las manos.

Lucía quedó suspendida unos metros arriba, herida pero segura.

Los rescatistas descendieron desde el helicóptero. Cubrieron su rostro, inmovilizaron su pierna y revisaron la correa dañada.

Mientras la elevaban, Lucía oyó a Ofelia repetir que Sebastián tenía la culpa.

Nadie le respondió.

En la ambulancia, Abril tomó la mano de Lucía.

—La señal llegó completa.

Lucía apenas podía hablar.

—Mi padre.

Abril bajó la mirada.

—Hay algo más. Revisamos el archivo que Ofelia llevaba.

—¿Qué encontraron?

Abril tardó en responder.

—Una orden de transferencia firmada por Mariana para sacar 280,000,000 de pesos esta noche. Y un documento donde Sebastián reconoce que el bebé de Mariana no es suyo.

Lucía sintió que el aire desaparecía otra vez.

—Entonces, ¿por qué fingían?

Abril apretó su mano.

—Porque el verdadero padre aparece en los registros de la naviera. Es alguien que tu padre denunció antes de morir…

PARTE 3 …
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