
PARTE 2
Durante las semanas siguientes, Mariana descubrió que la Hacienda del Encino era tan hermosa como peligrosa. Alejandro la contrató como asistente temporal de la Fundación Monarca, un programa que compraba textiles, cerámica y muebles a talleres de comunidades rurales para surtir los hoteles del grupo. Ella conocía ese mundo mejor que cualquiera: sabía cuánto cobraba un intermediario, cuánto tardaba una bordadora en terminar una colcha y cuántas familias podían quedarse sin comer cuando una empresa retrasaba 2 meses un pago. La primera reunión del consejo fue una emboscada elegante. Octavio Ledesma, director jurídico y viejo amigo de Camila, colocó frente a Mariana un informe lleno de términos técnicos.
—Explique cómo piensa medir el impacto financiero del programa sin afectar el margen operativo.
Varias personas esperaron que se quedara en silencio. Mariana respiró.
—No sé repetir esas palabras como usted, pero sí sé sumar pérdidas. Si un hotel paga 400 pesos por una pieza que luego vende como artesanía exclusiva en 4,000, puede pagar a tiempo sin quebrar. Y si una familia recibe su dinero cuando corresponde, produce mejor, entrega antes y no abandona el oficio. Eso también es margen.
Alejandro sonrió. Octavio cerró la carpeta con fastidio. Camila, sentada a la derecha, comenzó a entender que la joven del vestido viejo no era una distracción pasajera. Mariana no buscaba agradar. Cada vez que Alejandro le preguntaba algo, respondía con una franqueza que él no encontraba entre sus ejecutivos. Cuando recorrían talleres de Tequisquiapan o Amealco, ella se sentaba a comer con las artesanas, preguntaba por sus hijos y detectaba fallas que los consultores ignoraban. Alejandro se enamoró de esa manera de mirar a la gente. Mariana también comenzó a verlo sin el apellido De la Vega: un hombre cansado de que todos midieran sus palabras por el tamaño de su fortuna. Una tarde, junto a un patio lleno de bugambilias, él le confesó que su madre había muerto sin confiar en nadie del consejo.
—Decía que esta empresa se estaba llenando de gente que sabía usar cubiertos de plata, pero no sabía mirar a los ojos.
—Tal vez por eso me invitó a bailar —respondió Mariana—. Yo ni siquiera sabía cuál tenedor usar.
Alejandro rió como no lo hacía desde años atrás. Camila los vio desde una ventana. Esa noche recibió a Rebeca en una suite privada del hotel. La madrastra llegó con copias de documentos, fotografías y una historia cuidadosamente torcida.
—Mariana siempre quiso quedarse con el taller de su padre. Antes de que Esteban enfermara, ella discutió con él. Desde entonces se hace la víctima, pero sabe manipular. Si consigue casarse con Alejandro, nos destruirá a todos.
—¿Y qué gana usted si desaparece de aquí? —preguntó Camila.
—Recupero la paz de mi casa. Usted conserva su lugar. No hace falta que seamos amigas para compartir un problema.
Camila deslizó una tarjeta sobre la mesa.
—Necesito acceso a su cuarto y algo escrito con su letra.
Rebeca no dudó. Durante años había obligado a Mariana a llevar las cuentas del taller; conservaba recibos, notas y hojas firmadas. Renata y Ximena, consumidas por la envidia, aceptaron ayudar. La primera derramó café sobre un vestido de Mariana durante una comida de beneficencia. La segunda difundió el rumor de que su hermana se acostaba con Alejandro para conseguir contratos. Mariana soportó las miradas, pero la herida más profunda llegó desde su propia casa. Una antigua empleada, doña Cata, apareció en la fundación con una grabadora pequeña. Esteban Ríos había logrado dictar un mensaje con enorme esfuerzo.
—Hija… perdóname. Rebeca me hizo firmar papeles cuando apenas podía leer. El taller también es tuyo. Tu madre dejó 45% para ti. Los documentos están detrás del muro falso del cuarto de costura.
Mariana escuchó el audio 3 veces, con las manos heladas. No lloró por el dinero, sino por saber que su padre llevaba años consciente de la injusticia y había tardado demasiado en hablar.
—¿Por qué no vino él? —preguntó.
—La señora Rebeca no lo deja salir y cambió al enfermero —respondió doña Cata—. También dijo que, si usted vuelve, llamará a la policía por abandono de familia.
Alejandro quiso intervenir de inmediato, pero Mariana se negó.
—No voy a cambiar una jaula por otra. Primero quiero pruebas. Después hablaré con mi padre de frente.
Aun así, Mariana regresó esa noche a la casa familiar acompañada solo por doña Cata. Encontró a Esteban en una cama junto a la ventana, más delgado de lo que recordaba. Rebeca apareció antes de que pudiera abrazarlo.
—Aquí ya no tienes nada que buscar.
—Vine a ver a mi padre.
—Tu padre necesita calma, no una hija que usa su enfermedad para acercarse a un millonario.
Esteban golpeó 2 veces el barandal, intentando hablar. Rebeca llamó al nuevo enfermero y ordenó que sacara a Mariana. Antes de que la puerta se cerrara, el hombre logró levantar una mano y señalar el viejo cuarto de costura. Mariana entendió que el mensaje era real. También vio el miedo en sus ojos. Al salir, Renata le bloqueó el paso.
—Devuélvenos la vida que teníamos antes de ese baile.
—Yo no les quité nada —respondió Mariana—. Solo dejé de permitir que me quitaran todo.
Esa decisión aumentó el respeto de Alejandro, pero también apresuró el plan de Camila. El aniversario privado de la fundación se celebraría 10 días después. Habría empresarios, prensa y miembros del consejo. Camila envió a Mariana una nota falsa: “Tengo pruebas sobre el estado de tu padre. Ven sola al salón de música a las 9:20”. La letra imitaba la de doña Cata. Cuando Mariana llegó, encontró a Camila junto a una mesa con 2 copas.
—Qué puntual —dijo Camila.
—¿Dónde está la información?
—No existe. Pero sí existe esto.
Camila levantó un frasco pequeño con gotas transparentes.
—¿Qué pretende?
—Recordarte que las mujeres como tú solo suben mientras alguien poderoso las sostiene. Cuando él suelte la mano, vuelven al suelo.
Mariana dio un paso atrás. La puerta se abrió y entraron Octavio, 2 consejeros y un guardia. Camila dejó caer el frasco y comenzó a gritar.
—¡Quiso obligarme a beberlo!
Mariana quedó inmóvil. El guardia registró su bolso y encontró otro frasco idéntico envuelto en una hoja con su letra: “2 dosis bastan para provocar un paro”. Todo estaba preparado. Camila bebió agua de una copa, fingió marearse y cayó al suelo. En minutos, el salón se llenó de gente. Una ambulancia la llevó a una clínica privada. El informe inicial habló de una sustancia peligrosa, aunque la cantidad hallada en su sangre era mínima. La policía no arrestó a Mariana porque Alejandro intervino, pero el consejo exigió que fuera aislada en una casa de huéspedes dentro de la hacienda. Él fue a verla antes del amanecer. Llevaba el rostro gris.
—Dime que no hiciste esto.
La pregunta destruyó algo en ella.
—¿Eso es lo primero que quieres saber?
—Hay un frasco en tu bolso, una nota con tu letra y 5 testigos.
—Y también hay semanas de mi vida frente a ti. ¿Eso pesa menos?
Alejandro bajó la mirada.
—Necesito tiempo para investigar.
—No. Lo que necesitas es valor para decidir si me conoces o solo te gustó rescatar a la mujer del vestido roto.
Él intentó acercarse, pero Mariana retrocedió.
—Cuando todos se rieron de mí, tú me viste. Hoy, cuando todos mienten, elegiste mirarme como ellos.
Alejandro ordenó que nadie la molestara, pero no anuló el confinamiento. Mariana pasó 2 días sin comer. Pensó en marcharse, aunque sabía que hacerlo parecería una confesión. Mientras tanto, Lucía, una joven encargada de limpieza, temblaba cada vez que veía a Camila. La noche de la trampa había entrado al salón de música para recoger copas y escuchó a Rebeca discutir con Camila detrás de una cortina.
—Yo cumplí mi parte. Ahora haga que la encierren antes de que encuentre el testamento.
—Cállese. Si Alejandro descubre que usted falsificó la firma de Esteban, las 2 terminamos hundidas.
Lucía también había visto a Renata entrar al cuarto de Mariana con una tarjeta prestada por Octavio. Tenía miedo. Su madre trabajaba en otro hotel del grupo y Camila había amenazado con despedirlas a ambas. Buscó consejo en el médico de la familia, el doctor Salgado, un hombre mayor que había atendido a la madre de Alejandro. Él examinó el frasco y encontró un detalle decisivo: el sello de la tapa correspondía a un lote solicitado 3 meses antes por la clínica estética de Camila. Además, la sustancia hallada en su sangre no era veneno, sino un sedante leve que ella tomaba para dormir. La supuesta crisis había sido fingida. El doctor llevó a Lucía ante Alejandro. Ella llegó llorando, convencida de que perdería el empleo y quizá pondría en riesgo a su madre. Entregó un teléfono viejo con un video grabado por accidente mientras limpiaba. La imagen era oscura, pero el audio se escuchaba con claridad. Primero aparecía Camila dando instrucciones. Después se oía a Rebeca.
—Cuando Mariana esté acusada, obligaré a Esteban a firmar la venta. La hija de la primera esposa perderá el taller, el apellido y cualquier posibilidad de volver.
Alejandro sintió que la sangre le hervía. Recordó la expresión de Mariana cuando le preguntó si era culpable y comprendió que su duda había completado la humillación que Camila planeó. No bastaba con probar la trampa; tendría que aceptar que él mismo había participado en ella al elegir el protocolo antes que la confianza. Sin avisar al consejo, ordenó revisar cámaras, accesos y registros de farmacia. A las 4:10 de la madrugada, recibió otra grabación. Mostraba a Renata entrando al cuarto de Mariana con el bolso vacío y saliendo 6 minutos después. Pero lo peor apareció al final: Octavio entregándole dinero en el estacionamiento.
Alejandro salió hacia la casa de huéspedes dispuesto a liberar a Mariana. Antes de llegar, recibió una llamada de doña Cata. Rebeca había encontrado el muro falso. Esteban estaba en una ambulancia, inconsciente, y los papeles del testamento habían desaparecido. En ese momento, una camioneta negra cruzó la reja de la hacienda. Dentro iban Rebeca, Renata, Ximena y una carpeta que podía devolverle a Mariana toda su vida o borrarla para siempre…
Parte 3 …
…Si quieres saber qué pasó después, escribe “SÍ” y dale me gusta para ver más.
