
PARTE 2
Víctor ordenó a sus hombres que cerraran las puertas del mesón. Nadie se movió. Los mineros bajaron la mirada, los arrieros fingieron interés en sus platos y hasta Don Hilario retrocedió detrás del mostrador. Todos conocían las represalias del cacique. Víctor controlaba los créditos, compraba cosechas a precios miserables y decidía quién podía trabajar en las minas. Mateo permaneció frente a Clara y Elías.
—Entrégame la llave —exigió Víctor.
—No sé qué abre —respondió Clara.
—Entonces no te servirá de nada.
—Si no sirve, ¿por qué trajo hombres armados para buscarla?
El rostro de Víctor se endureció. Ofelia intentó acercarse, pero Mateo levantó una mano.
—La orden está fechada mañana —dijo él, señalando el documento—. Y el sello fue puesto antes de que la tinta secara. Esto no salió de ningún juzgado.
Don Hilario examinó la hoja desde lejos. Había trabajado años como escribiente antes de abrir el mesón.
—Mateo tiene razón. Además, el juez está atrapado en Santa Rosalía. Ningún mensajero habría cruzado el puerto con esta tormenta.
Los murmullos crecieron. Víctor guardó el documento.
—No necesito dar explicaciones.
—Tal vez antes no —respondió Mateo—. Esta noche sí.
El cacique observó a los presentes y comprendió que disparar dentro del mesón podía convertir el miedo en rebelión. Sonrió con calma fingida.
—La tormenta terminará al amanecer. Entonces volveré con una orden verdadera. Quien esconda a Clara perderá su casa, su trabajo y hasta el derecho de comprar harina en este pueblo.
Se volvió hacia Mateo.
—Tú ya enterraste a una esposa y a una hija. Deberías saber que jugar al héroe solo llena cementerios.
Mateo no respondió, pero sus manos se cerraron.
Víctor salió con sus hombres. Ofelia fue detrás de él, aunque antes miró a Elías con una mezcla de dolor y odio.
—Tu madre te llevará a la tumba igual que llevó a tu padre.
Cuando desaparecieron, el mesón recuperó el ruido, pero nadie se atrevió a acercarse. Mateo pidió a Don Hilario que abriera la salida de la cocina. El dueño dudó.
—Si Víctor descubre que los ayudé, acabará conmigo.
—Si no los ayudas, acabarás contigo cada vez que te mires al espejo.
Don Hilario entregó a Clara una cobija y señaló un callejón. Mateo los condujo hasta su carreta, escondida detrás de la herrería. Viajaron durante horas por un camino cubierto de nieve. Elías temblaba bajo el sarape de Mateo, mientras Clara vigilaba la oscuridad.
El rancho Los Pinos apareció al amanecer. Era una propiedad modesta rodeada por corrales y árboles desnudos. La casa tenía 3 habitaciones, una cocina de adobe y un granero apartado. No había criados ni familiares. Solo Mateo, 4 caballos y el silencio.
Elías se acercó a una yegua color miel.
—¿Cómo se llama?
—Lucera.
—¿Muerde?
—Solo a las personas que mienten.
El niño retiró la mano, alarmado.
Mateo sonrió por primera vez.
—Era una broma.
Durante los días siguientes, Elías recuperó fuerzas. Ayudaba a llevar agua y aprendió a cepillar a Lucera. Clara cocinaba, reparaba las cortinas y limpiaba habitaciones que parecían cerradas desde hacía años. En una de ellas encontró un vestido infantil y una muñeca de trapo.
—No quería entrometerme —dijo cuando Mateo la sorprendió.
El ranchero tomó la muñeca.
—Mi hija Ana tenía 6 años. Murió junto con su madre cuando una nevada volcó la carreta en la que viajaban. Yo debía acompañarlas, pero me quedé negociando ganado. Desde entonces preferí no necesitar a nadie.
Clara bajó la mirada.
—Ayudar a Elías no borrará lo que pasó.
—No intento borrarlo. Solo quiero que mi dolor no se convierta en excusa para abandonar a otro niño.
Aquellas palabras hicieron que Clara confiara en él. Esa noche reveló que Julián había investigado compras fraudulentas de tierras. Víctor prestaba dinero a campesinos, alteraba los pagarés y luego se apoderaba de sus propiedades. El rancho La Encina era diferente: bajo sus terrenos se encontraba una veta de plata descubierta por Julián poco antes de morir.
—Víctor no quiere la casa —explicó Clara—. Quiere lo que hay debajo.
—¿Qué papel tiene Ofelia?
—Nunca aceptó nuestro matrimonio. Decía que yo era hija de una costurera y que había atrapado a Julián. Después de su muerte, me culpó por no vender el rancho. Pero no imaginé que se uniría a Víctor.
Mateo examinó la llave. Recordó que Julián había pasado una noche en Los Pinos 1 año antes. Había llegado herido, diciendo que necesitaba esconder algo sin que nadie lo supiera. Mateo le permitió dormir en el granero, pero a la mañana siguiente Julián desapareció.
Fueron hasta allí. Tras mover costales y herramientas, encontraron una marca tallada en una viga: una encina atravesada por una línea. Clara introdujo la llave en una pequeña cerradura oculta. Parte de la madera se abrió y dejó al descubierto una caja metálica.
Dentro había escrituras originales, copias de pagarés, una libreta con pagos a funcionarios y cartas firmadas por familias despojadas. También encontraron un sobre dirigido a Clara.
“Si estás leyendo esto, significa que Víctor ya decidió silenciarme. No confíes en el juez, en el comandante ni en alguien de nuestra propia familia.”
La frase quedó incompleta porque la última hoja había sido arrancada.
Mateo preparó copias y envió a Fermín, un joven peón, hacia la estación telegráfica para contactar a la fiscalía estatal. Clara quiso llevar los originales, pero Mateo insistió en esconderlos.
Esa tarde llegó Tomás Valdés, hermano menor de Clara. Apareció agotado, con sangre en la frente, asegurando que había escapado de los hombres de Víctor.
—Llevo meses buscándote —dijo, abrazándola—. Ofelia me dijo que habías huido después de matar a Julián.
—¿Le creíste?
—No sabía qué creer. Víctor mostró testigos, cartas y una confesión firmada.
Clara permitió que se quedara. Tomás jugó con Elías, reparó una cerca y pidió perdón por no haber defendido a su hermana. Sin embargo, Mateo descubrió que llevaba una cinta roja atada bajo la montura, una señal usada por rastreadores para marcar caminos.
Lo enfrentó en el establo.
—¿Cuánto te pagaron?
Tomás se derrumbó.
—No fue por dinero. Debo 800 pesos de apuestas. Víctor prometió perdonarme si encontraba la caja.
—Trajiste a sus hombres hasta aquí.
—Solo debía marcar el rancho. Juró que nadie saldría herido.
Mateo lo golpeó contra la pared.
—Los hombres como Víctor siempre prometen eso antes de enterrar a alguien.
Antes de que pudieran alertar a Clara, una llamarada iluminó el granero. Los caballos relincharon. Hombres encapuchados dispararon desde los árboles. Mateo corrió hacia la casa mientras Tomás intentaba liberar a los animales.
Clara buscó a Elías.
—¡Elías! ¿Dónde estás?
La habitación del niño estaba vacía y la ventana abierta. Sobre la cama había una nota: “La caja por el niño. Puente de Piedra, antes del amanecer.”
Clara tomó la caja metálica.
—Voy a entregarla.
—Víctor matará a ambos —dijo Mateo.
—No voy a esperar mientras mi hijo está con él.
Tomás apareció cubierto de ceniza.
—Yo los llevaré por un sendero corto.
Clara lo abofeteó.
—Todo esto ocurrió por ti.
—Lo sé. Por eso voy a repararlo.
Llegaron al Puente de Piedra cuando la tormenta regresaba. Víctor esperaba junto a un carruaje. Ofelia sostenía a Elías por los hombros. El niño no lloraba, pero su rostro estaba rígido de terror.
—Suelta a mi hijo —exigió Clara.
—Primero la caja.
Clara la levantó.
—Aquí está.
Mateo observó las colinas. No había señales de los hombres del pueblo ni de la fiscalía. El telegrama quizá nunca había salido.
Víctor recibió la caja y revisó los documentos.
—Faltan hojas.
—Es todo lo que encontramos.
El cacique apuntó a Mateo.
—Mientes.
Elías aprovechó un descuido y mordió la mano de Ofelia. Corrió hacia Clara. Uno de los hombres disparó. Mateo empujó al niño y la bala le rozó el hombro.
Tomás se lanzó contra el tirador. Ambos cayeron por una pendiente. Clara abrazó a Elías mientras Mateo respondía desde una roca.
Entonces Ofelia sacó un revólver y apuntó a su nuera.
—Julián debía vender La Encina —dijo con la voz quebrada—. Tú lo convenciste de enfrentarse a Víctor.
—Julián quería impedir que siguieran robando.
—Julián quería destruir el apellido de su padre.
Víctor comenzó a arrojar los documentos al fuego de una lámpara.
—Cuando desaparezcan, Clara será una viuda desequilibrada y Mateo un secuestrador muerto.
Tomás regresó arrastrándose, ensangrentado.
—La caja no es lo único que existe —gritó—. Yo sé cómo murió Julián.
Ofelia palideció.
Víctor levantó el arma.
—Cállate.
—Fui yo quien aflojó las ruedas de su carreta —confesó Tomás—. Pero Ofelia me dio la orden. Me juró que solo querían asustarlo.
Clara miró a su suegra, incapaz de hablar.
Tomás señaló a Víctor.
—Julián sobrevivió a la caída. Yo lo vi moverse. Víctor bajó al barranco y terminó de matarlo.
El silencio fue absoluto.
Víctor disparó contra Tomás.
Pero Ofelia se interpuso.
La bala atravesó su pecho y, mientras caía sobre la nieve, sacó de su vestido la hoja arrancada de la carta de Julián…
PARTE 3 …
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