PARTE 2: Una mujer embarazada gastó el dinero de su parto para salvar a una vaca que todos llamaban inútil; cuando descubrió por qué atacaba siempre la misma taza, desenterró un secreto que la familia llevaba meses ocultando.

PARTE 2
Elena permaneció frente a don Nicasio esperando una explicación, pero el anciano recogió la cuerda y evitó sus ojos.
—Mañana hablamos.
—Mañana puede ser demasiado tarde.
—Hay cosas que no me corresponde contar.
—Entonces dígame a quién le corresponde, porque Ramiro viene por Canela antes del mediodía.
Don Nicasio apretó la mandíbula.
—A doña Ofelia.
—Ella asegura que la vaca se volvió inútil sin razón.
—No dije que Ofelia conociera toda la historia.
Antes de que Elena pudiera detenerlo, el hombre entró en la bodega. La joven regresó a su habitación con la taza pegada al pecho. “T. R.” no eran iniciales, sino el resto de un nombre borrado por los años. Al amanecer colocó el sobre de Julián sobre la mesa del almacén.
—No venda a Canela hoy.
Doña Ofelia reconoció el dinero.
—Esto es para tu parto.
—¿Cuánto tiempo compra?
—No puedes comprar una vaca con eso.
—No estoy comprándola. Estoy pagando su alimento.
Ofelia contó los billetes y movió los labios haciendo cuentas.
—Alcanza para 2 semanas, quizá menos.
—Entonces quiero 2 semanas.
—¿Para qué?
—Para descubrir por qué Canela dejó de confiar en todos.
Ramiro apareció en la puerta y soltó una carcajada.
—¿Ahora la lavandera también es veterinaria?
Elena sostuvo su mirada.
—No. Pero sé reconocer cuando alguien está sufriendo.
—Es una vaca.
—Y sigue sufriendo aunque a usted le convenga fingir que no.
Ramiro golpeó la mesa.
—Mamá, no aceptarás esto. El rancho tiene deudas y esa mujer quiere gastar dinero que ni siquiera le pertenece.
—Me pertenece —respondió Elena—. Mi esposo me lo envió.
—Tu esposo te dejó aquí embarazada. Tal vez deberías preocuparte por entender eso.
Elena palideció. Ofelia se interpuso.
—Basta, Ramiro.
—No, mamá. Desde que papá murió, todo se decide con lástima. Si seguimos así, perderemos el rancho.
—El rancho sigue siendo mío.
—Solo porque todavía no firmas los papeles.
El silencio se endureció. Elena comprendió que la venta de Canela era apenas una parte de una pelea mucho más grande. Ramiro quería controlar el rancho y consideraba cualquier animal improductivo un obstáculo.
Ofelia tomó el sobre.
—Tienes 2 semanas —dijo—. Después no habrá discusión.
Ramiro salió furioso.
—Cuando esa vaca lastime a tu hijo, no digas que nadie te advirtió.
Elena pasó el resto del día lavando 3 cargas de ropa para recuperar lo entregado. Sus dedos se abrieron por el jabón y la espalda comenzó a arderle. Al verla retorcer una cobija pesada, don Nicasio tomó el otro extremo.
—No necesito ayuda.
—No dije que la necesitaras.
Trabajaron en silencio.
—¿Cómo se llamaba el hijo de Canela?
Las manos del anciano dejaron de girar la tela.
—Tizón.
Elena miró la taza.
—Por eso quedaron la T y la R.
—Decía “Tizón del Rancho”. Yo lo escribí con pintura.
—¿Dónde está?
Don Nicasio soltó la cobija.
—Nació durante la peor sequía. Era pequeño, no podía mamar bien y se cansaba de pie. Yo ordeñaba a Canela y le daba leche en esa taza. Ella se quedaba encima de mí, empujándome para que lo hiciera beber.
—¿Murió?
—No.
La respuesta hizo que Elena olvidara el dolor de sus manos.
—Entonces, ¿qué ocurrió?
—El pasto se terminó. Ramiro convenció a su madre de reducir el ganado. Como Tizón parecía el más débil, decidieron venderlo a doña Remedios, que tiene un rancho del otro lado del arroyo.
—¿Canela lo vio irse?
Don Nicasio bajó la mirada.
—Yo llevaba la cuerda. Dejé la taza junto al portón y saqué al becerro. Canela comenzó a llamar. Golpeó las tablas hasta hacerse sangre en el hocico.
—¿Usted volteó?
—No.
—¿Por qué?
—Porque me dije que era un animal y que lo olvidaría.
Elena miró a Canela. La vaca estaba otra vez junto a la cerca.
—Por eso mira el camino.
—Durante semanas no comió bien. Después dejó de permitir que la ordeñáramos. Cada vez que veía la taza, la tiraba porque fue lo último que quedó junto a su hijo.
—¿Tizón sigue vivo?
—La última vez que lo vi estaba fuerte. Ya es un novillo.
Elena apoyó una mano sobre su vientre.
—Canela no necesita olvidar. Necesita saber qué pasó.
Don Nicasio negó.
—Ramiro jamás permitirá que regrese.
—No quiero comprarlo. Quiero que se vean.
—El rancho de Remedios está a casi 2 horas caminando.
—Entonces saldremos temprano.
A la mañana siguiente cruzaron la loma antes de que el sol calentara. Elena avanzó despacio, deteniéndose cuando el bebé presionaba su espalda. Al llegar al arroyo, don Nicasio señaló las piedras firmes.
—Canela lo vio desaparecer por aquí.
Elena miró el agua escasa y sintió un nudo en la garganta. Para los hombres era solo un camino. Para la vaca había sido el último lugar donde vio a su cría.
Doña Remedios los recibió bajo un corredor lleno de macetas.
—¿Qué le pasó al animal?
—Nada —respondió Elena—. Venimos por su madre.
Remedios señaló una silla.
—Siéntate antes de que ese niño nazca en mi patio.
Elena bebió agua mientras un novillo oscuro salió del corral. Tenía patas firmes, lomo ancho y una mancha blanca sobre la frente.
—¿Ese es Tizón?
—Ese mismo. Cuando llegó parecía un costal de huesos, pero resultó más terco que la muerte.
Don Nicasio sonrió con tristeza.
—Igual que su madre.
Remedios contó que Tizón había pasado las primeras noches junto a la cerca, siempre mirando hacia el arroyo. Al oscurecer llamaba hasta quedarse sin fuerza. Luego comenzó a comer y dejó de hacerlo.
—Nunca me dijeron que la madre siguiera esperándolo —reclamó.
—Yo intenté no pensar en eso —admitió Nicasio.
Elena explicó lo de la taza y la venta al rastro. Remedios observó sus manos lastimadas.
—¿Gastaste el dinero de tu parto para salvar una vaca que ni siquiera es tuya?
—Compré 2 semanas. Nadie debería morir solo porque su dolor resulta caro.
—Llevar un novillo hasta allá no es sencillo.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Puede asustarse en el arroyo, soltarse o lastimarte.
Elena asintió.
—Tiene razón. Pero tenía que venir a preguntar.
Un mugido lejano cruzó las lomas. Tizón dejó de comer, levantó las orejas y caminó hacia la cerca.
Remedios cambió de expresión.
—Siempre hace eso cuando escucha una vaca.
—Quizá dejó de llamar —dijo Elena—, pero no dejó de escuchar.
Remedios permaneció en silencio antes de señalar a don Nicasio.
—Pasado mañana, al amanecer. Traes una cuerda buena y me ayudas a llevarlo. Ella no vuelve a caminar hasta aquí.
Elena sonrió.
—No pensaba hacerlo.
En el camino de regreso, Nicasio confesó algo más. Ramiro había querido enviar a Canela al rastro desde meses atrás. Doña Ofelia se había negado, pero su hijo la presionaba con las deudas y con unos documentos para vender parte de las tierras.
—Dice que salvará el rancho.
—¿Y usted le cree?
—Creo que quiere venderlo antes de que su madre descubra cuánto dinero ha sacado.
Al llegar, encontraron a Ramiro revisando el almacén.
—¿Dónde estaban?
—En el rancho de doña Remedios —contestó Elena.
El rostro de Ramiro se endureció.
—No tenías permiso.
—No necesito su permiso para caminar.
—Pero sí para seguir viviendo aquí.
Doña Ofelia salió de la cocina.
—Ella se queda.
—Entonces tú eliges a una extraña sobre tu propio hijo.
—Estoy eligiendo que no mandes en mi casa.
Ramiro señaló a Elena.
—Esa mujer está llenándote la cabeza.
—Tu madre todavía tiene cabeza propia —respondió Elena.
Ramiro se acercó tanto que ella pudo oler el mezcal en su aliento.
—Si traen ese novillo, me aseguraré de que los 2 animales terminen en el rastro.
Canela mugió desde la cerca. Ramiro tomó la taza azul, la lanzó al suelo y la pisó hasta deformarla.
—Se acabaron los recuerdos.
Elena recogió el recipiente aplastado.
—Usted puede romper la taza. No puede borrar lo que ocurrió.
Ramiro se marchó prometiendo volver. Durante los siguientes 2 días, Elena trabajó en silencio. Por las noches reparó la taza con un pequeño martillo, aunque nunca recuperó su forma. La mañana acordada, Canela levantó la cabeza antes de que alguien escuchara pasos. Elena salió al patio esperando ver a Remedios y a Tizón.
En cambio, una camioneta del rastro entró levantando polvo. Ramiro bajó acompañado por 2 hombres con cadenas.
—Mi madre cambió de opinión —anunció.
—Eso es mentira —dijo Elena.
—Quítate.
Uno de los hombres abrió el corral. Canela retrocedió, aterrada. Elena se colocó delante de la puerta con ambas manos sobre el vientre.
—Para llevársela tendrá que pasar sobre mí.
Ramiro tomó la cadena.
—No me obligues.
Entonces, desde el camino del arroyo, llegó un llamado grave. Canela dejó de forcejear. Todos giraron la cabeza.
Doña Remedios apareció sosteniendo una cuerda, y detrás de ella caminaba Tizón…

Parte 3 …
…Si quieres saber qué pasó después, escribe “SÍ” y dale me gusta para ver más.

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