PARTE 2: Una viuda embarazada fue expulsada el día del entierro de su esposo, pero el hacendado que la rescató del lodo descubrió que su cruel prima escondía un testamento millonario y planeaba impedir que el bebé naciera.

PARTE 2
Desde aquella visita, el ambiente en El Encinar cambió. Los proveedores comenzaron a retrasar entregas, 2 compradores cancelaron la adquisición de ganado y el párroco mandó llamar a Mateo para advertirle que las familias respetables estaban incómodas. Nadie decía el nombre de Rebeca, pero su sombra aparecía detrás de cada puerta cerrada. Mateo regresó de la parroquia con el rostro endurecido y encontró a Lucía preparando una maleta.
—¿A dónde piensa ir?
—A cualquier sitio donde no le cueste su trabajo tenerme cerca.
—Este rancho sobrevivió sequías, deudas y ladrones. También sobrevivirá a unas cuantas lenguas.
—No son solo lenguas. Le están quitando compradores.
—Y a usted le quitaron una casa, una cosecha y un apellido. No voy a ayudarles a quitarle también la dignidad.
Lucía bajó la mirada. Mateo tomó la maleta y la dejó nuevamente bajo la cama. No la abrazó ni le declaró nada, pero aquella decisión fue más íntima que un beso. Desde entonces comenzaron a trabajar juntos sin fingir distancia. Ella llevaba los libros de cuentas, descubrió que un intermediario cobraba de más por la sal del ganado y propuso vender queso en la plaza de San Miguel. Mateo aceptó porque confiaba en su juicio, aunque la gente se burlara de que una viuda opinara sobre negocios. En la plaza, Lucía regateaba con seguridad y Mateo cargaba las canastas. Parecían una familia antes de atreverse a imaginarlo. El vínculo se volvió evidente la noche en que Lucía despertó gritando por un dolor en el vientre. Mateo recorrió 8 kilómetros bajo la lluvia para traer a la partera y permaneció afuera del cuarto hasta saber que no había peligro. Al amanecer, Lucía lo encontró dormido en una silla, con el sombrero entre las manos.
—Pudo haberse ido a descansar.
—No mientras usted tuviera miedo.
—También usted tenía miedo.
—Por eso me quedé.
La respuesta la conmovió más de lo que quiso mostrar. A partir de entonces, Mateo comenzó a hablarle al bebé cuando creía que nadie escuchaba. Le contaba sobre potrillos, lluvias y árboles, como si ya le estuviera prometiendo un lugar. Lucía lo sorprendió una vez y él se apartó avergonzado.
—No tiene que fingir que no le importa.
—Me importa demasiado. Ese es el problema.
Doña Remedios vio aquello y dejó de tratar a Lucía como huésped. Le enseñó dónde se guardaban las llaves, le pidió opinión y una noche colocó 3 platos en la mesa, sin separar a Mateo en la cabecera. Ninguno comentó el gesto. Sin embargo, cuando Lucía sintió al niño moverse y tomó la mano de Mateo para ponerla sobre su vientre, él se quedó inmóvil, con los ojos húmedos. Por un instante, la casa dejó de parecer un lugar prestado para los 3.
Parecían una familia antes de atreverse a imaginarlo. Una mañana, él se cortó la palma con alambre de púas. Lucía limpió la herida en la cocina mientras sus dedos rozaban los de él.
—No está acostumbrado a que lo cuiden.
—No estoy acostumbrado a necesitarlo.
—Todos necesitan a alguien alguna vez.
Mateo la miró con una tristeza antigua.
—Cuando uno pierde a alguien, aprende a no necesitar para no volver a sufrir.
—Eso no evita el dolor. Solo lo deja viviendo dentro.
Él estuvo a punto de contestar, pero doña Remedios entró anunciando que Rebeca esperaba en el corredor acompañada de un escribano. Rebeca llevaba un documento donde 11 vecinos exigían que Lucía abandonara el rancho por “conducta indecorosa”. Mateo lo rompió frente a ella.
—No tiene autoridad para expulsar a nadie de mi propiedad.
—Todavía —respondió Rebeca—. Pero si sigues poniendo en riesgo el patrimonio de los Serrano, pediré que te declaren incapaz de administrarlo.
—¿Con qué argumento?
—Con el de un viudo trastornado que pretende entregar su apellido a un hijo ajeno.
Lucía palideció. Rebeca se acercó lo suficiente para que solo ella la oyera.
—Tu criatura no necesita nacer aquí. Hay caminos peligrosos, partos que salen mal y mujeres que desaparecen sin que nadie pregunte.
Lucía dio un paso atrás, protegiéndose el vientre. Mateo vio el gesto y sujetó a su prima por el brazo.
—Vuelve a amenazarla y te saco de estas tierras arrastrando.
Rebeca se soltó con una sonrisa.
—Pregúntale quién fue su padre. Tal vez así entiendas por qué debería darte miedo tenerla cerca.
Aquella noche, Lucía confesó que su padre, Esteban Villaseñor, había muerto cuando ella era niña. Antes de morir hablaba de un hermano llamado Baltasar, dueño de tierras al norte, pero la familia jamás recibió noticia alguna. Mateo recordó que Rebeca había comprado, años atrás y por una suma ridícula, varias parcelas colindantes con la antigua hacienda La Cañada. No era prueba de nada, pero el miedo de su prima empezaba a tener forma. Al día siguiente, Mateo pidió al padre Julián revisar archivos parroquiales. Mientras tanto, la hostilidad creció. Alguien envenenó el pozo pequeño de la huerta con cal. Un caballo apareció con la cincha cortada. Después encontraron una muñeca de trapo colgada del mezquite, con una cinta roja atada alrededor del vientre. Lucía quiso irse, pero Mateo ordenó que 2 peones vigilaran la casa.
—No puedo permitir que por mí corran peligro los demás.
—El peligro no empezó con usted —dijo Mateo—. Solo vino a mostrar quién lo había escondido.
Esa misma tarde llegó Jacinta, la hermana de Lucía. Venía sola, con el rostro hinchado por el llanto. Lucía la recibió con frialdad.
—La última vez que te vi cerraste la puerta.
—Evaristo encontró dinero en el granero. Rebeca se lo dio para que dijera que tú habías engañado a Tomás y que el niño no era suyo.
—¿Aceptó?
Jacinta se cubrió la cara.
—Sí. Yo lo escuché pactar con un hombre llamado Nicanor. También dijeron que después del escándalo podrían obligarte a renunciar a cualquier derecho que apareciera a tu nombre.
Mateo llamó al comisario municipal, pero Jacinta se negó a denunciar por miedo a su marido. Lucía no la culpó; solo comprendió que Rebeca estaba comprando voces para convertir una mentira en sentencia. Días después, el padre Julián encontró un registro de bautismo que confirmaba que Baltasar Villaseñor era hermano de Esteban. También halló una anotación sobre un testamento presentado 14 años atrás y retirado por una mujer que firmó como “R. Serrano, representante de la familia”. El libro no decía qué contenía el testamento. Rebeca, enterada de la búsqueda, reaccionó con rapidez. Mandó traer a Nicanor, antiguo capataz de El Encinar, despedido por robar grano, y lo hizo declarar en la cantina que Lucía había llegado al rancho buscando seducir a Mateo. Afirmó que el embarazo era de un soldado y que Tomás la había expulsado antes de morir. La mentira recorrió la comarca en 2 días. En la plaza, una mujer escupió a los pies de Lucía. Un comerciante se negó a venderle tela. El golpe más cruel llegó cuando los hermanos de Tomás aparecieron con Evaristo y exigieron llevársela por la fuerza, alegando que una viuda seguía bajo autoridad de la familia del difunto.
—No volveré con ustedes —dijo Lucía.
—No te estamos preguntando —respondió su cuñado Pascual.
Mateo salió del establo con una escopeta descargada en las manos, no para disparar, sino para dejar clara la frontera.
—En mi propiedad nadie toca a una mujer contra su voluntad.
Evaristo señaló a Lucía.
—Ella está destruyendo tu nombre.
—Mi nombre se destruye el día que yo permita una cobardía, no el día que proteja a alguien.
Los hombres se retiraron, pero esa noche Lucía oyó a 2 peones hablar de nuevas cancelaciones. El rancho podía soportar pérdidas, no un aislamiento prolongado. Convencida de que Mateo terminaría arruinado, escribió una nota y salió antes del amanecer. Caminó hacia Dolores con la intención de encontrar trabajo en un mesón. A medio camino comenzó a llover. El dolor le atravesó el vientre y tuvo que sostenerse de un árbol. Mateo encontró la nota al despertar y salió a caballo. La alcanzó cuando ella apenas podía avanzar.
—No debió seguirme.
—Usted no debió decidir por los 2.
—No hay 2, Mateo. Usted tiene su vida y yo tengo una carga que nadie quiere.
Él desmontó y se acercó despacio.
—No vuelva a llamar carga a ese niño.
—No es suyo.
—No necesito que lo sea para preocuparme.
Lucía lloró por primera vez frente a él.
—Cuando nazca, todos dirán que se quedó conmigo por lástima.
Mateo le sostuvo el rostro entre las manos.
—No la quiero por lástima. La quiero porque la elijo. Y elegirla significa elegir también a ese niño, aunque la sangre diga otra cosa.
Lucía apoyó la frente en su pecho. El abrazo duró apenas unos segundos, porque un jinete apareció por el camino: era un peón avisando que hombres armados rodeaban El Encinar. Al regresar, encontraron al comisario, al padre Julián, a varios vecinos y a Rebeca frente al portón. Ella había denunciado a Mateo por secuestrar a Lucía y manejar armas contra su familia. Evaristo repetía que su cuñada estaba retenida. Lucía se adelantó.
—Nadie me retiene. Estoy aquí por decisión propia.
Rebeca levantó un papel.
—Una mujer alterada no siempre comprende lo que decide. Su estado la vuelve manipulable.
El comisario dudaba. Entonces Nicanor apareció corriendo desde el camino viejo, con la camisa ensangrentada y un cofre pequeño bajo el brazo. Cayó de rodillas frente a todos.
—No le crea, comisario. Rebeca mandó que me mataran porque quise quedarme con más dinero.
Abrió el cofre. Dentro había recibos, cartas y una llave marcada con el sello de La Cañada.
—Ella me pagó para mentir sobre Lucía, cortar la cincha y ensuciar el pozo. Pero eso no es lo peor. Durante 14 años guardó estos papeles porque las tierras de La Cañada nunca fueron suyas.
Rebeca perdió el color.
—Cállate.
—El testamento nombra a Lucía heredera —continuó Nicanor—. Y hay una carta que explica por qué Rebeca temía tanto que ese niño naciera.
El comisario tomó el sobre principal, rompió el sello y, al leer las primeras líneas, levantó la vista hacia Lucía con una expresión que hizo callar a todos.
—Aquí dice que la herencia no pasa solo a usted —murmuró—. Dice que, si usted muere antes de reclamarla, todo quedará en manos de su primer hijo vivo…

Parte 3 …
…Si quieres saber qué pasó después, escribe “SÍ” y dale me gusta para ver más.

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