
PARTE 2
Jacinta no hizo la maleta, pero desde aquella noche empezó a vivir como quien espera una despedida. Se levantaba antes que todos, cocinaba, lavaba, atendía a Nicolás y trabajaba en el huerto, aunque había dejado de cantar frente al comal. Mateo intentó explicarle que nunca había comparado a las 2 mujeres hasta que Doña Remedios sembró esa idea, pero cada palabra parecía empeorar las cosas.
—Lucía fue mi esposa —dijo él una noche—. No puedo fingir que no existió.
—Yo no le he pedido que la borre.
—Entonces, ¿qué me está pidiendo?
—Que no me use para fingir que ella sigue aquí.
Mateo no encontró una respuesta que no sonara torpe. Se refugió en el trabajo y Jacinta en el silencio. Ximena percibió la distancia y volvió a rechazar la comida. La niña sacaba sus cobijas al patio, ensuciaba el vestido recién lavado y dejaba papas crudas junto a su cama, como en los meses en que su padre apenas podía alimentarla. Jacinta comprendió que la pequeña no estaba castigándola: estaba preparándose para perderla. Una madrugada la encontró otra vez frente a la ventana.
—Tu mamá no va a volver por ese camino —dijo con suavidad.
Ximena no se movió.
—Sí va a volver.
—Ojalá pudiera.
—Usted quiere que no vuelva.
La frase hirió a Jacinta, pero no respondió con enojo.
—Yo quiero que nadie te obligue a olvidarla.
Ximena se volvió por primera vez para mirarla de frente.
—Entonces váyase. Si usted se queda, mi papá la va a olvidar.
Jacinta regresó a su cuarto con el pecho roto. Abrió el cuaderno de recetas de su madre. Entre el mole de olla y los buñuelos había una hoja arrancada. Allí había estado la receta del pastel de crema con ate de membrillo que su madre preparaba en cada cumpleaños. Desde que perdió esa página, Jacinta dejó de celebrar. Le parecía que hasta sus recuerdos podían desaparecer si nadie los defendía. Por eso entendía a Ximena mejor de lo que la niña imaginaba.
Don Eusebio, vecino viudo, advirtió a Mateo que el pueblo ardía en chismes. Doña Remedios aseguraba que Jacinta había seducido al viudo para quedarse con sus tierras. Decía que Mateo ya dormía con ella, que los niños estaban en peligro y que una mujer sin familia podía ser cualquier cosa. En el tianguis, algunos dejaron de comprarle queso. El encargado del molino le negó crédito. Incluso Severiano, hermano mayor de Lucía, apareció una tarde exigiendo llevarse a Ximena y Nicolás con el argumento de que su cuñado había perdido la razón.
—Mis sobrinos no crecerán bajo el techo de una desconocida —declaró desde el patio.
Mateo dejó el azadón contra la pared.
—Durante 10 meses no viniste ni a preguntar si comían.
—Estaba guardando luto.
—El luto no lava pañales ni baja fiebres.
Severiano miró a Jacinta con desprecio.
—Ya veo quién habla por ti.
—Nadie habla por mí. Pero ella hizo lo que la familia de Lucía no quiso hacer.
El conflicto llegó hasta la presidencia auxiliar. Doña Remedios presentó una queja asegurando que los menores vivían con una mujer “de procedencia dudosa”. Un comisario acudió al rancho. Encontró la cocina limpia, los niños alimentados y el corral en orden. No pudo señalar negligencia, pero advirtió a Mateo que, si seguían las denuncias, un juez podía revisar la custodia. Aquello dejó a Jacinta aterrada.
—Me iré —dijo esa noche—. No permitiré que le quiten a sus hijos por mi culpa.
Mateo golpeó la mesa con la palma.
—No se va.
—No puede ordenar sobre mi vida.
—No. Pero puedo defender lo que está bien.
—¿Y qué es lo que está defendiendo, Mateo? ¿A la mujer que cuida su casa o a la sombra que le recuerda a su esposa?
Él levantó la mirada, herido.
—Todavía no sé decirlo como usted necesita.
—Entonces tal vez ya lo dijo.
Jacinta entró en el cuarto y sacó la maleta. No alcanzó a guardar la primera blusa. Desde la cuna llegó una tos seca. Nicolás volvió a toser, esta vez con un silbido profundo. Su piel estaba ardiendo. En menos de 1 hora, la fiebre subió tanto que el niño empezó a temblar. Mateo palideció. Lucía había muerto con la misma fiebre durante una temporada de lluvias, y él volvió a ser el hombre que llegó tarde con el médico.
—Voy por el doctor Herrera.
—El río creció. El puente puede estar cubierto.
—No esperaré hasta mañana.
Ensilló el caballo y salió bajo una tormenta que doblaba los pinos. Jacinta se quedó con Nicolás en brazos, alternando compresas, infusión de sauco y pequeños sorbos de agua. A la 1:47 de la madrugada, Ximena despertó por los gemidos del bebé. Al entrar en la cocina, vio las velas, las telas mojadas y el cuerpo de su hermano sacudido por la fiebre. Para ella no era el presente. Era la noche en que Lucía dejó de respirar.
—¡No! ¡Otra vez no! —gritó.
Se dejó caer contra la pared, cubriéndose la cabeza. Jacinta puso a Nicolás en la cuna y se acercó sin tocarla.
—Ximena, mírame.
—¡Usted también se va a morir! ¡Todos se van!
—No me voy a ir esta noche.
—Mi mamá dijo que tampoco se iría.
Jacinta sintió que no podía prometerle eternidad, así que le ofreció algo más humilde y verdadero.
—Voy a quedarme aquí mientras me necesites. Ahora respira conmigo.
Se sentó en el suelo y comenzó a cantar una nana que su madre usaba durante las tormentas. Ximena se resistió, pero el canto llenó el espacio entre el miedo y el recuerdo. Poco a poco dejó de temblar. Después apoyó la frente en el hombro de Jacinta.
—No deje que se muera mi hermanito.
—No lo dejaré solo.
—Ni a mí.
—Ni a ti.
Ximena la abrazó con una fuerza desesperada.
—Mamá…
La palabra salió tan baja que pudo confundirse con el viento. Jacinta cerró los ojos y la estrechó. No intentó corregirla. Tampoco se apropió de algo que no le pertenecía. Solo sostuvo a la niña hasta que ambas se quedaron dormidas en el suelo, mientras Nicolás respiraba con menos dificultad.
Mateo regresó al amanecer con el médico, empapado y con sangre en la frente por una caída. Se quedó inmóvil al ver a Jacinta sentada contra la pared, Ximena dormida en su regazo y el bebé en la cuna. El doctor examinó a Nicolás y confirmó una infección de garganta. Dijo que las medidas de Jacinta habían evitado que se deshidratara y que el niño mejoraría.
Cuando quedaron solos, Mateo se arrodilló frente a ella.
—Anoche pensé que volvería a perderlo todo.
—Yo también tuve miedo.
—Pero usted se quedó.
Jacinta miró la maleta abierta en el pasillo.
—Aún no sé si puedo seguir quedándome.
Mateo tocó la mano de Ximena, todavía aferrada al vestido de Jacinta. Algo se ordenó dentro de él. Durante meses había creído que amar de nuevo significaba traicionar a Lucía. En ese instante entendió que la verdadera traición era abandonar a los vivos para servirle de guardia a un recuerdo.
A media mañana fue a la capilla y buscó al padre Tomás. Le habló de su culpa, del miedo al juicio del pueblo y de lo que sentía por Jacinta.
—No sé si tengo derecho a quererla —confesó.
—El duelo no es una condena —respondió el sacerdote—. Honrar a Lucía no exige que sus hijos crezcan en una casa muerta. Pero si quiere a Jacinta, deje de esconderla como sirvienta. Dele respeto, nombre y libertad para elegir.
Mateo salió directo hacia la tienda de Doña Remedios. El local estaba lleno. Severiano bebía refresco junto al mostrador y 6 vecinos escuchaban los chismes de la mañana. Mateo se quitó el sombrero.
—Vengo a decir algo una sola vez.
Doña Remedios levantó la barbilla.
—Nadie le pidió un discurso.
—Tampoco nadie pidió que entrara a mi casa a humillar a la mujer que alimentó a mis hijos.
—Yo protejo la memoria de mi ahijada.
—No. Usted usa a Lucía para mandar sobre los vivos. Cuando Nicolás enfermó, Jacinta pasó la noche cuidándolo. Cuando Ximena se quebró, Jacinta la sostuvo. ¿Dónde estaban ustedes?
Severiano se puso de pie.
—Mide tus palabras.
—Las estoy midiendo desde hace 1 año. Tú querías llevarte a los niños después de no darles ni 1 tortilla. Y usted, Doña Remedios, habló de moral mientras dejaba que una niña de 6 años cocinara sola.
La tienda quedó en silencio. Nadie se atrevió a apoyarlo, pero varias personas bajaron la mirada, conscientes de que habían convertido la desgracia ajena en entretenimiento cruel.
—Jacinta no sustituye a Lucía —continuó Mateo—. Es la mujer a la que amo. Hoy pediré que se lean las amonestaciones. Me casaré con ella si acepta. Y quien vuelva a difamarla tendrá que hacerlo frente al juez, no detrás de un costal de azúcar.
Doña Remedios perdió el color. Por un momento pareció más asustada que ofendida. Metió la mano bajo el mostrador, como si fuera a sacar algo, pero se detuvo.
—Usted no sabe toda la verdad —murmuró.
Mateo la miró fijamente.
—Entonces dígala.
Ella apretó los labios y negó con la cabeza.
—Todavía no.
Mateo regresó al rancho sin comprender aquella frase. Encontró a Jacinta en el huerto, con las manos hundidas en la tierra y a Ximena sentada cerca. Se colocó frente a ella.
—No puedo ofrecerle riqueza. Tengo una casa con goteras, 12 vacas, 2 hijos heridos y un hombre que habla peor de lo que siente. Pero la quiero a usted, no a Lucía, no a un recuerdo. Quiero que esta sea su casa porque usted decida quedarse, no porque no tenga dónde ir. ¿Aceptaría casarse conmigo?
Jacinta lloró antes de contestar.
—Solo si promete que en esta casa habrá lugar para la memoria de Lucía y también para mi propia vida.
—Lo prometo.
Mateo extendió la mano. Jacinta la tomó. Entonces Ximena se acercó y puso su pequeña mano encima de las 2. Era su bendición. Pero desde el camino llegó el ruido de una carreta. Doña Remedios bajó con un sobre amarillento apretado contra el pecho.
—Antes de esa boda —dijo—, tienen que saber lo que Lucía me pidió… y lo que yo escondí durante casi 1 año…
PARTE 3 …
…DALE ME GUSTA, COMPARTE Y COMENTA «LA HISTORIA COMPLETA» SI QUIERES LEER LA HISTORIA COMPLETA.
