
PARTE 2
Julián llegó a Los Nogales a las 8 en punto, después de caminar casi 6 kilómetros con Mateo sujeto al pecho en un rebozo que Mariela había cosido. La casa de la loma norte estaba peor de lo que Valeria había descrito. El techo se hundía sobre el lado oriental, 2 ventanas estaban cubiertas con tablas y el corredor parecía a punto de desprenderse. Aun así, la cimentación seguía firme.
Valeria lo esperaba con planos dibujados a mano.
—El antiguo cuarto de lavado puede quedar habitable en 12 días —explicó—. Primero arreglarás esa parte. Después el techo, las cercas y el huerto. Yo pago los materiales. Tú decides cómo ejecutar el trabajo.
—¿Y el contrato?
Ella le entregó una carpeta. El salario era justo, el alojamiento no se descontaba y la opción de compra por 1 peso estaba escrita con claridad. Julián revisó cada hoja buscando una trampa.
—No encontrarás letras pequeñas —dijo Valeria—. Mi marido usaba contratos complicados. Yo aprendí cuánto daño cabe dentro de una frase ambigua.
Guadalupe apareció desde la casa principal, tomó a Mateo con la seguridad de quien había cargado niños durante media vida y observó al pequeño durante 5 segundos.
—Tiene hambre, frío y sueño —sentenció—. El padre también, pero ese todavía cree que admitirlo le quita dignidad.
Julián quiso protestar, pero Mateo ya se había agarrado del cuello de Guadalupe y parecía satisfecho con el cambio.
Durante las primeras 3 semanas, Julián trabajó desde antes del amanecer hasta que la oscuridad le impedía distinguir los clavos. Instaló una estufa, cerró las grietas, cambió la ventana norte y convirtió el cuarto de lavado en un espacio pequeño, limpio y caliente. Cuando se mudó con Mateo, solo tenía una cama, una mesa, una cuna y una fotografía de Mariela, pero por primera vez en meses cerró una puerta que nadie podía exigirle abandonar al día siguiente.
Valeria bajaba cada mañana a revisar los avances. No lo vigilaba ni corregía por capricho. Preguntaba por la inclinación del techo, comparaba precios de madera y sabía qué árboles del huerto todavía podían salvarse. Julián descubrió que la mujer rica de la que hablaba todo el pueblo usaba botas gastadas, conocía cada acequia y podía sostener una viga sin quejarse.
Guadalupe cuidaba a Mateo mientras él trabajaba. También dejaba comida en la mesa de la casa pequeña y fingía que era sobrante para no discutir con el orgullo de Julián. Mateo aprendió a sonreír cuando Valeria entraba. A ella le costaba acercarse, pero siempre terminaba agachándose para recoger el juguete que el niño dejaba caer.
La tranquilidad duró poco. En diciembre, los rumores llegaron a la plaza, a la parroquia y a las filas del banco. Decían que Valeria había llevado a un hombre joven al rancho para olvidar a Gonzalo. Otros aseguraban que Julián planeaba seducirla y quedarse con la herencia.
Beatriz alimentó cada versión. Durante una comida familiar organizada por la tía de Valeria, levantó la voz frente a 20 invitados.
—Mi hermano construyó esa casa para su esposa y su hija. Ahora Valeria pretende regalarla a un desconocido que llegó cargando una lata vacía.
Valeria dejó los cubiertos sobre el plato.
—Gonzalo murió hace 7 años. Ana murió hace 22. No voy a convertir sus recuerdos en una cárcel.
—No tienes hijos vivos. Cuando mueras, el patrimonio debe volver a la familia.
—No soy una sala de espera para tu herencia, Beatriz.
La frase recorrió el pueblo antes de terminar la noche. Al día siguiente, 2 proveedores cancelaron entregas al rancho. Después el banco anunció una revisión de los créditos de la empacadora. Valeria no gritó ni suplicó. Trasladó sus cuentas a una institución de la capital y compró la madera en otra región, aunque eso aumentó los costos.
Entonces apareció Ramiro Salcedo, dueño de la maderera más grande de la sierra. Desde hacía 4 años quería la loma norte porque esa franja conectaba 2 de sus propiedades y le permitiría abrir un camino privado hasta la carretera. Llegó en camioneta, se detuvo junto a la cerca y habló con Julián sin bajarse.
—Esa mujer está tomando decisiones emocionales —dijo—. Cuando la familia intervenga, tu contrato no valdrá nada.
—El contrato está notariado.
—Los papeles sirven mientras nadie poderoso quiera discutirlos.
—Entonces discútalo con ella.
Ramiro sonrió sin alegría.
—Te conviene recordar que tienes un hijo.
Julián dejó el martillo sobre el poste y se acercó a la camioneta.
—Precisamente por él no voy a enseñarle que un hombre debe agachar la cabeza cada vez que alguien con dinero amenaza.
Esa noche le contó todo a Valeria. Ella admitió que Ramiro había presentado una solicitud para revisar los límites de la propiedad y que Beatriz había entregado documentos antiguos de la familia para apoyar el reclamo.
—Puedes irte —dijo Valeria—. El contrato te protege, pero no puedo prometer que esto será fácil.
—Tampoco era fácil antes de llegar aquí.
—Antes el problema era el hambre. Ahora estás enfrentando gente capaz de destruir tu reputación y cerrarte cualquier trabajo en la región.
—¿Qué necesita usted?
La pregunta la dejó callada.
—Que termines la cerca sur —respondió al fin.
—Entonces mañana termino la cerca sur.
Para impedir que Ramiro atacara el acuerdo en secreto, Valeria hizo algo que sorprendió incluso a Julián. En la asamblea de comerciantes registró públicamente el contrato, la opción de compra y los planos de una escuela con guardería para los hijos de trabajadores del aserradero y del ferrocarril. Explicó que Julián dirigiría la construcción cuando llegara la primavera.
Beatriz se levantó frente a todos.
—Estás usando el dinero de Gonzalo para comprar la lealtad de un hombre.
—Estoy usando mi dinero para construir algo útil.
—La gente cree que es tu amante.
Valeria sostuvo su mirada.
—La gente también creyó que una viuda no podía administrar el rancho. Llevo 7 años demostrando que se equivocó.
Julián había llegado tarde a la asamblea y escuchó la última parte desde la puerta. Se acercó a Valeria mientras decenas de personas fingían no observarlos.
—Debió avisarme —dijo en voz baja.
—Si te avisaba, habrías intentado detenerme.
—Probablemente.
—Por eso no lo hice.
—Aun así debió hacerlo.
Valeria aceptó la crítica con un leve movimiento de cabeza.
—Sí. Debí hacerlo.
La sinceridad evitó la pelea, pero no las consecuencias. En enero, 3 hombres llegaron con un supuesto topógrafo del municipio para medir el terreno. Julián les negó la entrada hasta que Valeria apareciera. Cuando ella revisó la orden, descubrió que el mapa movía la línea norte casi 200 metros y dejaba el camino de Ramiro dentro de la propiedad.
—La firma del perito es falsa —aseguró—. Pero necesitaré probarlo.
Días después, Julián fue a comprar tubería y encontró a 3 hombres esperándolo afuera de la ferretería.
—Don Ramiro quiere saber cuánto dinero necesitas para irte —dijo el más corpulento—. Puede darte casa y trabajo en Chihuahua.
—No hay cantidad.
—Piénsalo por Mateo.
—Ya lo pensé por él.
Cuando Valeria se enteró, le preguntó por qué ni siquiera había escuchado la oferta.
—Porque no quería que usted se preguntara si estuve a punto de aceptar.
Ella apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Esto dejó de ser un arreglo práctico para mí hace tiempo.
Julián guardó silencio.
—No sé qué hacer con lo que siento —continuó Valeria—. Tengo 46 años, conozco el precio de los escándalos y no quiero que confundas gratitud con afecto. Solo necesitaba decir la verdad.
—Yo también la conozco —respondió él—. Y no dije nada porque usted me dio trabajo, techo y seguridad. No quería que mis sentimientos parecieran otra deuda que tuviera que pagar.
Valeria lo miró como si acabara de abrirse una puerta que ambos llevaban meses evitando.
—No estoy pidiendo una respuesta.
—Entonces no se la daré hoy. Pero tampoco voy a mentirle.
La gran tormenta llegó 4 días después. El viento cubrió la loma con una pared blanca. Julián llevó los 2 caballos y la mula al establo reforzado, aseguró las puertas y trasladó a Mateo a la casa principal. Cerca del mediodía, un gemido profundo atravesó el ruido del temporal.
—Fue el techo de la casa pequeña —dijo.
Valeria lo sujetó del brazo.
—No puedes salir.
—La cuna, la fotografía de Mariela y las herramientas están ahí.
—Eso se reemplaza.
—No es por las cosas. Esa casa es lo primero que he vuelto a construir desde que ella murió.
Valeria se puso el abrigo.
—Entonces no irás solo.
Avanzaron sujetos a una cuerda tendida entre ambas casas. El lado oriental se había derrumbado. Cuando entraron, escucharon un maullido debajo de 2 vigas. Ceniza, la gata gris de Guadalupe, había buscado refugio en el sótano y tenía una pata trasera atrapada.
Julián levantó una viga mientras Valeria se arrastraba entre los tablones. La madera cedió y golpeó el hombro de él, pero logró sostenerla hasta que Valeria sacó a la gata. Regresaron casi a ciegas. Guadalupe entablilló la pata de Ceniza y obligó a Julián a sentarse porque tenía 3 dedos entumecidos y la espalda bloqueada.
Mateo gateó hasta él, se puso de pie apoyándose en su rodilla y le tocó la cara. Julián apoyó una mano sobre la cabeza del niño.
—Estamos aquí —susurró—. Eso es lo importante.
La tormenta duró toda la noche. Valeria ofreció habitaciones en la casa principal mientras reconstruían la vivienda. Julián aceptó, aunque sabía que Beatriz usaría aquello como prueba del supuesto escándalo.
A la mañana siguiente, antes de que pudieran evaluar todos los daños, Julián salió con Valeria para revisar la vivienda. La pared oriental estaba abierta, pero el cimiento seguía entero. Él calculó que necesitaría 8 semanas para reconstruirla y propuso retirar todo el techo para unirlo en una sola pendiente más resistente. Valeria aceptó sin discutir. Mientras hablaban, Mateo dio 3 pasos torpes desde los brazos de Guadalupe hasta las piernas de Julián. Los 4 rieron, incluso Valeria, que por un instante dejó de parecer la dueña perseguida por abogados y volvió a ser una mujer sorprendida por la vida.
—Esta casa puede levantarse otra vez —dijo Julián.
—También nosotros —respondió ella.
No tuvieron tiempo de decir más. 2 patrullas y una camioneta negra subieron por el camino abierto entre la nieve. Beatriz bajó acompañada de Ramiro, un actuario y 2 abogados.
—Valeria Montemayor —anunció el actuario—, queda notificada de la suspensión provisional de sus facultades administrativas mientras se investiga una posible incapacidad emocional y el uso indebido del patrimonio familiar.
Beatriz miró a Julián, luego a Mateo y finalmente las habitaciones preparadas dentro de la casa.
—Te lo advertí —dijo—. Hoy pierdes la empresa. Mañana sacaremos a este hombre, a su hijo y hasta el último clavo que haya puesto en nuestras tierras…
PARTE 3 …
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